Ada Y Evan

28. MUROS DE CRISTAL

Las puertas de cristal finalmente se abrieron. Evan estaba frente a mí. Ambos salimos de nuestras habitaciones, despacio. Éramos libres otra vez.

Llevábamos tantos días sin hablar... pero no era hablar lo que yo quería. Solo deseaba abrazarlo de nuevo, así que corrí hacia sus brazos sin poder contenerme. Lo extrañaba. Lo necesitaba. Él era mi todo en ese mundo extraño. Tenía miedo de que volvieran a separarnos.

Evan me envolvió en sus brazos, y por un momento, lo único que pude sentir fue su calor, su respiración, los latidos de su corazón. Su cuerpo se sentía inmenso junto al mío; su presencia llenaba el vacío que yo llevaba dentro.

Alcé la vista. Sus ojos cafés me miraban con ternura y, sin darme cuenta, sus labios se unieron con los míos. Una sensación tibia y húmeda comenzó a recorrerme: desde los ojos, pasando por los labios, bajando por debajo de la cintura. Pero entonces, una voz comenzó a llamarme. No quería prestarle atención, pero insistía:

—Desayuno —dijo el enfermero, deslizando la bandeja con comida por la ventanilla.

Me senté en la cama, agitada y confundida. ¿Qué... diablos... acababa de soñar? El enfermero entregó el desayuno de Evan. Él se levantó, restregándose los ojos, y alzó la mano para saludarme. Yo estaba paralizada. Me miró desconcertado. Yo corrí a esconderme en el baño.

El encierro me estaba volviendo loca. No había duda. Seguro era tanto el estrés. Un funcionario público había venido el día anterior para tomar mi declaración, en presencia de mi abogada. No sé cuánta experiencia tenía el hombre entrevistando gente, pero definitivamente yo tenía aún más práctica en ser evasiva. No logró intimidarme ni sacarme demasiada información. Se marchó molesto, luego de dos horas prendido al intercomunicador.

La doctora venía todos los días a inyectarme algo para estimular mis ovarios. Me llevaban comida cinco veces al día, y básicamente ese era todo el contacto directo que tenía con otras personas. Para mí, era tedioso. El tiempo pasaba lento.

A Evan lo visitaban mucho. Su madre iba a verlo todas las mañanas. El resto de la familia y sus amigos llegaban con menos frecuencia, pero siempre estaban pendientes de él. Isabel iba cada dos o tres días. Y la verdad... era raro. Con ella, Evan mostraba sonrisas, gestos y expresiones que yo casi no conocía. Era cursi… y algo patético.

¡Ah! Era incómodo en tantos niveles. Como casi siempre aparecía de noche, yo apagaba las luces de mi cuarto para que no pudieran verme. Me envolvía en sábanas y cerraba los ojos, porque el demonio de los celos se había instalado en una esquina, y cuando intentaba ignorarlo, comenzaba a lanzarme bolas de papel, piedras, agujas. En el fondo, yo también era cursi y patética.

La familia y los amigos de Evan eran bastante amables. Zandy, su hermanita, comenzó a hablarme casi desde el principio. Lo primero que dijo fue que le gustaba mi cabello, y a partir de ahí comenzamos a cruzar algunas palabras. Me contó que también les habían hecho análisis por haber tenido contacto con Evan la noche que llegamos. No parecía molestarle. Según comentó, no era la primera vez, pero nunca lo habían encerrado tanto tiempo.

En una de sus visitas, Zandy deslizó una bolsa de frituras por la ventanilla. Me dijo que eran sus favoritas y también de Evan. Ambos se morían de la risa con la cara que puse al sentir el intenso sabor ácido y picante de los bocadillos.

Los demás miembros de la familia también comenzaron a saludarme. El papá de Evan incluso conversó conmigo un rato para saber cómo iba mi situación legal. Los amigos de Evan, que eran exploradores como él, me saludaban desde lejos. Tenía una idea de quiénes eran por lo que Evan me había contado. Incluso volví a ver al muchacho de la expedición a mi colonia.

Durante la segunda semana, uno de ellos se acercó al intercomunicador. Evan estaba detrás, mirándonos emocionado.

—Hola, Ada. Soy Jorge.

—Hola —respondí.

—Evan me pidió que te avisara que me dio lo que encontraron, para que hiciera el papeleo y lo vendiera, a cambio de una pequeña comisión.

Miré a Evan, recordando que me había dicho que no hablara con nadie sobre el búnker, pero él levantó el pulgar en señal de aprobación.

—La pistola bañada en oro y la colección de manga de Attack on Titan —aclaró. Yo solo asentí—. Ya se subastaron y dejaron muy buena ganancia.

Evan me sonreía desde el otro lado.

—No sé si estás familiarizada con la moneda local, pero para que te hagás una idea: se vendieron por lo que una persona promedio ganaría en cinco años. O sea que, cuando salgan, no van a tener que preocuparse por dinero.

Aplaudí emocionada. Los tres estábamos muy felices. Pero de pronto, Evan se puso serio: Isabel venía caminando por el pasillo, volteó hacia mí y me lanzó una mirada fulminante.

Jorge y el guardia se dieron cuenta y nuestra pequeña reunión se disolvió de inmediato. Apagué la luz y me acosté. Me enfadé un poco. Yo no había hecho nada para que Isabel actuara así.

A los pocos minutos, alcé la vista sin querer. Ella ya no estaba. El cuarto de Evan estaba a oscuras. Traté de no darle importancia.

Los días seguían pasando, y Evan y yo buscábamos maneras de comunicarnos o entretenernos para no volvernos locos. Hablábamos con señas. Siempre me preguntaba si me había gustado la comida, y se emocionaba cuando algo me agradaba. Hacíamos ejercicio y veíamos televisión por horas. A veces me indicaba con los dedos números de canales, para ver lo mismo al mismo tiempo.




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