Adeline: El Mito De La Bruja Amatista

Capítulo 4

—No eres tan simple como creí —murmura.

—Nunca lo fui —respondo.

Aprieta los labios. Su mirada se desvía apenas un segundo. Lo suficiente para delatarla.

—Ten cuidado, Aura —dice—. No creas que todo lo que pasa a tu alrededor depende de ti.

No espera respuesta. Toma su chaqueta y sale sin mirar atrás.

La madre de Grecia, que todavía está cerca, cruza los brazos y dice con voz firme:
—No te confundas, Eleonore. Aquí nadie se intimida fácilmente.

Eleonore se detiene, visiblemente incómoda, y sus ojos buscan una salida.
Toma su chaqueta y sale sin mirar atrás, con un gesto de rabia contenida, mientras la madre de Grecia permanece observando, asegurándose de que no intente volver.

—¿Grecia, estás bien? —pregunto.

—Sí —asiente—. Un poco aturdida, pero bien

La madre de Grecia, que aún está cerca, suspira y se acerca un poco más:
—Aura... —pregunta con voz seria—, ¿desde cuándo ocurre esto?

—No lo sé —respondo—. Se supone que estábamos bien; llegó con prepotencia no logro porque

Me despido de Grecia y su madre; voy rumbo a mi casa, que queda a unas cuantas cuadras. Fuera, el pueblo de Adeline extrañamente tranquilo, algunas luces encendidas y puertas cerrándose con prisa.

Caminaba con las manos en los bolsillos hasta que los veo, un grupo de hombres conversando con una tranquilidad que era indescriptible. Rien bajo; se empujan entre ellos. Podría creer que son personas inofensivas, pero algo cambia cuando me ven pasar.

—Buenas noches, preciosa, ¿a dónde vas con tanta prisa? —exclama uno de ellos, intento avanzar más rapido

—No seas así, solo queremos saber a donde vas —pronuncia otro

—No seas así —se ríe el primero—, solo intentamos ayudar a una damisela en apuros — sonrie mezquinamente

—¡No necesito su estúpida ayuda! —alcanzó a decir.

—¡Mírala, tiene carácter! —grita otro—. ¿Pero muerde? —todos ríen.

—El pueblo está tan peligroso estos días —murmura detrás de mi oreja; me giro y veo que siempre vinieron pegados a mí.

Me doy cuenta de que sus miradas están apagadas, sin preocupación, si no algo más oscuro, maldad pura. Por un momento me invade la mente lo que dijo Eleonore: "No creas que todo lo que pasa a tu alrededor depende de ti."

Entonces uno de los hombres se abalanza hacia mí, dejándome inmóvil en el piso. Comienzo a gritar, pero tapa mi boca.

Sus dedos se tensan, no lo suficiente para asfixiarme, pero sí para dejar claro que podría hacerlo si quisiera. No está jugando. No busca asustarme solamente. Quiere que entienda que mi vida, en ese instante, no me pertenece.

Pero un sonido corta el aire. Un silbido breve; los hombres se tensan de inmediato

—¡SUELTENLA! —pronuncia una voz ronca cerca de los arboles

—ESTO NO ES ASUNTO TUYO.

—¡TODO LO QUE PASA EN ESTE MALDITO PUEBLO LO ES!

—¿Y quién demonios eres tú para decirnos qué hacer? ¿Te crees el dueño del pueblo? —la voz lejana ríe.

Tal vez sí, tal vez no, si alguien llegara a decir en voz alta a quién atacaron. —El silencio es inmediato. —Si llegara a oídos equivocados, no va a importar quién dé la orden esta noche —rie; el atacante lentamente me va soltando

—¿O si no que?

¡Contare hasta tres! — los cinco hombres gigantes se tensan

¡UNO!

Sus dedos se aflojan para que pueda respirar

— ¡DOS!

El peso desaparece de golpe. Me liberan con brusquedad

— ¡TRES!

Me incorporo lentamente, cuando lo veo delante de mí, está vestido con un uniforme militar táctico bien raro.

—Gracias, pero no era necesario, yo podía sola, aunque tal vez ya había asimilado mi muerte —pronuncio mientras arreglo me arreglo la ropa

—Lo sé —responde—, por eso intervine ahora; tu casa queda a una cuadra, te escoltaré de lejos, no me molesta. — Sonrió.

—¡Está bien!

Caminamos sin decir nada, lo importante era que me sentía segura.

—Cuídate, Aura —murmura—. La oscuridad no me impide sentirte cuando el peligro te rodea.

Lo que dice hace que me sonroje y él lo logra notar

—Gracias. —Él sonríe y se retira; me giro para abrir la puerta, pero recuerdo lo que dijo. —¿A qué te refieres...? —No alcanzo a terminar de hablar porque él ya no está.

Al entrar a casa.

—¡Aura! —pronuncia mi abuelo. —¿Dónde estabas, mi niña, estás bien? —Lo abrazo y las lagrimas caen por mis mejillas. —¿Qué sucede?

—Unos tipos me atacaron al venir para acá; me demoré porque, antes de irme de casa de Grecia, llegó Eleonore a discutir conmigo.

— ¿Pero te hicieron algo? —niego; a lo lejos veo a mis padres acercarse.

—Aurora, ¿te hicieron algo? —Es la primera vez que veo a mi madre tan preocupada.

—No, pero un tipo me tiró al suelo, estaba a punto de asfixiarme, hasta que apareció un policía. —Todos se miran

—¿A qué te refieres con un policía? —exclama mi padre asustado

—Los que dijiste que estarían veinticuatro siete, tenía un uniforme militar y me salvó, resguardó y me trajo hasta casa.

—Aura, los policías llegarán acá en un rato más para resguardar esta zona y mis policías no utilizan esos trajes que describes. —Mi corazón se detuvo en ese instante.

—¿Aurora, les viste la cara a esas personas que te atacaron?

—No, mamá, pero eran los únicos que tenían una vestimenta distinta; solo trataban de cubrir sus caras

—Margaret, esto se está saliendo de control —pronuncia mi abuelo. —Iré a ver qué pasa. Ni tus policías son así, Francesco, ni mis sheriff.

—Abuelo, ¡no! —intervengo— quédate acá, por favor; si me salvaron, pero no vayas tú, por favor. —Él niega

—Aura, esto seguirá pasando si me quedo con los brazos cruzados. —Sin más se marcha.

Mi madre se aparta con el teléfono en la mano para hacer una llamada

—Papá, dijiste que habría tranquilidad en tu discurso, dime, ¿qué pasó hoy? No soy ni la primera ni la última.



#1353 en Fantasía
#329 en Joven Adulto

En el texto hay: misterio, romace, magia

Editado: 01.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.