Ada Y Evan

30. RUIDO

Mi abogada llegó a recogerme al día siguiente. Cuando llegamos al edificio de justicia, Evan ya estaba en la entrada. Tenía puesto el traje que habíamos comprado el día anterior, el cabello y la barba bien recortados. Yo llevaba un traje muy similar al suyo, pero con pantalones de pierna ancha y zapatos de tacón.

Había mucha gente. Caminé evitando el contacto visual, pero las voces de quienes nos rodeaban penetraban mi cráneo como el zumbido de un enjambre de avispas.

Afortunadamente, se quedaron afuera. Entramos a las oficinas donde nos interrogarían, acompañados únicamente por nuestros respectivos abogados. Evan pasó primero; yo me quedé en la sala de espera con Patricia, mi abogada.

El reloj de la pared martillaba mis oídos con su tic, tac, pero las agujas no se movían. Me parecía que Evan llevaba un siglo allí adentro, pero en realidad, no había pasado ni una hora.

Patricia estaba sentada en el sofá de enfrente. Llevaba un traje hermoso: según había visto en la televisión, era un traje tradicional de la antigua cultura maya mam, que aún se conservaba en la región. Ella era hermosa (al estilo Tze' Kyaq), pero su personalidad era difícil de digerir. Desde que nos conocimos, me había tratado con frialdad; a veces pensaba que no le gustaba trabajar conmigo. Viéndola, comprendí que iba a tener que esforzarme mucho para que los locales dejaran de rechazarme, porque a simple vista, ellos y yo no teníamos mucho en común.

—Tengo miedo —pensé en voz alta—. Me aterra decir algo incorrecto y causar más problemas.

Ella me miró. Con su característica calma y seriedad, respondió:

—No te culpo, Evan podría ser procesado por traición, y vos por homicidio, pero hasta el momento no tienen suficientes pruebas para acusarlos formalmente. Quiero asegurarme de que respondás solo a las preguntas pertinentes, así que necesito que me hagás caso. Yo trabajo de forma técnica, y me funciona muy bien. No te preocupés, jamás pierdo.

Parecía muy segura, y eso me tranquilizó un poco.

Evan y su abogado salieron unos minutos después. Me puse de pie inmediatamente. Quería preguntarle cómo le había ido, pero antes de que pudiera acercarme, el hombre en la puerta me indicó que entrara. Pasamos lado a lado sin cruzar palabra; solo sentí su mano rozar la mía por un milisegundo. Luego ya estaba dentro de la sala de interrogatorio.

Patricia y yo nos sentamos a la mesa. Frente a nosotros había tres hombres mayores vestidos de manera muy formal, y en una tercera mesa, dos representantes de la fiscalía.

Leyeron en voz alta los datos más relevantes de mi expediente y luego, uno de los fiscales comenzó a interrogarme.

El tono de aquellas preguntas era malintencionado y agresivo. Por suerte, no tuve necesidad de responderlas. De pronto, mi abogada se convirtió en un ser elocuente que jugaba al ping-pong con las palabras, objetando cada pregunta.

Al final, yo intervine muy poco. Aclaré que Ramiro había muerto al entrar en una zona con sistemas de protección y que yo no había participado directamente en su muerte. No tuve que dar muchos detalles gracias a Patricia. Lo único en lo que traté de ser más explícita fue respecto a Evan. Quise dejar claro que él no me habló de su comunidad sino hasta el final de nuestro viaje, y que fue precisamente esa falta de información, lo que condujo al altercado de la noche que llegamos.

A pesar de hablar tan poco, el interrogatorio me pareció brutal. Mi cuerpo se sentía débil, adolorido; todas esas acusaciones disfrazadas de preguntas me habían golpeado fuerte.

Los tres hombres parecían insatisfechos con la información obtenida, pero Patricia los había maniatado con sus argumentos legales, así que no les quedó más que dejarnos ir.

Después del interrogatorio, Patricia y el abogado de Evan fueron llamados a una oficina. Evan y yo nos quedamos solos en la sala de espera, con la puerta custodiada por un par de policías. Aunque estaban algo lejos, no nos sentíamos libres de hablar sobre lo que acababa de ocurrir. Estuvimos en silencio un buen rato, hasta que dije:

—Me gusta cómo te queda ese traje. Te ves guapo.

Él estaba sentado a un lado con la frente arrugada por quien sabe qué preocupaciones, pero al escucharme, sonrió, halagado.

—Vos también te ves bonita —respondió.

Fue dulce, pero me puso nerviosa la forma en que me miró. Para aligerar la charla, dije:

—¡Al fin tengo una ventaja en este lugar! Aquí alguien me dice bonita.

—¿No te lo dicen en tu casa? ¿Peter no te dice así?

—No mucho... En mi colonia los estándares de belleza son distintos. Hay tantas maneras de mejorar la apariencia, pero yo... —me encogí de hombros— soy algo simple.

—Si te referís a ser como algunas de esas personas que me enseñó Bii, prefiero que seas simple. Si tuvieras cara de alien, como la mamá de Peter, seguro te habría disparado en el desierto.

Me reí. Definitivamente, mi exsuegra se había excedido con sus arreglos cosméticos, pero nunca nadie lo había mencionado abiertamente.

—No es el momento ni el lugar para hablar de dispararle a nadie —bromeé en voz baja y me acerqué a él para que los guardias no nos escucharan.




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