Ada Y Evan

40. SIGO AQUÍ

Bii y Butterflii, nuestras viejas smartpets. Dos bichitos robot que ya eran obsoletas para el mundo, pero que aún tenían la capacidad de comunicarse entre ellas.

—¿Era Bii?! ¿Respondiste?! ¡Angie, dime exactamente cómo fue!

—Como te dije, Butterflii empezó a sonar. No sé, a lo mejor en mi apartamento no llega la señal porque está muy abajo, pero donde Peter...

—¡¿Respondiste?! ¡¿Peter se dio cuenta?! —la interrumpí.

—¡Ah! —gritó Angie—. ¡Déjame hablar! Ok... La puse en silencio y estuvo actualizando los mensajes y llamadas hasta que nos fuimos. La revisé cuando llegué a casa —tomó aire y tragó saliva.

—¿¡Y!? —exclamé casi sin aire.

—Era él. Ha estado intentando comunicarse contigo una vez al día desde que entraste. Hay varios mensajes.

Todo se me nubló. No sabía si era felicidad o miedo. El corazón me latía rápido. Mi hermana estaba igual. Tuvimos que tomarnos unos segundos para volver a coger aire antes de continuar.

—No puedo creerlo. Estoy sin palabras —dijo—. Déjame ver tus manos.

—¿Qué?

—Quiero ver tus manos. ¡Así no! Del otro lado.

No entendí al principio, pero entonces vi que, alrededor de mi dedo, había quedado una aureola clara donde solía estar mi anillo.

—¿De verdad te casaste con ese...? Ada, ¿en qué estabas pensando? ¿Te tuvo secuestrada? ¡Debe ser síndrome de Estocolmo! No te preocupes, le diré a Peter y lo van a encontrar. No vamos a dejar que te siga molestando.

—¡No! ¡No quiero que le hagan daño! ¡Por favor! No lo lastimen.

Estaba casi rogando. Un par de lágrimas se me escaparon. Angie me miraba fijamente; le costaba mucho comprender lo que yo estaba sintiendo. Pero para no alterarme más, se sentó. Insistí:

—Por favor, no se lo cuentes a nadie. Si algo le pasa, no me lo voy a perdonar.

—Ok... Ay, Ada. Lo siento, es que aún me cuesta creer que sea verdad.

—¿Viste los mensajes?

—Sí, pero no le entiendo muy bien. Habla tan raro. Con razón tú regresaste con ese acento. Él es tan... no sé qué palabra usar. ¿Exótico? —sacudió la cabeza—. Son mensajes cortos. Parece que solo quiere saber si estás bien. Hasta hizo un video de ustedes, del viaje, y le puso una canción del siglo XXI. No puedo creer que le guste tu música rara.

Angie tenía la frente arrugada. No sabía si era desaprobación, confusión o temor. Yo solo pensaba en Evan. Que no me hubiera dejado era un milagro. Pero era peligroso para él, si alguien lo encontraba sería su fin. Necesitaba saber cómo estaba.

—¿Puedo ver los mensajes? —le pedí.

Luego de escarbar en su bolso, me pasó a Butterflii y el brazalete por la ventanilla.

—Ten cuidado —me advirtió—. Lo mejor es que borres todo después de verlos.

Solo asentí. Mis manos temblaban al recibir a Butterflii. Angie seguía afligida, pero me dejó sola para que viera los mensajes. Se lo agradecí, y se marchó.

De inmediato me encerré en el baño. Ninguna medida me parecía suficiente para proteger a Evan. Me senté en el suelo y fui a la bandeja de mensajes. Había once, justo la cantidad de días que llevaba dentro de La Catedral. Los primeros siete eran solo notas de voz:

1. Solo me usaste. ¿Verdad? No sé cómo podés ser así. Espero que haya valido la pena... Ojalá estés feliz ahora. En fin, te deseo lo mejor. Adiós topo.

Él hablaba tranquilo, pero yo sentía su dolor y su rabia.

2. Hola. Solo quiero saber si estás bien. Dejame un mensaje si podés, por favor... Bueno, adiós.

3. Hola. Todavía no me he ido. Decime cómo estás. ¿Cómo salió todo? ¿Cómo está tu hermana? Decime algo, lo que sea... Voy a esperar unos días más, ¿ok?... Adiós.

4. Hola. ¿Te tienen en cuarentena otra vez? Ojalá sea por eso que no respondés... Ya sé que me dijiste que me fuera, pero no puedo... Hablame cuando podás, sí.

5. Sigo aquí. ¡Mierda! ¡Qué calor! Respondé, respondé, por favor.

6. (Suspiro ruidoso) Día seis sin saber de vos. Yo estoy bien, por si te interesa. Me dijiste que trajera comida y agua para mes y medio, pero traje para dos, por si acaso... No sé por qué hiciste que me preparara para todo menos para lo que pensabas hacer... Es muy jodido, Ada... Bueno, hasta mañana.

7. Día siete. Es obvio que no te importa, pero sigo esperando. No sé por qué lo hago... Te extraño. ¡Ah, mierda, Ada! ¿Qué nos pasó?

La grabación se cortó de golpe. Escucharlo me partía el corazón. Sabía que iba a tener que borrar esos mensajes, por eso los escuché varias veces. Tenía el rostro bañado en lágrimas, pero aun así, quería oír su voz, no importaba si se me desgarraba el alma con cada palabra.

Había cuatro mensajes más. Eran videos. Me daba miedo lo que iba a sentir al verlo. ¿En qué estaba pensando cuando le dije adiós? Él no era feliz. Yo no era feliz. ¿Qué clase de solución había sido esa?

Quizás aún no era tarde. Habíamos anticipado que me pondrían en observación al llegar, por eso él llevaba suficientes provisiones para esperar a que yo hiciera los arreglos necesarios para volver a salir. Pero desde mi ventana había visto que el clima estaba empezando a cambiar. Apenas eran las primeras semanas de agosto y ya había habido un par de tormentas eléctricas. Parecía que la temporada de huracanes sería intensa ese año.




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