Si pudiera describir lo que sentía en ese momento, diría que era algo parecido a estar sumergida en lo profundo de una piscina: el zumbido en mis oídos, las imágenes diluidas ante mis ojos, la falta de aire, la presión aplastándome el cráneo... además, me dolía el pecho. Muchísimo.
Estaba sola, en medio de cuatro paredes frías. No sabía qué pasaba afuera. Mil preguntas rondaban mi mente: ¿qué pensaban hacer conmigo?, ¿estaba en peligro?, ¿debía intentar escapar o todavía podía confiar en Evan?, ¿quién rayos era esa tipa a la que había besado? Era mucho mayor que él, debía tener más de cuarenta años. ¿Qué diablos le veía Evan? Era flaca, bajita, de piel oscura. Tenía pequeños ojos rasgados y labios muy gruesos. Me desagradaba, aunque no la conocía. ¿Por qué?
Yo estaba prácticamente presa en una tierra desconocida, sin que nadie en mi colonia conociera mi paradero. Ese era mi mayor problema, en eso debía concentrarme, y no en la vida amorosa de Evan.
La puerta se abrió lentamente y me puse de pie de un salto. La doctora asomó la cabeza, sigilosa.
—Con permiso —susurró.
—¿Dónde está Evan? —pregunté.
—Ahorita está hablando con el juez, ya va a venir.
Entró con cautela. Ella y los policías llevaban batas, mascarillas y guantes. Inmediatamente retrocedí hasta el fondo de la habitación. Se detuvo y con voz serena dijo:
—Me llamo Rita Cantil. Evan me dijo que fuiste tú quien nos ayudó en el desierto, y quería darte las gracias.
La examiné de pies a cabeza. Era una mujer madura, de piel morena y cabello oscuro. Su vientre estaba más hinchado de lo que recordaba, pero en general era de complexión y estatura medianas. La ropa de protección no me dejaba verla bien, pero su postura y su voz trataban de transmitir tranquilidad.
—Me alegró tanto que Evan regresara —continuó—. Todos estábamos muy preocupados. Me siento fatal por lo que pasó; creo que, en gran parte, fue mi culpa.
Yo seguía sin saber qué hacer o decir. Sonaba sincera, pero la presencia del guardia en la puerta no me permitía relajarme. Ella volteó a verlo y, como comprendiendo, agregó:
—No te asustés, el poli está aquí solo por precaución. Evan ya está tratando de explicarle al juez que todo fue un malentendido. Desafortunadamente, los tipos con los que se toparon antes anduvieron diciéndole a todos que venís de una zona radioactiva, que estás contaminada y no sé qué más. Vamos a aclarar todo, pero tenés que tener paciencia. Como vienen de lejos de la comunidad, se van a tener que quedar aquí para que les hagamos unos análisis. Tenemos unos dormitorios en el tercer nivel —una sonrisa le brotó en los labios mientras se acariciaba el vientre—... perdón, de noche el bebé se pone muy activo.
Se acercó, tomó mi mano y la puso sobre su panza palpitante. Me espanté; el contacto con aquella mujer casi desconocida, ese movimiento dentro de sus entrañas tan inesperadamente fuerte, el recuerdo de Angie... me aparté, incómoda.
—Como te decía —continuó, sin darle importancia a mi reacción—, preparamos una habitación en el tercer nivel para que puedan descansar y asearse. Por favor, acompáñame.
Salió, dejando la puerta totalmente abierta para mí. Los policías se pararon detrás de ella, mirándome con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Yo no me moví por un rato, pero luego me pareció escuchar la voz de Evan en la distancia, y salí lentamente con mi escolta.
Recorrí el pasillo, ahora oscuro y desierto, hasta llegar a la entrada. Evan estaba junto a un hombre que también usaba traje protector. Escribía algo en unos papeles. En la pequeña sala de espera, la familia de Evan y la misteriosa mujer aguardaban con aire de cansancio. Cuando me aproximé, todos clavaron sus ojos en mí. Me quedé quieta deseando que pasara algo que los hiciera desviar la atención, pero seguían mirándome en silencio.
Evan volteó, pero enseguida volvió a enfocarse en los papeles. Mi ojo derecho expulsó una lágrima de rabia y el izquierdo, una de miedo, y como si ese par de gotas hubieran hecho un tremendo ruido al caer al suelo, Evan alzó la vista. Se excusó con el hombre y acudió a mí.
—No llorés —dijo, muy serio.
—Me quiero ir.
—Por el momento no se puede, pero estoy en eso.
—¿Qué pasa?
—Te cuento luego.
Hizo ademán de alejarse, pero me aferré a su camisa para detenerlo.
—¡No! Dime de una vez qué demonios ocurre —le exigí.
—¿Podrías calmarte un poco? —murmuró con el rostro tenso.
—¡¿Calmarme?! —repliqué incrédula.
—¡Sí! Bajale un poco, todo este show que estás haciendo no nos ayuda en nada.
Mi sangre comenzó a arder al oír su respuesta. Todos nos observaban, los policías tenían la mano sobre su arma, la mujer misteriosa miraba a Evan con la cara roja, pero sabía que nada de eso iba a evitar que yo explotara. Cerré los ojos y apreté los puños, preparándome para perder el control.
Entonces él me hizo abrazarlo. Luego de envolverse con mis brazos desprevenidos, me sujetó tiernamente. Yo seguía agitada, pero ante su sorpresivo gesto, olvidé lo que iba a hacer o decir.
—Perdón, la cagué —dijo en voz baja—. Pero no te preocupés, voy a ver cómo lo soluciono.