Ada Y Evan

EPÍLOGO

Ya no me sentía una intrusa. La familia de Evan decidió organizar una pequeña celebración por nuestro primer año de casados.

La cena había estado deliciosa. Evelyn preparó un platillo especial para mí. Ellos lo llamaban "zompopos de mayo": un tipo de hormigas grandes que aparecían con las primeras lluvias. Las hizo salteadas con mantequilla. Fue divertido ver los gestos que hacían las gemelas mientras las obligaban a probarlas. Supongo que mis gustos aún eran un poco raros para ellas.

El sabor de aquel bocadillo me recordaba algunas comidas de la colonia. Por suerte, ya era amiga del demonio de la nostalgia. De hecho, ya ni siquiera me parecía un demonio: apenas era una sombra inofensiva y casi bella, que me ayudaba a mirar atrás con amor y gratitud, aunque doliera tantito.

Al terminar la comida fuimos a la sala a charlar y tomar café. La bebé de Rita había comenzado a dar sus primeros pasos y fue el centro de atención por un buen rato. Le encantaba Bii. La seguía gateando y yo la elevaba ligeramente para que tuviera que ponerse de pie. Todos estábamos muy entretenidos.

Evan desapareció por un rato, pero no le di importancia. Cuando regresó, me pidió que volviéramos a casa, así que nos despedimos y salimos.

Pasábamos la mayor parte del tiempo en el búnker o de viaje, pero aún teníamos la pequeña cabaña en el pueblo. Esa noche nos quedamos allí. Evan se veía algo distraído y nervioso cuando entramos.

—¿Qué? —le pregunté al ver su expresión.

—¿No sentís como que nos falta algo como pareja? —dijo con un tono algo juguetón.

Lo miré, confundida.

—No quiero decir que estemos mal ni nada así, solo que... he visto cómo tratás a la hija de Rita y siento que ahora sos más cariñosa. Hasta parece que te gusta cuidar de otros.

Sus palabras, aunque bien intencionadas, comenzaban a incomodarme. Pero antes de que pudiera decir algo, Evan volteó hacia la mesa del comedor. Sobre ella, había una caja algo grande. Sonreía mientras nos acercábamos. Yo no entendía a dónde quería llegar. Entonces dijo:

—Tengo un regalo, pero antes de dártelo, tenés que prometerme algo.

—¿Qué? —pregunté, intrigada.

—Que no te lo vas a comer. No es para eso.

Sonreí, curiosa. La caja comenzó a moverse.

—¿Lo prometés? —insistió Evan.

—Sí, sí, lo prometo. ¿Qué es lo que tienes ahí? —interrogué, impaciente.

Evan abrió la caja lentamente. Dentro había un gatito blanco con ojos azules. Lo tomó con cuidado y luego lo acomodó en mis brazos.

Yo sostenía al pequeño animalito, que maullaba asustado. Pero, a medida que lo fui acariciando, comenzó a calmarse. Era tan suave y calentito... El corazón se me llenó de ternura.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Me encanta.

—¿Qué nombre le vas a poner?

—Sabroso —dije, riendo.

Evan sacudió la cabeza.

—Lo prometiste —me recordó.

Solté una carcajada.

—No me lo voy a comer, pero no se me ocurre otro nombre, te lo juro.

—Luego vemos lo del nombre —dijo Evan, rodando los ojos.

Me senté en el suelo y dejé que el gatito explorara su nuevo hogar. Evan se sentó a mi lado, y entonces apoyé mi cabeza sobre su hombro. Se sentía tan bien.

El gatito comenzó a caminar por todos lados, pero de pronto se detuvo, y vimos cómo dejaba un pequeño charco en el piso. Ambos nos levantamos de inmediato. Yo fui a la cocina por algo para limpiar y Evan sostuvo al gato para que no siguiera ensuciando.

Con el gato aún en sus brazos, empezó a sacar varias cosas: una caja de plástico, una bolsa con arena, dos platos, comida, una manta, juguetes... A medida que iba organizando los artículos, le explicaba para qué era cada cosa, como si hablara con un niño. Mi hombre mono lucía tan dulce.

Cuando terminó, volvió junto a mí. Por un rato, nos quedamos en silencio, viendo cómo el gato olfateaba todo. Luego se acurrucó sobre la manta y se quedó dormido.

—¿Qué vamos a hacer cuando salgamos a trabajar? —pregunté—. Tenemos varios viajes agendados para el otro mes.

—Se lo dejamos a mi mamá. Aunque sería bueno conseguir un perro también. No nos podemos llevar al "Sabroso" a las expediciones, pero los perros son buenos compañeros de viaje.

—Para eso tenemos a Bii —lo interrumpí.

—Sí, es cierto. Bii es la mejor.

—Me siento mal. Yo no te tengo un regalo. Perdón, no se me ocurrió nada. Todavía me cuesta eso de los gestos románticos.

—No importa —dijo Evan, comprensivo.

Pero yo no quería dejarlo así, así que lo rodeé con mis brazos y dije:

—¡Ya sé! ¿Qué tal si...?

Le susurré al oído lo que tenía en mente. Sabía que le encantaba que hiciéramos eso. Sentí el escalofrío recorrer su cuerpo. Me besó y me abrazó con fuerza.

—¿Lo dejamos allí solo? —pregunté señalando al animalito cuando Evan comenzó a guiarme rumbo a la habitación.




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