Adeline: El Mito De La Bruja Amatista

Capítulo 6

Nos encontrábamos en el comedor del centro académico asimilando todo lo que ya había sucedido.

—¿Saben? Todo empezó a volverse extraño desde que aparecieron esas entidades... o esos asesinos raros —dijo Grecia, mirando a William de reojo.

—¿A qué te refieres? —pregunto el.

Grecia soltó una risa breve, sin humor.

—¿William, te golpeaste en la cabeza? —dijo Grecia—. Eleonore antes no era tan condescendiente. La gente tampoco era tan rara.

—Si de por sí el "pueblo" ya es extraño. Permite —y espera— que las mujeres usen vestidos todos los días. No por costumbre bonita, sino por una creencia vieja. De esas que nadie escribe, nadie explica... pero todas cumplen.

William mira de reojo a Grecia

—Dicen que es para no provocar cosas. Para no romper lo que supuestamente protege. Nadie lo confirma, pero nadie se atreve a desobedecer tampoco.

Se encogió de hombros.

—Así de raro es este lugar. Y ahora todo eso está empezando a notarse más.— dice Grecia

Suspire.

—William, ya no me queda otra que resignarme a que este pueblo está completamente maldito. Quiero decir... mi abuela dejó de usar vestidos y mira cómo terminó.

El silencio volvió a caer entre nosotros.

William no respondió de inmediato. Se quedó mirando el patio, como si buscara algo que no estaba ahí.

—No terminó así por dejar de usar vestidos —dijo al fin—. Eso fue lo último, no la causa.

Grecia frunció el ceño.

—¿Entonces qué fue?

William respiró hondo.

—Que dejó de fingir que no veía nada.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Estás diciendo que mi abuela no estaba enferma? —pregunté.

—Estoy diciendo que el pueblo necesitaba creer que sí —respondió—. Porque admitir lo contrario habría significado aceptar que las creencias no eran supersticiones.

Grecia me miró, pálida.

—¿Y si ella vio lo mismo que está pasando ahora?

William asintió apenas.

—Entonces no estamos malditos —dijo—. Estamos repitiendo algo que ya intentaron enterrar.

Tragué saliva.

—¿Y yo?

William me sostuvo la mirada.

—Tú eres la razón por la que volvió.

Solté una risa corta, forzada.

— Ya, basta —dije—. Se nos está yendo la cabeza.
Maldiciones, creencias, repeticiones... suena más a teorías conspirativas que a otra cosa.

Grecia me miró, dudosa.

— Aura...

— En serio —continué, encogiéndome de hombros—. Mi abuela estaba enferma. Eso es todo. Dejó de usar vestidos, sí, pero no por ver cosas ni por proteger a nadie. No todo debe tener un significado oculto.

William no sonrió.

Me di la vuelta antes de que pudieran decir algo más.

Porque fingir que todo era una exageración
era más fácil que aceptar que, en el fondo,
yo también había empezado a ver cosas.

Cuando sonó el timbre de salida, recogí mis cosas más rápido de lo normal.

—Nos vemos mañana —dije, evitando mirarlos.

Grecia frunció el ceño, pero no dijo nada.

Salí del instituto sin mirar atrás.

El aire de la tarde estaba más frío de lo que esperaba.

—Aura.

La voz de William me alcanzó antes de llegar a la reja.

—No hace falta —dije, sin detenerme—. Puedo ir sola.

—Lo sé —respondió, caminando a mi lado—. Igual voy a acompañarte.

Lo miré de reojo.

Caminábamos juntos lejos del instituto, el ruido quedando atrás.

—Oye... —dije, como quien recuerda algo sin importancia—. Ese día.

William me miró, atento.

—¿Cuál?

—El día que Eleonore y yo discutimos —respondí—. Después dijiste que sabías lo que había pasado... porque estabas en esa casa.

Sonrió apenas.

—Sí.

—Nunca te pregunté por qué estabas ahí —añadí—. No es muy tú meterte en medio de dramas ajenos.

—No fue por el drama —dijo—. Fue por lo que podía pasar después.

Lo miré de reojo.

—Hablas como si lo hubieras visto.

—Porque lo sentí —corrigió—. Hay lugares donde las cosas dejan rastro.

Fruncí el ceño, pero sonreí.

—Eso sonó muy misterioso para alguien que dice ser normal.

William soltó una risa baja.

—¿Y tú cuándo has creído que soy normal?

—Touché —respondí.

Caminamos unos pasos más.

—Igual fue raro —continué—. Dijiste cosas que nadie te había contado.

—No todo se aprende escuchando —dijo—. A veces basta con estar... cerca.

Me detuve.

—William.

—¿Sí?

—¿De verdad estabas ahí... como tú?

Su mirada se sostuvo en la mía un segundo de más.

—Estaba —respondió—. Eso es lo único que importa.

Reanudó el paso, como si el tema ya estuviera cerrado.

—Además —añadió, con una sonrisa ladeada—, si te contara todo, dejarías de caminar conmigo así de tranquila.

—¿Eso fue una amenaza o un intento de coqueteo?

—Depende —dijo—. ¿Funcionó?

No respondí.

Pero seguí caminando a su lado.

William caminó conmigo hasta la casa, como tantas otras veces. La conversación fue liviana, casi automática, como si ambos necesitáramos fingir normalidad.

—Mañana todo va a estar más tranquilo —dijo—. Siempre pasa.

—Ojalá —respondí.

Al llegar, la luz del patio seguía encendida. Mi abuelo estaba afuera, sentado en el banco, limpiando una herramienta vieja.

—Mira quién volvió —dijo, alzando la vista—. Y bien acompañada.

William sonrió de inmediato.

—Buenas noches, don Isaac.

—Buenas noches, muchacho. ¿Cómo estuvo el día?

—Largo —respondió—, pero nada que no se pueda manejar.

—Eso decía tu padre —comentó mi abuelo, con una media sonrisa.

William rió, un poco tarde.

—Supongo que se me pegó.

Me apoyé en la reja, observándolos. Todo parecía normal. Demasiado.

—La trajiste como antes —dijo mi abuelo—. Caminando despacio.

—Siempre lo hago —respondió William.

—Ya me voy —dijo—. Descansa, Aura.

—Gracias.

Se dio la vuelta y salió.

Mi abuelo lo siguió con la mirada unos segundos. Luego volvió a pasar el trapo por la herramienta.



#1676 en Fantasía
#539 en Joven Adulto

En el texto hay: misterio, romace, magia

Editado: 22.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.