Ada Y Evan

22. SILENCIO

Después de asearnos, fuimos a cenar. Evan preparó una sopa con las aves que había cazado y las verduras que encontré. Yo hice un té con las hierbas y la miel.

—Está rico —comenté, la sal hacía una gran diferencia.

—¿Verdad que sí? Quedó como caldo de pollo.

—¿Te das cuenta de que eso no tiene ningún sentido para mí?

—Solo intento hacer conversación, pero con vos es imposible. Sos malísima para platicar—dijo en tono burlón.

—Perdón, pero, ¿qué quieres que diga? Nunca he probado ese dichoso pollo que tanto mencionas, ni el cerdo, ni la res. No entiendo nada de lo que dices.

Me miró y negó con la cabeza, sonriendo de medio lado.

—Tenés razón. No es tu culpa haber nacido en una madriguera.

Le lancé la servilleta en broma.

—Te crees mucho, pero no eres más que un mono —le dije.

—Mutante.

—Salvaje.

—Fenómeno.

Era curioso cómo los adjetivos que antes usábamos para ofendernos se habían transformado en apodos casi cariñosos.

Al terminar de cenar, él recogió la mesa y yo lavé los platos. Luego subí las escaleras para alistarme para dormir.

Evan se estaba cepillando los dientes en el baño principal. Su cabello y barba ya secos, se veían algo esponjados. Por impulso, pasé mi mano por su cabeza, despeinándolo. Protestó con el cepillo aún en la boca.

—Perdón, pero pareces oveja —bromeé mientras tomaba un cepillo.

—Sí, ¿verdad? —dijo, sacando de la gaveta una máquina de afeitar—. ¿Será que esta cosa todavía funciona? ¿Y si está oxidada? No quiero que me dé tétanos o algo así.

—Espera. Creo que tengo una en mi mochila.

Fui por ella y se la entregué. Evan soltó una risa incrédula.

—¿Con esto me amenazaste en el avión? ¿Una rasuradora?

—Solo quería asustarte. Pensé que no sabías lo que era... y al parecer, tenía razón.

Ambos sonreímos. Intenté explicarle cómo usarla, pero cuando la sostuvo, no parecía muy convencido. Me ofrecí a ayudarlo. Estábamos descalzos y él era más alto que yo. Así que tuve que sentarme sobre el lavabo para poder alcanzarlo.

Le dije que no se moviera, pero en realidad era mi pulso el que temblaba. Alzó la cabeza estirando el cuello, y para no perder el equilibrio se acercó más, apoyando las manos a los lados de mis caderas. Yo apenas respiraba.

—¿Está bien así? —pregunté al terminar.

Él se quedó observando su reflejo en el espejo detrás de mí. Tomó una toalla y la mojó con agua del grifo para limpiarse. Yo esperaba sentada frente a él, sin saber a dónde mirar o qué hacer con las manos.

—Sí, gracias, así está bien —dijo al terminar de revisar.

Deslizó su mano junto mi muslo, casi como si me acariciara. No sabía si había sido intencional o un accidente. Nos miramos fijo. Sentía que mi cuerpo entero comenzaba a arder, pero él me había rechazado muchas veces y ya no estaba dispuesta a permitir que siguiera confundiéndome.

—También te puedo quitar las pestañas, están muy largas —bromeé, acercando la rasuradora a su cara.

Retrocedió y aproveché para bajarme. Ya no podía negar que me gustaba un poco. Pero no era tan grave. A lo mejor solo era soledad y desesperación. Yo ya llevaba muchos meses sin estar con alguien.

—¿Qué cuarto vas a escoger? —preguntó.

—El que sea. Elige tú, yo ya soy feliz con tener una cama.

—Entonces el que tiene el baño pequeño —dijo, saliendo.

Me lavé la cara y fui a la habitación que él había indicado. Evan se estaba cambiando la camiseta. Me giré para darle privacidad, como hacíamos afuera.

—Ya —avisó.

Me acerqué a la cama y pregunté:

—¿Qué lado prefieres? Si quieres duerme tu primero.

Evan me miró desconcertado. Tras una pausa, respondió:

—Estamos seguros aquí, no hace falta que hagamos guardia, ni que durmamos juntos.

—Cierto —reaccioné—. Es la costumbre.

Caminé torpemente hacia la puerta.

—Si me necesitas, voy a estar en el cuarto de enfrente. Buenas noches —dije, evitando mirarlo a los ojos.

Me instalé en otra habitación, pero no podía dormir. Era absurdo: finalmente estaba en un lugar cómodo y seguro, y aun así no lograba relajarme.

Me levanté y empecé a vagar por la casa. Tomé té, hojeé algunos libros de la sala, jugué con Bii y terminé en la galería de archivos. Angie, mis padres, Peter, todos esos recuerdos dolían tanto.

Llegué a la sección de "archivos varios". Rara vez la revisaba porque eran cosas sin importancia, pero como solo buscaba distraerme, le di una oportunidad. Tenía muchos archivos nuevos: algunos agregados por mí y otros por Evan. Los veía con asombro; parecían escenas de una película de ciencia ficción. Todos esos lugares, y experiencias, me hacía sentir más viva que nunca.




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