Desperté de golpe. La pieza estaba oscura debido a las cortinas cerradas. No tenía idea de qué hora era; aún no había amanecido, pero algunos pájaros ya comenzaban a cantar. Evan dormía en una silla reclinable junto a mi cama. Al moverme, las esposas tintinearon y él abrió los ojos.
—Hola —dijo como si nada.
—Regresaste —respondí, sin poder ocultar mi alegría.
Se levantó de la silla y se sentó en la orilla de la cama.
—Estuve con mi familia un rato. Mi mamá no quería soltarme.
—Me imagino.
Evan la había mencionado muchas veces. Imaginaba la inmensa angustia que ella debió sentir al no saber de su hijo, y también la abrumadora alegría al verlo de nuevo. Para su familia, debió ser como verlo resucitar de entre los muertos. Me alegraba por él. Pero no podía dejar de pensar en la mujer del beso. Algo en mí necesitaba saber.
—No sabía que tenías novia —comenté, sin poder contenerme—. ¿O estás casado?
—Ah, sí... Isabel —dijo, soltando un suspiro.
—Nunca hablaste de ella.
—Bueno, hay muchas cosas de las que no hablamos. Por ejemplo, de Peter. Nunca me hablaste de él.
—Es un viejo amigo —dije, disimulando mi sorpresa—. ¿Cómo sabes su nombre?
—"Amigo" —sonrió, incrédulo—. Bii tiene una carpeta solo para él, y vos, a veces... decís su nombre cuando estás dormida.
La forma en que se apartó ligeramente de mí me hizo pensar que no había sido solo mi boca lo que lo incomodó. ¿Acaso mi cuerpo había reaccionado de alguna forma ante esos sueños? ¡Qué vergüenza! Probablemente Evan creía que estábamos juntos.
—Nos conocemos desde niños. Fuimos novios un tiempo, pero luego dejó de funcionar y nos separamos —recordé con pesar—. Eso es todo. Él ya hizo su vida. El último día que estuve en La Catedral me enteré de que se iba a casar.
—No me vayás a decir que por eso escapaste —dijo frunciendo el ceño.
—¡No! Claro que no.
Evan me miró como tratando de verificar si decía la verdad, lo cual me molestó bastante. Además, no me había respondido. ¿En qué momento los papeles se habían invertido?
—Es tu turno —insistí, tratando de encauzar de nuevo la conversación.
Se mordió los labios. Luego me hizo señas para que le hiciera espacio en la cama. Se acostó junto a mí, respiró hondo y confesó:
—Se llama Isabel. Tiene cuarenta y cinco años, dos hijos: uno de diecisiete y otro de veintitrés. ¡Dejame terminar! —exclamó antes de que el "podría ser tu madre" se me escapara de la boca—. Es divorciada. La conocí porque trabaja con un señor que me compra antigüedades. Estamos juntos, digamos, desde hace casi dos años.
Me miró de reojo. Yo no le di el gusto de reaccionar, pero sentí que me ardían los ojos y las mejillas.
—La verdad es que al principio no era nada serio —continuó, con un tono más íntimo—. Ella me buscaba cuando se le daba la gana, y por mí estaba bien. Pero hace unos tres meses le dije que yo quería algo más serio y, pues... me mandó a la mierda. Dijo que no quería problemas con sus hijos, que era mucha la diferencia de edad, que no iba a funcionar.
Hizo una pausa. Tragó saliva, como si necesitara deshacer un nudo en la garganta. Continuó.
—Terminamos. Yo lo tomé muy mal, no te voy a mentir. Pero ¿qué podía hacer? Ella no quería saber nada de mí, hasta... una semana antes de que me fuera a la expedición con la doctora. Dijo que había estado pensando mucho en nosotros y que, cuando regresara, íbamos a hablar.
—Pues, parece que te extrañó —comenté sin entusiasmo.
—No sé. Ya no sé —dijo, restregándose las sienes.
Sentí algo de pena por él. Entendía muy bien lo difícil que era cerrarle la puerta a alguien que no te rechaza, pero tampoco te ama por completo. Ella parecía tibia, como Peter. Tal vez solo estaba proyectando en Evan mis demonios.
Lo único que me quedaba claro era que, mientras mi viaje con él había sido una experiencia profunda, existencial, llena de descubrimientos, para él simplemente era... un regreso a casa. A ella.
Se hizo un silencio largo y pesado.
—Les conté lo de mi primo —dijo, cambiando de tema—. Ya se lo imaginaban. Los que regresaron no vieron nada, pero por lo que oyeron antes de escapar, no tenían muchas esperanzas. Si te preguntan, fue una mina terrestre. ¿Ok?
—Ok —respondí.
No supe qué más decir. Sentía que debíamos ponernos de acuerdo en nuestra historia, pero Evan sonaba exhausto, así que lo dejé descansar. Lo veía de reojo: tenía las manos sobre el pecho, la vista al techo, el muslo ligeramente elevado. Esa pequeña distancia que siempre ponía entre nosotros seguía allí, y ahora entendía a qué se debía. Bostezó y yo me contagié. Cuando quise cubrirme la boca, las esposas hicieron retroceder mi mano.
—Hijos de puta —dijo girándose para acariciarme la muñeca irritada por el metal.
—¿A ti te molesta que me hayan esposado? —pregunté sarcástica.
—Ya sé que yo hice lo mismo, pero es que... les dije que no sos peligrosa y los cerotes siguen allí, todos paranoicos. No te preocupés, hoy mismo nos van a ayudar a que te suelten.