Narrando en 3era persona
2 semanas después
—El doctor la atenderá en unos minutos —la joven secretaria sonrió con cortesía, aunque con cierto nerviosismo—. Podría tomar asiento mientras...
—No esperaré un minuto más —interrumpió la señora Owen, tajante—. Permiso.
Atravesó la oficina sin escuchar los reclamos de la secretaria. Abrió la puerta y la cerró con un golpe seco, lo bastante fuerte como para que todo el pasillo se sumiera en silencio. Los médicos y cirujanos, en plena discusión de casos complejos, se giraron sorprendidos hacia la esbelta mujer de peinado impecable y traje de etiqueta, que mantenía la mirada fija en el hombre sentado en la cabecera de la mesa.
—Miller.
—Owen.
Arthur Miller se quitó los lentes con calma fingida y pidió a los presentes que se retiraran. Su tono era cortés, pero el leve temblor en su voz lo delataba. Cuando la sala quedó vacía, se permitió exhalar.
—Está rebasando todos los límites.
—Y usted sigue evitándome. ¿Por qué no me deja ver a mi hija?
—Forma parte del tratamiento.
—Esto es insólito —frunció los labios, conteniendo la furia—. ¿Qué me oculta, doctor? No me subestime, sé más de lo que imagina.
Miller guardó silencio. La observó sin expresión, aunque por dentro hervía. Había cometido un error, uno que jamás debió permitir, y lo sabía. Pero también era consciente de que había ido demasiado lejos como para retroceder. Dos años cargando la culpa. Dos años de silencio.
—Señora Owen...
—Sin mentiras —advirtió ella, fría.
Él suspiró, derrotado. Sabía que debía decirle la verdad, aunque eso solo complicaría las cosas.
—Le advertí que esto podía salir mal —dijo finalmente, volviendo a sentarse. La mujer lo imitó, tensa—. Chlorine... ella simplemente...
—Dígame que todo salió bien.
—No —se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz—. No perdió la memoria. Le dije que las probabilidades de éxito eran casi nulas. Es cierto que algunos pacientes, tras un coma, despiertan con lagunas mentales, pero Chlorine... ella no. Volvió igual. Igual que antes. Sigue hablando con su otro yo, con esa entidad que llama Ademia, y le ha contado todo... incluso lo que soñó. Como si hablara con una persona real. Como si nada hubiera pasado.
—Sobrevivió —golpeó con rabia la brillante mesa metálica—. ¡Esto no puede estar pasando! —se levantó abruptamente—. ¿Qué haremos ahora? ¡Ella hablará! ¡Lo contará todo! ¡Y todo se saldrá de control!
—Tranquila —dijo Pook, poniéndose de pie. Se acercó y la tomó suavemente por los hombros—. Nadie la interrogará todavía. Sigue bajo tratamiento. La policía no podrá verla hasta dentro de dos semanas. Me aseguré de modificar y ocultar lo justo y necesario en su expediente médico. Ni siquiera ella lo sabe.
La mujer tembló. Su respiración se quebró.
—Todo salió mal... —murmuró, abrazándolo con desesperación.
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POV CHLORINE
Acaricio el uniforme que me acompaña desde niña. De mangas largas, que a veces se atan a mi espalda como si me abrazaran. Icónico, es lo último en moda dentro de estas cuatro paredes.
Mi cabello azabache fue cortado hace un par de días, mientras dormía, sin que nadie me pidiera permiso. Otra tendencia del quinto piso. Enfurecí cuando vi mi reflejo en el agua. El corte me sienta bien, pero suele estar despeinado, rebelde, como si también quisiera escapar de mi cabeza. Me hace sentir... incómoda.
Sonrío a medias cuando Ademia aparece con un largo vestido negro.
—¿Te gusta? Es monísimo.
Asiento, emocionada. A ella todo le queda bien.
Hace una semana me trasladaron al psiquiátrico. Días antes estaba en el hospital, bajo el ojo de un doctor que jamás mostró su rostro y de un ejército de enfermeros que parecían turnarse para vigilarme. Nunca entendí por qué. Ademia me dijo que guardara silencio, que hiciera todo correctamente para recuperarme. Mientras tanto, me cantaba y traía de vuelta mis recuerdos, uno por uno.
Ahora lo sé todo. O casi todo. Aún falta recordar qué pasó el último día antes del coma.
—¿Todavía no te medicaron? —pregunta.
—No, supongo que ya nada me hace efecto —digo, encogiéndome de hombros.
—Sí que dormir dos años te hizo bien...
Ruedo los ojos. Justamente las criaturas que intentaban matarme en el sueño eran mis propios demonios. ¡Qué locura! Una guerra interminable contra mi mente, contra esas voces crueles que querían destruirme. Por eso Tyler fue mi ángel, mi salvación. Mi razón para luchar.
Su misión era hacerme despertar.
—No hubiera despertado sin su ayuda... —susurro, bajando la mirada.
Ahora recuerdo todo lo que tanto le dolía, nuestra historia, cada sentimiento verdadero. Lo único que queda es la nostalgia.
—Eres fuerte —dice Ademia con un suspiro—. ¿Recuerdas dónde dejaste el libro?
Frunzo el ceño, hasta que entiendo. Ah... mi diario. Mi tercera biblia.
Hay tanto escrito ahí que ni yo sé todo lo que puse.
—Supongo que mamá todavía no está de humor para devolvérmelo.
Tristemente, la ficción no estaba tan lejos de la realidad. Allá era el libro, pero aquí lo tiene escondido. Me lo robó cuando escribí algo que no debía... o al menos eso dice Ademia.
—No importa el diario en sí —cierra los ojos y los vuelve a abrir—. ¿Has visto al doctor Miller?
—No —respondo poniéndome de pie.
Solo escuchar ese nombre me crispa. Romano...
Mi experiencia con él, y con los de mi edad que compartimos en este hospital, no tiene colores pasteles. A Tyler y a mí siempre nos catalogaban como casos críticos. Bipolaridad, depresión, esquizofrenia... una combinación peligrosa. Y nosotros solo nos adaptábamos al nombre que él nos ponía por cada acción que hacíamos, para habilitar ciertos medicamentos. No era nuestra culpa. Esas sombras que veíamos parecían querer ayudarnos, pero sus consejos eran cuchillas. Nos hacían creer que dañar nuestro cuerpo era una forma de liberar el alma. ¡Puedo entenderlos! ¡Nos querían sacar de aquí!