Ada Y Evan

36. CATARSIS

Nunca me había detenido a pensar en lo extraño que era que hubiera hoteles en un pueblo que no aceptaba forasteros, pero cuando entré, supe que allí no solo se alquilaban camas... también cuerpos.

Me ofrecieron compañía, pero cuando dije que mi doctora no lo recomendaba, se alejaron con precaución. A veces, ser el fenómeno del pueblo tenía sus ventajas.

Solo buscaba un escondite. No quería volver a casa porque sabía que Rita y Evan no me dejarían en paz fácilmente. Pagué una noche y apagué el teléfono.

Era un lugar raro. Sobre la cama había un enorme espejo. Yo no quería ver a nadie, pero aquel hotelucho parecía querer obligarme a mirarme a mí misma.

No pude quedarme en la cama; el espejo era demasiado perturbador. Así que me senté en el suelo. Mis demonios me rodearon, y en lugar de ignorarlos, los dejé hablar.

Estaban allí porque yo nunca había procesado mi duelo. Solo seguí adelante: sin papá, sin mamá, sin Peter, sin un lugar seguro, sin la posibilidad de ser alguien o cumplir mis sueños. Y ahora, algunas de esas cosas parecían posibles de nuevo, pero... ¿cómo iba a atreverme a intentarlo, si ni siquiera me había recuperado de perderlas la primera vez?

Además, era una locura. ¿Cómo Evan podía pensar en un futuro juntos si apenas nos conocíamos? Aunque... tampoco era tan descabellado. Conectábamos, muy bien.

Eso solo me había pasado con Peter y fue tan profundo, que luego de él, todo me sabía a poco. Me aburría el teatro de las citas, la fase de conocerse, las conversaciones livianas.

Pero Evan y yo nos conocimos en circunstancias extremas. Al principio no me agradaba (y yo tampoco a él). Esa tensión de "enemigos" nos obligó a estudiarnos, a conocernos. Luego tuvimos que aprender a confiar y aceptarnos para sobrevivir. Nos saltamos todas las etapas innecesarias y fuimos directo a la verdadera conexión.

Solo que fue muy repentino. Supongo que me asusté y por eso lo empujé lejos de mí. Me revolvía las tripas recordar todo lo que le había dicho, e imaginar que en ese momento, tal vez estaba con Isabel.

Pasé toda la noche en vela. En la mañana, alguien golpeó la puerta para avisarme que mi tiempo había terminado, pero aún no estaba lista para salir. Compré unas horas más y volví a la cama. Finalmente, el cansancio me venció y logré dormir un rato.

Salí del hotel pasado el mediodía y fui a comer algo. Hice de todo para pasar el rato, hasta que se me agotaron las ideas y decidí regresar.

En cuanto me aproximé a la entrada, Rita salió de su casa para recibirme. Me dijo que se habían preocupado mucho y que Evan seguía buscándome. Me disculpé por las molestias y le expliqué dónde había estado. Ella comprendió, así que luego de esa breve charla, fui a mi cuarto. Había vomitado, llorado y dormido en una cama asquerosa. Necesitaba una ducha urgentemente.

Salí del baño y me senté en el sofá aún envuelta en la toalla. No tenía ánimos ni para ir al armario.

Alguien tocó la puerta. Abrí, era Evan. Me puse tensa, pero traté de no mostrarlo. Entró con cautela, como dudando si podía acercarse. Cuando estuvo frente a mí, dijo:

—Me alegra que estés bien. Me tenías muy preocupado.

—Lo siento. Necesitaba tiempo a solas. Pasé la noche en un hotel de la trece avenida.

Él sonrió levemente.

—¿Puedo sentarme? —preguntó.

Asentí y me hice a un lado. Un silencio pesado se instaló entre nosotros. Era el momento de ser sincera con él... y conmigo. Pero no era nada fácil.

—Perdón por lo que te dije ayer —solté haciendo un esfuerzo—. Yo no quería... Es que... ¡Argh!

Me enredé totalmente. Él se quedó esperando con atención. Respiré hondo y cerré los ojos en un intento por ordenar mis ideas.

—No te mentí—proseguí—, cuando decidí lo del bebé estaba pensando solamente en mí, en lo que yo quería. Sabía que no iba a volver a tener otra oportunidad igual, por eso me lancé sin pensar. No fue egoísmo, es solo que estoy acostumbrada a hacer todo sola.

No lograba explicarme bien, pero confiaba en que él entendería. Continué:

—Ahora logro visualizarte como compañero y como padre, pero hasta ayer yo no relacionaba una cosa con la otra. Tú y yo nunca hablamos de lo que sentíamos. No sabía... no sé qué somos. Y cuando pasó lo de Isabel, exploté. Me pasó lo mismo con Peter. Si supieras lo terrible que es ver cómo le piden matrimonio a la persona que quieres...

Me miró con ternura. Quiso decir algo, pero yo necesitaba terminar de comunicarle lo que pensaba.

—No tienes que estar conmigo si no quieres, para mí no existe esa obligación. Eres libre. En serio, yo siempre encuentro cómo seguir. Pero quería que supieras que... te quiero y me importas.

Sus ojos se iluminaron, pero luego bajaron hacia mi cuerpo. Me había movido tanto al hablar, que la toalla estaba cayéndose. Volví a cubrirme. No quería que se distrajera, además tenía frío.

—Dame tu suéter —le pedí.

Me lo entregó enseguida y me lo puse. Su sudadera era muy grande. Subí las piernas y me cubrí por completo. Al hacerlo, algo cayó del bolsillo.

La bolsa de terciopelo negro rebotó en el piso y entonces uno de esos anillos que significan "sí", salió rodando en cámara lenta, mientras el sonido metálico retumbaba en mis oídos.




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