—¿Por qué estás aquí? —pregunté.
—Por la misma razón que tú —respondió—. A veces, uno solo camina... y termina encontrando lo que estaba destinado a cruzarse.
No supe qué decir. Lo único claro era que aquel desconocido ya no lo era del todo. No sabía su nombre, ni su historia, pero sabía una cosa con absoluta certeza: no era la primera vez que nuestras vidas se cruzaban.
Y presentía que tampoco sería la última.
No pude apartar la mirada de sus ojos. El recuerdo volvió con fuerza, nítido, imposible de ignorar.
Sentí un nudo en el pecho.
Me observó en silencio unos segundos, como si estuviera decidiendo cuánto decirme. Luego habló.
—No fue casualidad —dijo—. Ni esa noche, ni este cerro, ni que nos crucemos otra vez.
Fruncí el ceño.
—Entonces dime qué eres.
No pareció sorprendido por la pregunta.
—Algo que no pertenece del todo aquí —respondió—. No soy del pueblo. No vivo como los demás. Estoy... atado a este lugar.
—¿Atado cómo? —pregunté.
Se giró un poco, señalando el cerro, la noche, la tierra bajo nuestros pies.
—Mientras otros duermen, yo vigilo. No porque quiera, sino porque es lo que soy. Hay cosas que se mueven cuando cae la noche, y alguien tiene que impedir que crucen ciertos límites.
Sentí un escalofrío.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso?
Volvió a mirarme, directo.
—Porque tú cruzas límites sin darte cuenta. Lugares, momentos... caminos que no deberías recorrer sola.
—¿Me seguiste desde antes?
—Desde que te vi por primera vez —admitió—. No por curiosidad. Por necesidad.
El silencio se volvió pesado.
—Ese día que ocurrió todo, supe que no podía ignorarte —continuó—. Si no intervenía, no habrías salido de ahí.
—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Por qué estás aquí conmigo?
Su expresión se tensó apenas.
—Porque cada vez que rompes una regla, te acercas más a cosas que no entiendes. Y yo... existo para evitar que eso te destruya.
No sabía si creerle, pero algo en su forma de hablar no era humana. No del todo. No había arrogancia, ni amenaza. Solo una verdad dicha como una carga.
—Entonces —murmuré—, ¿eres mi guardián?
Negó lentamente.
—No. Soy la razón por la que aún sigues aquí.
El cerro quedó en silencio. Y yo comprendí que aquella noche no solo había desobedecido un toque de queda... había entrado en un mundo del que ya no sería fácil salir.
Se acercó primero. No dijo nada.
Extendió la mano hacia mí, abierta, esperando.
La tomé.
Me ayudó a subir el último tramo del cerro y me guio hasta una roca amplia, lisa por los años. Se sentó a mi lado, sin soltarme de inmediato, como si necesitara asegurarse de que no me iría.
El silencio cayó entre los dos.
—Hay algo que no entiendo —dije al fin—. Mi familia... no sabe quién eres.
No pareció sorprendido.
—Porque no deben —respondió—. Para ellos soy solo una sombra que pasa. Una advertencia que no se nombra.
—Pero me conocen a mí —insistí—. Confían en mí. ¿Por qué a ti no?
Apretó mi mano apenas.
—Porque si me reconocieran, también reconocerían lo que vigilo. Y hay verdades que se mantienen vivas solo mientras nadie las dice.
Tragué saliva.
—Entonces... ¿Por qué me salvaste?
Esa pregunta sí lo afectó. Lo sentí en la forma en que sus dedos se tensaron alrededor de los míos.
—Porque estabas cruzando algo que no ibas a poder cerrar sola —dijo—. Y porque no podía permitir que el lugar te cobrara el precio completo.
—¿Me habrías dejado morir? —pregunté en voz baja.
—A otros sí —admitió—. A ti, no.
El viento se coló entre las piedras. El cerro parecía escucharnos.
Respiré hondo antes de la última pregunta, la que me ardía desde hacía rato.
—¿Y por qué... te hacen caso? —dije—. Nadie te discute. Nadie te enfrenta. Es como si mandaras sin decirlo.
Me miró por primera vez con algo parecido al cansancio.
—Porque no mando —respondió—. Recuerdo.
Fruncí el ceño.
—Recuerdo las reglas antes de que se olvidaran —continuó—. Y cuando alguien se desvía, algo en ellos sabe que no deben desafiarme.
Bajó la mirada a nuestras manos unidas.
—No es obediencia —dijo—. Es miedo a despertar lo que duerme debajo.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Y yo? —pregunté—. ¿También debería tenerte miedo?
Levantó el rostro lentamente.
—No —dijo—. Tú eres la razón por la que empiezo a tenerlo yo.
El silencio se alargó más de lo necesario.
Lo sentí tensarse antes de soltar mi mano, como si hacerlo le costara.
—No puedo explicarte más —dijo al fin—. No aquí. No ahora.
—¿Por qué? —pregunté.
Metió la mano dentro de su chaqueta y sacó un libro. No era grande, pero se veía viejo, gastado en los bordes, como si hubiera pasado por demasiadas manos... o por ninguna en mucho tiempo.
Lo colocó sobre mis rodillas con cuidado.
—Léelo —dijo—. No todo de una vez. Hay cosas que solo se entienden cuando llegan solas.
Miré la tapa, el peso extraño del objeto.
—¿Y esto qué es?
—La versión que nadie cuenta —respondió—. Es lo que pasa verdaderamente en el pueblo de Adeline.
Levanté la vista..
—Solo mantenlo lejos de tu familia —dijo con firmeza—. Si lo ven, si lo reconocen...
Cerré los dedos sobre el libro.
—¿Qué pasará si lo encuentran?
Se inclinó hacia mí, lo suficiente para que su voz fuera solo mía.
—Pasarán cosas peores de las que yo podría impedir —dijo—. Por eso debes esconderlo. No en tu casa. No donde te buscan. Donde solo tú sepas llegar.
Tragué saliva.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Vas a estar ahí si algo sale mal?
Se incorporó despacio.
—Siempre estoy —respondió—. Pero no siempre puedo intervenir.
Se alejó un paso, luego otro.
—Recuerda esto, Aura —dijo sin mirarme—: saber demasiado no es el peligro. El peligro es que otros sepan que tú sabes.