El silencio que siguió a las palabras de Adán 1 no fue un vacío, sino una presión física que parecía encoger las paredes de aquella habitación de hotel. El aire estaba viciado, cargado con el olor a café frío y el zumbido eléctrico de la computadora que aún proyectaba el organigrama de los Herodes. El científico, un hombre que alguna vez se consideró un arquitecto del futuro, ahora no era más que una ruina humana bajo la mirada de dos de sus propias creaciones.
Número 2 no se movió. Sus dedos, callosos y acostumbrados al frío metal de las armas, temblaban ligeramente, no por miedo, sino por una furia contenida que amenazaba con desbordarse. Adán 1, por el contrario, era una estatua de hielo. Su exigencia no era una petición; era una sentencia. "Hable", repitió Adán 1. "Díganos quién es ese monstruo que no tiene alma".
El científico se derrumbó en la silla, ocultando el rostro entre sus manos. Sus hombros se sacudieron brevemente antes de que una risa amarga y rota escapara de sus labios.
—Ustedes hablan de almas como si supieran lo que son —comenzó el científico con voz ronca, sin levantar la cabeza—. Durante años, yo creí que el alma era solo un subproducto de la sinapsis neuronal, una ilusión química que podíamos perfeccionar. Pero la Organización... ellos me enseñaron que el alma es un estorbo para el poder.
Se enderezó, y por primera vez en toda la noche, sus ojos no buscaron el refugio de la pantalla, sino que se clavaron directamente en los de los dos Adanes.
—Adán 4 no es un experimento fallido. Es el experimento más perfecto que jamás ha salido de los laboratorios de Lars Lindqvist. Y la razón por la que el archivero no pudo decírselo a Número 2 antes de morir... la razón por la que me protegió a pesar de odiarme... es porque Adán 4 tiene mi sangre. Su nombre real es Elias. Es mi hijo.
La revelación cayó como una bomba de vacío, robando el oxígeno de la habitación. Número 2 dio un paso atrás, como si hubiera sido golpeado físicamente por un proyectil invisible. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido durante varios segundos. Adán 1 cerró los ojos un instante, procesando la magnitud de la traición y la tragedia.
—Hace quince años —continuó el científico, las palabras fluyendo ahora como una herida abierta que no paraba de sangrar—, Elias fue diagnosticado con una degeneración neuronal agresiva. No había cura en la medicina legal. Ni siquiera con toda mi genialidad podía salvarlo. Entonces aparecieron ellos. Lars Lindqvist, el Herodes de la Creación, me ofreció un trato. Me darían los recursos, el financiamiento y la tecnología de clonación que el mundo civilizado prohibía, a cambio de mi lealtad absoluta en el Proyecto Adán.
—Usted vendió a su propio hijo —susurró Número 2, su voz cargada de un asco infinito.
—¡Lo salvé! —gritó el científico, golpeando la mesa con desesperación—. O eso creí. Lars tomó a Elias y lo metió en una cámara de incubación. Usaron mi fórmula de alto rendimiento, pero la mezclaron con un suero de supresión total desarrollado por el pilar del Renacimiento, Mizuki Sato. No solo reconstruyeron su sistema nervioso; borraron cada rastro de su identidad, cada recuerdo de mí, cada gota de emoción humana. Lo convirtieron en un hardware biológico. Un procesador de muerte que solo responde a los comandos de los Herodes. Elias murió en esa camilla, y en su lugar nació Adán 4.
El científico se dejó caer de nuevo, agotado por su propia verdad.
—Desde entonces, él ha sido mi sombra y mi verdugo. La Organización lo mantiene cerca de mí para recordarme lo que perdí y lo que puedo sufrir si los traiciono. Si él mató al archivero, fue porque recibió la orden directa. Adán 4 no siente odio, Número 2. No siente placer al matar. Es un robot hecho de carne y hueso. Y ahora, está ahí fuera, en alguna parte, vigilándonos. No ha atacado porque Mizuki Sato quiere ver hasta dónde llegamos. Quiere los datos que tenemos. Somos sus ratones en un laberinto global.
Adán 1 caminó hacia la ventana y apartó ligeramente la cortina, observando la calle oscura con una mirada depredadora.
—Si Adán 4 es su hijo y no tiene alma, entonces no dudará en matarlo a usted si se lo ordenan —dijo Adán 1 con una frialdad analítica—. Y nosotros no dudaremos en matarlo a él si se interpone. ¿Está preparado para ver morir a su hijo por segunda vez, científico?
El científico no respondió. Solo miró fijamente los planos de Costa Rica, donde el destino de todos se decidiría bajo el sol del trópico.
—Enfoquémonos en el viaje —dijo finalmente el científico, cambiando de tema para evitar el colapso mental—. La reunión en Costa Rica no es un evento social. Es un intercambio de protocolos de seguridad de alto nivel entre Isabelle Moreau, la Herodes de Francia, y Mizuki Sato, la jefa suprema. Isabelle es la encargada de la Selección; ella decide quién vive y quién muere económicamente en el mundo. Mizuki es el Renacimiento; ella es la dueña de la tecnología que nos creó.
—¿Cómo obtendremos el control de la Organización? —preguntó Número 2, tratando de recuperar su enfoque guerrero.
—A través de las "Llaves de Piedra" —explicó el científico, señalando un diagrama en la pantalla—. No son archivos digitales comunes. Son dispositivos de almacenamiento criogénico con forma de medallones o collares. Cada Herodes lleva uno colgado al cuello en todo momento. Son símbolos de su rango y, al mismo tiempo, las llaves físicas que abren los servidores centrales. Sin esos collares, no podemos borrar nuestro rastro ni desmantelar sus bases de datos. Necesitan arrancarles esos collares a Isabelle y a Mizuki.
El viaje a Costa Rica fue un descenso a un paraíso que para ellos se sentía como un purgatorio de alta seguridad. Volaron bajo identidades falsas, moviéndose como fantasmas a través de aeropuertos internacionales. Al aterrizar en Liberia, el calor húmedo y el olor a vegetación densa los golpearon como una bofetada.