Ada Y Evan

38. MENTIRAS

No sé cuántas veces me bañaron y desinfectaron, tampoco cuántas muestras de sangre, hisopados y escaneos me hicieron. Perdí por completo la noción del tiempo. Solo recuerdo que buscaba algún rostro familiar detrás de las mascarillas y de los cristales desde los que me observaban.

Peter fue el primero en aparecer frente a mi nueva jaula de cristal. Al fin alguien que me ayudaba a recordar que ese lugar alguna vez había sido mi hogar.

Me acerqué al intercomunicador.

—Hola —dijo suavemente.

—Hola —le respondí con los ojos cargados de lágrimas.

No quería llorar. Si lo hacía, no iba a poder parar. Así que coloqué mi mano y mi frente contra el vidrio, mientras reunía fuerzas para continuar. Al alzar la vista, vi que él estaba en la misma posición que yo. Su frente contra la mía, su mano contra mi mano; lo único que nos dividía era la lámina de cristal. Me alejé de inmediato. Él me miró dulcemente y susurró:

—Nunca dejé de buscarte.

—Gracias —respondí sin saber qué más decir.

Él continuaba viéndome con esa mezcla de asombro y alegría, como si aún no creyera que realmente había vuelto. Me sentí mal; él se veía tan feliz de volver a verme. Yo en cambio, tenía sentimientos encontrados.

Intenté no darle importancia, ya habría tiempo para asimilarlo. En ese momento, lo único que quería saber era cómo estaba mi hermana.

—¿Y Angie? —pregunté con urgencia.

—Ella está bien, va a venir luego.

—¡Qué alivio! Tenía tanto miedo de que ella... ya sabes, la píldora negra.

—No, no —me tranquilizó Peter—. Pero... ya verás.

Supe que se refería a su embarazo. Tal vez pensaba que yo aún no lo sabía. Igual no quise decir nada, porque pensé que podrían estar escuchándonos.

—Me muero por verla —le dije—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo voy a estar aquí?

—No lo sé todavía, pero si necesitas algo, dime.

—Ahora mismo solo quiero ver a mi familia. En privado, si se pudiera. Estoy harta de que todos me observen.

—Te entiendo. Dame tiempo. Voy a arreglarlo.

Le agradecí. Tuvo que irse; parecía que lo estaban apresurando. Apenas se retiró, fui escoltada a una sala de interrogación. Solo había una silla, un micrófono y una ventana disfrazada de espejo.

Me pidieron que narrara lo que había pasado. Yo llevaba mi versión bien planeada. No podía dejar que descubrieran lo que había encontrado afuera.

Les dije que seguí a los intrusos lejos de la colonia, y que luego de un rato, su vehículo se había quedado sin combustible. El único que quedaba vivo, había seguido a pie por un rato, pero como estaba malherido, no había llegado lejos. Comenté que revisé los cadáveres y solo encontré algunas armas viejas y equipo de supervivencia. Después intenté volver a La Catedral, pero mi patrulla estaba muy dañada. Entonces tomé las provisiones que pude y el equipo que les había quitado a los intrusos, e intenté regresar a pie, pero me perdí.

Me escuchaban atentamente. Pronto se hizo evidente que estaban tan sorprendidos y confundidos, que seguro creerían cualquier cosa que les dijera.

Nunca me había sentido bien al mentir, pero en esos momentos, yo agregaba capas y capas a mis mentiras sin problema. Tal vez no intentaba convencerlos a ellos. Tal vez era yo la que quería convencerse de que Evan, nunca había estado allí.

A ratos me escondía tras la máscara de la confusión y el trauma. Hablaba de manera vaga, dejando pequeños espacios en mi narrativa para que ellos los llenaran como quisieran. Ya había aprendido que la verdad no es un concepto externo y objetivo, sino una construcción privada y caprichosa.

Les conté que encontré una avioneta abandonada, y que allí me refugié por varios días esperando a que me rescataran. Que, cuando me desesperé, volví a intentar, sin éxito, encontrar el camino de vuelta. Que luego comenzaron las lluvias y las tormentas, así que tuve que improvisar un refugio en una especie de cueva, en la cual había sobrevivido bebiendo agua de lluvia, racionando mis provisiones, cazando y recolectando de vez en cuando. Dije que descansaba todo lo que podía para conservar fuerzas.

Expliqué que cuando el clima mejoró, volví a ponerme en marcha y por un golpe de suerte había logrado llegar al perímetro externo de la colonia, el cual fui rodeando hasta encontrar la entrada.

Cuando terminé, comenzaron a hacerme preguntas. Pero gracias a todo lo que había aprendido afuera, tenía suficiente información para darles detalles que hicieran mi historia más creíble.

Las botellas de agua y los vasos de café se fueron acumulando en mi mesa. Finalmente, el interrogatorio se detuvo. Una bandeja más se deslizó por la ventanilla.

Era otra botella de agua y una cápsula de morfina. Me senté a la mesa y sostuve la píldora entre los dedos. La observé al derecho y al revés. Abrí el empaque, lancé una mirada al "espejo", y entonces, apreté la puta píldora con todas mis fuerzas, tal como lo había hecho Evan en el bosque. Se desbarató y dejé caer los restos sobre la mesa. Luego, bebí el agua tranquilamente.

Entendí su mensaje. Ya les había dado toda la información que querían. No me necesitaban más. Definitivamente, había vuelto a casa.




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