Era una casa de tres pisos pintada en tonos verdes. Objetos regados por el jardín frontal daban algunas pistas sobre cómo eran sus moradores: bicicletas rosadas, macetas llenas de flores, pelotas, herramientas oxidadas.
La entrada estaba al centro y conducía al gran salón donde se encontraban la sala, el comedor y la cocina. Al fondo, una puerta luminosa dejaba ver el jardín trasero.
—¡Ada! —exclamó con alegría la mamá de Evan, desde la cocina—. Hasta que al fin venís. Desde hace días le dije a Evan que te trajera, pero siempre tenía excusas. ¡Qué bueno verte! Pasá adelante, no tengás miedo, que no mordemos.
Sonreí. Su calidez parecía sincera. Pero entonces fijó la vista en Evan y, cambiando drásticamente el tono, dijo:
—Hasta que te acordás de que tenés casa. Parecés chucho, ni avisás en dónde andás.
Me mordí los labios. Tal vez pude haber dicho algo para evitarle el regaño, pero la verdad, me resultaba gracioso ver cómo su mamá lo sermoneaba. Ella continuó:
—Mirá, haceme un favor: bajá las sillas que están allá arriba y, de paso, te cambiás. Vienen visitas y vos en esas fachas, ¿no te da vergüenza?
Cuando terminó de descargar su enojo con Evan, me tomó del brazo y amablemente me condujo al patio, donde estaba el resto de la familia. En cuestión de minutos, yo conversaba con el papá, que asaba carne en la parrilla; las gemelas ayudaban a poner la mesa; la madre iba y venía desde la cocina, y el hermano había ido a no sé dónde a comprar algo para beber. Era un caos, pero con muy buena logística.
Me la estaba pasando bien. El papá de Evan era un hombre con muchísimo carisma; sabía cómo hacer sentir a los demás a gusto.
Luego, Zoe y Zandy vinieron a saludarme y ya no se me despegaron. Eran dos niñas alegres y conversadoras, que no paraban de divertirme y sorprenderme con sus ocurrencias. Me dieron un pequeño recorrido por el jardín, mostrándome todas las plantas que Evan había traído de sus viajes.
Evelyn, la madre, andaba de arriba abajo, apurada con los preparativos, pero sonreía y cantaba todo el tiempo. No había duda de que Evan había heredado de ella el gusto por la música y la comida.
El brunch ya estaba listo, pero los otros invitados aún no llegaban. Así que, para pasar el rato, nos sentamos a la mesa a picar algo de fruta. Poco a poco me fueron incluyendo en la charla y comenzaron a hacerme preguntas. Me pareció irónico: los burócratas del pueblo, casi no habían logrado sacarme información. En cambio, con ellos, yo me sentía segura y libre para responder lo que fuera.
Me fui dejando envolver por las risas y las bromas de aquella linda familia. Mientras saboreaba aquellos alimentos preparados con amor, me perdí en los empolvados recuerdos de mi propio hogar. Casi se me había olvidado cómo se sentía. Pero estar allí me hizo comprender que, al igual que Evan, yo venía de un lugar de amor. Que, bajo las capas y capas de mierda que había ido acumulando con el tiempo, aún tenía un centro suave y cálido que recordaba bien a qué sabía la felicidad.
En realidad, yo no era tan fría y dura. Solo necesitaba el lugar y las personas correctas, para recordar cómo era sentirme a salvo.
De pronto, alguien llamó a la puerta. La madre de Evan se levantó para recibir a los recién llegados. Era Isabel y sus hijos: dos jóvenes que parecían apenas unos años menores que Evan. Todos se levantaron para saludarlos.
Yo miré a Evan, sorprendida. El pecho comenzó a dolerme. Él me devolvió una mirada llena de confusión y de incomodidad, pero no dijo nada. Solo se quedó sentado en la silla junto a mí. Isabel se acercó:
—¿No me vas a saludar? —preguntó, coqueta.
Mi cara se puso roja, y sabía que no era por el sol. Sentí el impulso de largarme, pero mi cuerpo no respondía. Evan se mantuvo callado, evitando el contacto visual. Entonces, ella le dio un beso en la mejilla.
—Hola, Ada. ¿Cómo has estado? —preguntó, cortés.
No era un nudo lo que tenía en la garganta, era un torniquete que me asfixiaba. No pude responder. Pero nadie lo notó, porque todos estaban saludándose entre sí, mientras me presentaban con entusiasmo a los hijos de Isabel.
Entre charlas, se sentaron a la mesa y la comida comenzó a circular. Los hijos de Isabel me miraban con curiosidad e intentaban sacarme plática; los Osorio insistían en que probara cada platillo. Me sentía bombardeada por todos lados. Tuve que hacer tanto esfuerzo por sonreír y parecer serena, que cuando al fin los platos quedaron vacíos, me sentía exhausta, débil, mareada.
En vano había buscado la mano de Evan por debajo de la mesa. Él lucía tan distraído y nervioso como yo. Era como si intentara ser invisible: para su gente, para Isabel, para mí.
Zoe le preguntó a su madre si ya podía retirarse, pero ella le hizo señas de que no.
—¿Me permiten un minuto? —dijo Isabel, poniéndose de pie.
Todos los ojos se clavaron en ella. Sonrió, complacida; era obvio que esperaba ser el centro de atención en aquella reunión. Mientras los Osorio conversaban conmigo, ella había intentado, en varias ocasiones, cambiar de tema. Incluso me parecía que estaba vestida demasiado elegante para la ocasión. Me recosté en la silla, no podía más.
Ella tomó aire y, luego, mirando fijamente a Evan, dijo: