Ada Y Evan

33. ESPERA

En algún lugar escuché que estar con alguien en quien confías te da sueño. Evan y yo pasamos días enteros en la cama. Las horas se nos escurrían entre siestas con poca ropa y muchas caricias.

Todos los asuntos pendientes seguían ahí: Bii sola en el búnker, Angie sin mí en el infierno, los papeles legales, el pasado que me dolía, el futuro que me aterraba. Pero cada vez que mi mente se llenaba de nubes negras, Evan las disipaba. Entre sus brazos solo existía el presente, y ese sentimiento que nos unía, aunque ninguno de los dos se atrevía a ponerle nombre.

"Nada de sexo por quince días" había dicho Rita, y nosotros nos reímos, sin sospechar que era una bruja. Sus ojos vieron lo que nosotros no queríamos mirar, y su boca nos lanzó una maldición.

—Tomatelo con calma estos días, Ada —me advirtió—. Nada de ejercicio intenso, ni cargar peso. Queremos darle al embrión la mejor oportunidad. Si sentís algo raro, me avisás. Y no te olvides de descansar, tomar los medicamentos y mantenerte bien hidratada.

Así que decidimos entrar en hibernación. Nos alejamos de todo: la gente, las preocupaciones, incluso de nuestros propios pensamientos. No hablábamos de nada importante y eso estaba bien. Estar juntos bastaba.

No entendía cómo había sucedido. Después de Peter, no me había sentido realmente atraída por nadie. Pero Evan tenía algo que me hacía sentir segura, en paz, feliz.

A mí me gustaban los abrazos; a él, los besos, y era increíble en eso. Me besaba de tantas formas (y en tantas partes). Además, parecía saber exactamente cómo mirarme, cómo hablarme, cómo tocarme.

Aunque todavía no lo podía comprobar, estaba casi segura de que nos íbamos a entender muy bien (al menos físicamente). Con él me sentía libre, desinhibida, capaz de decir y hacer lo que se me diera la gana.

Estábamos acostados. Era una tarde soleada. Las cortinas medio abiertas dibujaban caminos de luz sobre su piel.

—¿Por la bicicleta? —pregunté, pasando mis dedos por los callos de sus manos.

—Sí —respondió él, con cierta nostalgia.

—Por la mochila —dije después, acariciando las marcas en sus hombros.

Mi mano descendió por su torso semi divino, hasta encontrar las huellas que las correas habían dejado en su cintura. Su pecho subía y bajaba con un ritmo lento, pero poderoso. Yo estaba hipnotizada por la geografía de sus músculos. Elevé la mirada hasta su rostro, y al colocar el pulgar sobre sus labios, susurré:

—Por la sed.

Ya habíamos sanado, pero de cerca todavía se notaban los cráteres y lunares que nos había dejado el viaje. Aun así, Evan me parecía hermoso. Tenerlo tan cerca, tan quieto, tan atento, me encendía por dentro. Deslicé mi mano por su barbilla, su cuello, las líneas de su clavícula, hasta alojarla en el nido de vellos que crecía entre sus pectorales.

—Por la falta de evolución —dije, y solté una risa.

Sujetó mi mano y me atrajo hacia sí. Empezó a besarme, y mientras lo hacía, nuestros cuerpos se fueron entrelazando. Contener el deseo era casi imposible. Esos juegos, lejos de apaciguarlo, lo hacían acumularse aún más.

—Todavía no podemos —dije, haciendo un esfuerzo por separarme.

Evan gruñó con frustración y se hizo a un lado.

—Ya falta poco —suspiró.

—¿Cuántos días faltan? —pregunté.

Me miró con decepción y exclamó:

—¿¡No llevás la cuenta!?

Me encogí de hombros. Se levantó de la cama y tomó el viejo reloj que estaba junto al televisor.

—Inaceptable —bromeó—. ¿Esta cosa todavía funciona?

—Supongo.

—Vamos a ver... —empezó a hacer cuentas con los dedos mientras yo lo observaba, divertida—. ¿A qué hora fue?

—Cuatro o cinco de la tarde, no estoy segura.

—Bueno, no hay que ser impacientes. Dejemos un margen prudente. Digamos, seis de la tarde —solté una risa—. Listo: próximo lunes a las seis.

Volvió al sofá cama, donde lo recibí con una sonrisa y un abrazo.

—Falta mucho —me quejé—. No voy a aguantar si seguimos encerrados. Deberíamos salir, ¿no crees?

Él asintió. Empezamos a pasear de vez en cuando. El aire siempre era frío en el pueblo de los palos rojos. Yo salía bien abrigada: con gorro, guantes y gafas oscuras, pero aun así, muchas veces la gente me miraba raro. Por suerte, el hombre mono siempre lograba que me sintiera segura.

Generalmente pasábamos una o dos horas recorriendo las calles, hasta que el hambre nos vencía. Algunas veces, comprábamos en el mercado algo para cocinar según las recomendaciones de Rita. Otras, comíamos fuera, para que ella no tuviera motivos para regañarnos.

Adoraba todo lo que vendían en Tze Kyaq. A pesar de haber crecido en los jardines, había tantas cosas que nunca había visto, ni probado. Las carnicerías eran un espectáculo salvaje para mí: macabro, fascinante, delicioso. Evan me había vuelto adicta a la carne.

A veces preparábamos la cena para Rita y Willy. Eran agradables, no hacían muchas preguntas. Les gustaba hablar y a mí escucharlos. Siendo tan inteligentes, bastaba un dato mínimo para que conversaran durante horas: analizaban, discutían, especulaban, construían ideas y las desarmaban como si fueran juguetes. Me recordaban a mis padres.




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