Ada Y Evan

23. TZE KYAQ

—¡Adiós, Bii! Pórtate bien, regreso en unos días. Te voy a extrañar —dije, sintiendo un tirón en el corazón.

—Yo también te voy a extrañar, Ada —respondió Bii antes de que lo apagara.

Evan sonrió con ternura y me dijo que no me preocupara, que todo iba a estar bien. Por precaución, dejamos ocultos el búnker, las bicicletas, mi mochila, a Bii... todo lo que pudiera revelar quién era y de dónde venía. No pude evitar sentir que dejaba atrás una versión de mí y caminaba hacia una nueva y desconocida.

Con un par de mochilas llenas de cosas para vender, nos dirigimos a la montaña. El bosque era frío y el camino, difícil. Estaba lleno de pendientes resbaladizas y huecos ocultos bajo las hojas, pero Evan insistía en que ya casi llegábamos.

El ocaso se acercaba cuando Evan se detuvo en seco, en medio de la nada. Su postura cambió. Conocía ese gesto: había detectado algo. Me quedé quieta y en silencio. Giró la cabeza; se oyeron ruidos entre la maleza. Su expresión se tensó y, sin explicaciones, me quitó la mochila y me subió la capucha del sudadero.

—No vayas a hablar —susurró con voz urgente—. Digan lo que digan, no respondas. Ni una palabra, ¿sí?

Tragué saliva. Dos hombres viejos y sucios aparecieron montados en una vieja motocicleta y, antes de que pudiéramos hacer algo, el que iba atrás nos apuntó con una gran escopeta.

—¿Evan? —dijo, bajando el arma.

—Sí, ¿qué hubo? —respondió él, saludando con la mano.

—¡Puta, vos, qué sorpresa! Todos te hacíamos muerto.

—Ya ves, mala hierba nunca muere.

Los tipos soltaron una carcajada ronca. Uno de ellos me miró con más atención.

—¿Ese es Ramiro? —preguntó, señalándome.

Mi silencio lo desconcertó y volvió a levantar la escopeta. Evan se interpuso, levantando la mano en señal de calma.

—¿Quién putas es? —insistió el hombre.

—Una rara que me encontré por ahí. Ni idea de qué es. Mejor no se le acerquen.

Me bajó la capucha. Los dos hombres se sorprendieron. El silencio se volvió denso. Uno de ellos bajó para observarme mejor. Sentí su repugnante mirada recorriéndome.

—¿Y habla? —preguntó.

—No mucho —dijo Evan—. La voy a llevar donde la doctora Cantil para que le eche un ojo.

—Sí, mejor. ¡Imaginate que la vendés y resulta radiactiva! —soltó el malnacido.

¿Venderme? El comentario me dejó helada. Volteé hacia Evan, que ni siquiera me miró.

—¿Y qué más encontraste? —preguntó uno.

Evan miró las mochilas con fingida indiferencia y respondió:

—Nada. En este viaje nos fue de la patada.

—Sí nos contaron. ¿Y tu primo?

Evan negó con la cabeza. El otro fulano me seguía mirando con extrañeza.

—Está bonita —comentó y me lanzó un beso.

Me dio asco. Apenas pude contenerme para no responder.

—Así me gustan. Bravas —añadió.

Evan sonrió y dijo con tono casual:

—Ya le viste las manos. Eso no es normal. Mejor no arriesgarse.

Crucé los brazos. Se miraron entre ellos. Vi en sus caras una mezcla de morbo y desconfianza. La sangre me hervía.

—Bueno, mejor sigo —dijo Evan—. Ya casi va a ser de noche.

—¿Querés jalón? Allá arriba está el pick-up —ofrecieron.

—No se preocupen —dijo Evan.

—¡Bien hombre! Así aprovecho para contarte de unas cosas que tenemos. Tal vez les gusten a tus clientes.

Evan intentó negarse otra vez, pero los tipos insistían. Uno tomó las mochilas y el otro puso su brazo sobre Evan. Aún llevaba la escopeta en la mano. Evan no había tenido tiempo de sacar su arma.

Me puse nerviosa. Pensé en correr. Pero Evan seguía conversando con ellos en tono "amistoso".

—Está bueno —aceptó al fin—. Vamos.

Me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Yo no me moví. Los tres me miraban tensos. Metí la mano en mi bolsillo y abrí el empaque de la píldora negra. No iba a dejar que esos salvajes me tocaran. Traté de disimular, pero Evan lo notó. Fue directo a mí, me quitó la pastilla de la mano y la apretó con tanta fuerza que estalló. Vi como los restos caían al suelo.

—Perdón —susurró Evan—. Vamos, yo te cuido.

Sus palabras no me inspiraron ninguna confianza. No entendía qué estaba pasando y todo se sentía turbio. Lo miré fijamente, negándome a moverme.

—Le hubieras puesto correa —bromeó uno de los idiotas.

—Buena idea —dijo Evan—. Dame la mochila grande, necesito algo.

El tipo se la entregó con curiosidad. Evan sacó su arma y los tipos se sobresaltaron un poco. Pero él la puso en su cinturón y luego sacó las esposas. Se acercó a mí. Ellos observaban entretenidos.

Puso una argolla en su muñeca y otra en la mía. A pesar de lo bizarro de todo, me sentí un poco más segura. Evan estaba otra vez armado y unido a mí.




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