Adiós y Hola

Un encuentro inesperado

A la mañana siguiente desperté con el sonido de las olas.

Durante unos segundos olvidé todo.

Luego recordé a Ethan.

Tomé el teléfono que estaba sobre la mesa de noche. Tenía seis llamadas perdidas y varios mensajes.

No abrí ninguno.

—Hoy no —murmuré.

Me levanté, me puse un vestido sencillo y bajé a desayunar.

Isabella estaba sentada en la terraza con una taza de café.

—Buenos días, dramática.

—Buenos días, insoportable.

Ella sonrió.

—Mucho mejor. Ayer parecías un fantasma.

—Gracias por el cumplido.

—De nada.

Después de desayunar, decidí caminar por la playa.

Necesitaba despejarme.

El agua estaba tranquila y el sol apenas comenzaba a calentar la arena. Me quité las sandalias y caminé cerca de la orilla.

Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa.

Hasta que escuché una voz detrás de mí.

—¡Oye!

Me giré.

Un chico corría hacia mí.

Llevaba una camiseta gris, pantalones cortos y tenía el cabello despeinado por el viento.

—¿Sí?

Se detuvo frente a mí.

—¿Viste una mochila negra?

Fruncí el ceño.

—No.

—Genial.

—¿Genial?

—No. En realidad, terrible.

Lo miré confundida.

—¿La perdiste?

—Mi amigo la dejó en algún lugar y ahora cree que yo la tengo.

—¿Y la tienes?

—No.

—Entonces quizá tu amigo tiene razón.

El chico soltó una pequeña risa.

—Definitivamente no eres de Miami.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada. Solo estaba intentando descubrir por qué pareces tan enojada a las nueve de la mañana.

Lo miré seriamente.

—No estoy enojada.

—Claro.

—¿Qué significa "claro"?

—Que definitivamente estás enojada.

Rodé los ojos.

—Pues tú pareces demasiado divertido para alguien que acaba de perder una mochila.

—Luke.

—¿Qué?

—Me llamo Luke.

—No pregunté tu nombre.

—Ya lo sé.

Sonrió y comenzó a caminar hacia atrás.

—Pero ahora ya lo sabes.

Me quedé mirándolo unos segundos.

—Qué chico tan raro.

—¡Te escuché!

Sonreí sin querer.

Y eso me sorprendió.

No recordaba la última vez que había sonreído por alguien que no fuera Ethan.

---

Más tarde regresé a la casa.

Isabella estaba en la cocina cuando entré.

—¿Dónde estabas?

—En la playa.

—¿Y por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—Una cara de que pasó algo.

Negué con la cabeza.

—Conocí a un chico.

Isabella levantó una ceja.

—¿Un chico?

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

Ella soltó una carcajada.

—¿Y cómo se llama?

Recordé su sonrisa.

—Luke.

—¿Y te gusta?

—¡No!

La respuesta salió demasiado rápido.

Isabella sonrió.

—Ni siquiera dije que te gustara.

Me quedé callada.

Ella tenía razón.

—Solo fue un encuentro —dije.

—Claro.

—¿Por qué todos dicen "claro" cuando no me creen?

—Porque probablemente no te creemos.

Subí a mi habitación riéndome.

Quizá mi hermana tenía razón.

Tal vez aquel encuentro no significaba nada.

Era solo un chico que había perdido una mochila.

Solo eso.

---

Esa tarde volví a la playa.

Me senté cerca del agua y abrí un libro.

Cinco minutos después escuché una voz conocida.

—¿Tú otra vez?

Levanté la mirada.

Luke estaba parado frente a mí.

—¿Encontraste tu mochila?

—Sí.

—Entonces puedes irte.

—Qué bienvenida tan cálida.

—Estoy leyendo.

—Ya veo.

Se sentó a unos metros de mí.

Lo miré.

—¿Qué haces?

—Sentarme.

—¿Aquí?

—La playa es bastante grande. Si quieres, puedo sentarme en otro continente.

Intenté no reírme.

No funcionó.

Luke sonrió.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Tu sonrisa.

Bajé la mirada hacia mi libro.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes.

Hubo un pequeño silencio.

Entonces él preguntó:

—¿Estás de vacaciones?

—Sí.

—¿Con tu familia?

—Con mi hermana.

—¿Y tus padres?

—No están aquí.

Asintió.

—Yo también vine a escapar un poco.

Lo miré.

Por primera vez su expresión cambió.

Ya no parecía el chico bromista de aquella mañana.

—¿Escapar de qué?

Luke observó el océano.

—De alguien.

No pregunté más.

Quizá porque entendía perfectamente aquella respuesta.

Después de unos segundos, dijo:

—Supongo que los dos tenemos algo de lo que queremos escapar.

Miré el mar.

—Supongo.

Y aquella vez no hubo bromas.

Solo dos personas heridas sentadas frente al mismo océano.

Sin saber que aquel encuentro era apenas el principio.




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