Ada Y Evan

39. NADA SABE IGUAL

¡Qué dramáticos!, pensé, cuando me trasladaron al apartamento que Peter me había conseguido. Estaba en el último piso, en un sector casi desierto (era muy difícil mantener la temperatura fresca allá arriba).

Rojo por todos lados. Los letreros de la entrada: "ZONA BAJO MONITOREO RADIOLÓGICO", "ACCESO CON AUTORIZACIÓN", "PROTECCIÓN OBLIGATORIA". Rojas las luces de los filtros de aire, rojas las bolsas de basura, rojas las canastas de ropa sucia. El símbolo de residuos peligrosos por todas partes. Hasta me dieron ganas de tatuarme el condenado signo en la frente, para ahorrarles algo de trabajo.

El apartamento había sido dividido a la mitad por un cristal de polímero contra radiación. En mi lado podía moverme libremente y con comodidad. En el otro, mis visitantes debían registrarse, ponerse ropa de protección y desinfectarse con niebla ionizada al entrar y salir.

Peter había movido sus influencias para conseguirme privacidad, pero la colonia necesitaba asegurarse de que nadie olvidara que yo aún era un riesgo.

—Siéntete tranquila de hacer y decir lo que quieras —dijo Peter cuando nos quedamos solos—. Me aseguré de que no haya cámaras ni micrófonos. Nadie te va a molestar aquí.

—Gracias. No era necesario que hicieras todo esto.

Me observaba con las manos en los bolsillos y el semblante pensativo. Pero de pronto, se acercó al cristal y, con voz suave, comentó:

—Me habría gustado poder hacer más. Si te hubieran buscado como se debía, no habrías sufrido todo lo que sufriste.

—No estuvo tan mal. Algunos momentos fueron realmente hermosos. No sé si lo volvería a hacer, pero tampoco lo lamento por completo.

Recordar los buenos momentos era como tocar una herida cerrada a medias: parecía seguro, pero aún dolía bastante. Él dijo:

—Siento que te debo una disculpa. No hice lo suficiente. No estuve allí contigo. Y no hablo solo de tu desaparición, me alejé cuando más necesitabas de mí. Después de lo de tu mamá, yo debí...

—No es tu culpa —lo interrumpí—. Yo te alejé.

—Sí, pero solo intentabas protegerme. Ahora lo veo con más claridad. Luchar contra el sistema no es nada fácil. Mírame: mi novia me dejó, mi mamá no me habla, la mitad de mis amigos se alejaron, solo porque les pedí que me ayudaran a buscarte. Eres mi compañera de toda la vida, pero ellos solo se fijan en la clasificación. No pensé que el sistema fuera tan frío.

Enterarme de todo lo que Peter había sacrificado por mí, era dulce y molesto a la vez, como recibir un regalo que no había pedido.

—No quiero que te metas en más problemas por mi culpa —le aclaré—. Estoy bien. Puedo con esto.

"No es mi primera vez enjaulada", pensé. Respiró hondo y volvió a enderezar la postura.

—No se trata solo de ti —dijo—. También es por Angie. La quiero como a una hermana, y me molesta lo que la reclasificación les hizo a ambas. No puedo quedarme de brazos cruzados.

Me preocupaba, quería detenerlo antes de que acabara metido en más líos. Pero él solo estaba intentando hacer lo correcto, y eso me inspiraba respeto.

—Gracias —le dije—. Lo aprecio mucho.

—¿Sabes qué es lo curioso? Para que te buscaran, cobré muchos favores y toqué muchas puertas. Algunas se cerraron, pero otras se abrieron. Los ciudadanos clase B me han apoyado muchísimo, sin pedir nada a cambio. Es una especie de solidaridad de clase. Y lo interesante es que me he dado cuenta de que son ellos quienes realmente mueven la colonia. No es necesario acudir a los superiores, si se tiene suficientes aliados operativos. Su poder es grande, y me alegra que ellos también lo estén notando.

—Qué interesante —comenté, dedicándole una sonrisa.

—Sí, mucho. Estaba tan ciego, pero finalmente estoy abriendo los ojos. Lamento que haya sido a este gran costo. Aprendí a luchar por ti hasta que... ya no estabas.

—Aquí estoy, así que no te martirices —murmuré, cruzando los brazos.

Me sonrió y, de pronto, recordó algo. Escribió en su handphone y dijo:

—Espera, te tengo una sorpresa.

Salió al pasillo a encontrarse con su asistente y, unos instantes después, regresó con un pequeño recipiente. Me lo pasó por la ventanilla. Lo abrí con curiosidad.

—Moras —anunció, orgulloso.

Un puñado de moras frescas, sin procesar. Un verdadero lujo dentro de la colonia (aunque algo muy común en Tze Kyaq).

Tomé una y por un segundo, casi pude saborear aquellas exquisitas frutas que Evan ponía en mi boca mientras preparábamos el desayuno. Para mi decepción, no sabía ni la mitad de dulce que las de mis recuerdos. Igual sonreí con agradecimiento.

—¿Qué tal están? —preguntó.

—Deliciosas —mentí. Ya nada me sabía igual.

Charlamos un poco más, pero notó que estaba cansada y se marchó. Forzar sonrisas y actuar tranquila, realmente me agotaba.

Lo peor era que nada me distraía lo suficiente. Evan no salía de mi cabeza. Mi cuerpo había vuelto a casa, pero mi corazón se había quedado allá afuera, con él. Por suerte, Angie llegó poco después y finalmente pudimos hablar con libertad.




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