La humedad en la cueva era una presencia física, una mortaja caliente que se pegaba a la piel del científico mientras sus dedos, marcados por la edad y la culpa, volaban sobre el teclado. El brillo azulado y parpadeante de su monitor era la única fuente de luz en aquella cavidad natural, iluminando su rostro demacrado y las ojeras profundas que daban testimonio de noches sin sueño. A través del canal de comunicación encriptado, mantenía el contacto con sus dos ejecutores, quienes esperaban en el exterior como estatuas de obsidiana.
El científico siendo una persona ya de avanzada edad quería repetir nuevamente el estado y el paso de la misión
—... una vez que aseguren los collares, deben dirigirse al punto de extracción en la caleta sur —decía el científico, repasando la logística con una meticulosidad nacida del pánico—. El tiempo de respuesta de la seguridad perimetral es de exactamente tres minutos tras la primera alerta. Adán 1, tu cobertura como técnico de refuerzo de la división de Purificación es sólida, pero Isabelle Moreau tiene un instinto para detectar anomalías que no deben subestimar bajo ninguna circunstancia. Ella huele el miedo, incluso a través de un uniforme...
De repente, y de la nada algo cambió.... el científico se quedó petrificado. Sus palabras se cortaron en seco, dejando la frase suspendida en el aire cargado de salitre. Su respiración se volvió un hilo fino, errático y audible en el micrófono. El silencio fue tan súbito y absoluto que Adán 1 dandose cuanta que algo no está bien reaccionó de inmediato desde su posición en el acantilado.
—¿Científico? ¿Está bien? —la voz de Adán 1 llegó como un susurro gélido, desprovisto de calidez pero cargado de una alerta táctica—. Responda de inmediato. ¿Tenemos una brecha de seguridad en la cueva?
El hombre no podía responder. El aire a su espalda se había vuelto denso, como si la propia oscuridad se hubiera materializado en algo sólido. Se giró con una lentitud agónica, con el corazón golpeando sus costillas como un animal que sabe que el cazador ha llegado. Allí, emergiendo de las sombras más profundas de la gruta, estaba Adán 4. Su figura era una silueta de negro mate que parecía devorar la luz circundante. No había ruido de respiración, ni el crujido de una bota sobre la piedra. Era una aparición.
Sin saber que más decir el científico solo hablo:
—Hijo mío... —susurró el científico, y sus ojos se empañaron al instante—. ¿Cómo estás? ¿Elias?
Adán 4 permaneció inmóvil. Sus ojos fijos en el hombre frente a él no mostraban reconocimiento, pero tampoco la frialdad asesina que solían proyectar. En lo más profundo de su ser, allí donde la Organización había intentado borrar cada rastro de humanidad, algo ocurrió. Adán 4 estaba buscando en su interior algún tipo de sentimiento, una chispa de afecto o un eco de la voz que alguna vez lo llamó por su nombre en una vida anterior, pero nunca los pudo encontrar. Solo había un eco hueco, un desierto de impulsos eléctricos donde debería haber amor o dolor.
—Tú no eres mi objetivo —dijo finalmente. Su voz era una frecuencia plana, una sentencia ejecutada sin pasión.
El científico dio un paso hacia él, estirando una mano temblorosa, detectando esa breve e inquietante pausa en la mirada de su hijo.
—Entonces, ¿qué haces aquí? Si no es para matarme—preguntó, con una voz que era una súplica de redención—. Si no vienes a ejecutar una orden... ¿por qué has venido a buscarme? ¿Por qué te has desviado de tu patrulla para estar frente a mí?
Con su rostro a punto de soltar unas pocas lágrimas de dolor
Adán 4 inclinó levemente la cabeza, un gesto que en un humano habría denotado confusión, pero que en él era simplemente una observación. En su interior, la búsqueda de una emoción continuaba, chocando contra los muros de su entrenamiento y su supresión química. No encontró nada más que el vacío. Al verse confrontado por la fragilidad de su creador, el instinto de la Organización volvió a sellar las grietas.
—Tú... no eres mi objetivo —repitió Adán 4, con una finalidad que no admitía réplica.
Antes de que el científico pudiera tocar el tejido táctico de su manga, Adán 4 retrocedió un paso y se fundió con las sombras de la cueva con una facilidad fantasmal, desapareciendo como si nunca hubiera estado allí. El científico se dejó caer sobre su silla, jadeando, tratando de asimilar que su hijo acababa de perdonarle la vida por un impulso residual que ni siquiera el propio Elias podía identificar como piedad.
—¿Científico? —la voz de Adán 1 volvió a sonar, esta vez con una nota de impaciencia cortante—. ¿Qué ha pasado? Hemos detectado una fluctuación en su ritmo cardíaco.
El científico se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y recuperó la compostura, aunque sus dedos seguían vibrando por el choque emocional.
—No es nada —mintió, con la voz todavía quebrada—. Un fallo en la señal satatital que me causó una interferencia visual. Sigamos con la misión. Repito: el objetivo son los collares.
En el borde del acantilado, a cubierto por la exuberante vegetación tropical de Papagayo, Adán 1 y Número 2 observaban la mansión de cristal que se alzaba sobre el mar. Ambos vestían trajes tácticos de una sofisticación extrema, diseñados para ser tan ligeros como la seda y tan resistentes como el acero. A pesar de estar en medio de una selva húmeda, conservaban esa distinción propia de los asesinos de élite que habían frecuentado los círculos más exclusivos de Europa y Asia.
Número 2 sostenía su rifle de precisión con una elegancia casi aristocrática, moviéndose con la soltura de quien se encuentra en un salón de baile de la realeza. Años de mimetizarse entre la alta sociedad le habían otorgado un porte soberbio, uno que no abandonaba ni siquiera cuando se preparaba para derramar sangre.
—El plan del científico es una pérdida de tiempo y recursos —sentenció Adán no podemos seguir así, sin apartar los ojos de los binoculares. Su tono era el de un gran maestro de ajedrez evaluando un movimiento mediocre—. Ir tras los collares para luego pasar el resto de nuestras vidas huyendo como ratas es el pensamiento de un hombre que solo conoce el miedo. Yo no opero bajo esa premisa, y tú, con toda tu arrogancia, tampoco deberías conformarte con eso.