Me habría gustado poder explicar mi decisión de forma clara y coherente, pero no podía. Solo sabía que era lo que deseaba, con cada fibra de mi ser.
Me tomé las cuatro cervezas con apuro y luego inventé una excusa para que Peter se marchara. Apenas se fue, volví a encerrarme en el baño con Butterflii. No había pasado ni una hora desde la llamada de Evan, pero él, ya no respondía.
El alcohol comenzaba a hacer efecto. La poca capacidad de autocontrol que me quedaba se desvanecía, así que decidí enviarle una nota de voz.
—Hola, Evan. Perdona, no podía hablar hace un rato.
Presioné enviar. Me pareció absurdo sonar tan casual cuando por dentro me sentía como un volcán a punto de estallar. Respiré hondo y volví a grabar.
—Angie y los demás están bien. Yo, la verdad… te extraño. Me arrepiento de haberme ido así. Tenías razón en todo lo que dijiste. Deberíamos haberlo hablado, pero no podía pensar con claridad —un par de lágrimas se deslizaron por mi rostro—. Gracias por quedarte. Pensé que nunca volvería a saber de ti.
Solté el botón. El mensaje se envió. Pero una disculpa no bastaba. Tenía que ser valiente, tenía que ser honesta. No sabía si tendría otra oportunidad para que Evan me escuchara.
—¿Todavía quieres intentarlo? Yo sí. Si me aceptas. Pero si no... lo entenderé. Solo quiero que sepas que te amo. Te amo con todo mi corazón. Piénsalo por favor.
Eso fue todo lo que pude decir. Me costaba tanto expresar lo que sentía. Quizás porque durante años me había negado ese derecho. En fin, estaba hecho. Solo quedaba esperar.
No hubo respuesta. Estuve sentada tanto tiempo en la misma posición, que el cuerpo se me adormeció. Cuando intenté levantarme, no sentía ni las piernas ni el trasero.
Entonces, Butterflii sonó. Contesté al instante. El corazón me golpeaba tan fuerte, que parecía que mis costillas iban a romperse desde adentro.
—¿Evan?
—Hola.
—¿Escuchaste mis mensajes? —consulté con la voz temblorosa.
—Sí.
—¿Y qué dices?
Cerré los ojos y apreté los dientes, como quien teme chocar a gran velocidad. El silencio que siguió me pareció inmenso, aunque en realidad, apenas pasaron un par de segundos hasta que Evan respondió:
—¿Que si quiero volver a intentar? Ni siquiera tenés que preguntar. Sabés que te he estado esperando. Empezá con el plan de una vez. Me muero por volver verte.
—Gracias. Te amo.
—Yo también. Te amo Ada.
Llevé la mano al pecho y sonreí. Estaba agradecida. Feliz. Asustada. Sabía que lo más difícil aún estaba por comenzar, pero no pensaba rendirme. Finalmente estaba segura de lo que realmente quería.
…
Angie preguntó por Evan. Le dije que estaba bien, pero no quise dar demasiados detalles. Sabía que me iría, probablemente para siempre. No había una forma fácil de despedirse, pero quería hacerlo de la mejor manera posible, aunque tomara algo de tiempo.
Esperaba poder conocer la nueva versión de mi hermana y que ella conociera la mía, sin máscaras, sin filtros. Así que, durante los siguientes días, la escuché y me escuchó.
Hablamos de todo: del pasado, del presente, del futuro. Reímos, lloramos, criticamos, nos burlamos, agradecimos y perdonamos. Me sermoneó un par de veces, pero probablemente me lo merecía.
Admiraba profundamente en quién se había convertido: la esposa amorosa, la futura madre, la líder innata que por fin comenzaba a creérselo. No dejaba de pensar en cuan orgullosos estarían nuestros padres si pudieran verla.
Me tranquilizaba saber que contaba con el apoyo de un buen esposo y muchos amigos sinceros. Ella era sabia al elegir a las personas que la rodeaban. Confiaba en que estaría bien sin mí. Todo eso me dio el valor para hablar.
—Angie, tengo que confesarte algo.
Me miró con una sonrisa melancólica.
—Te quieres ir, ¿verdad? Con Evan.
—Sí —respondí, un poco sorprendida—. ¿Cómo sabías?
—Supongo que era evidente, después de todo lo que me contaste.
Bajé el rostro temiendo que me juzgara, que no lo comprendiera. Pero en cambio dijo:
—No te sientas mal. Me entristece, sí, pero creo que tengo que aceptarlo. Cuando hablas de él, de estar allá afuera, tus ojos brillan como nunca lo hicieron aquí. Tu autoestima finalmente ha mejorado y eso me alegra muchísimo. Solo… no hagan un desastre como la primera vez, por favor.
—No, claro que no. Esta vez tenemos un plan. —Estaba tan asombrada por su reacción que apenas lo creía—. ¿De verdad no te molesta?
—No me agrada la idea de volver a alejarnos. Pero al menos ahora parece que sabes lo que quieres. Ya no estás perdida. Ya no estás huyendo. Y eso... eso me tranquiliza. Estoy feliz por ti, de verdad.
Un cristal nos separaba, pero sabíamos que nos abrazábamos con el alma, no con los brazos. Y así sería, siempre.
—¿Quieren venir conmigo? —pregunté, sin muchas esperanzas—. Tenemos el búnker más genial. Y en auto el camino no es tan difícil, podríamos...