5 AM
No busques monstruos debajo de la cama; los reales están sentados en tu mesa y desayunan contigo. Si esperas fantasmas o historias de terror baratas, cierra esta página. Aquí no hay nada que te persiga más que tu propia conciencia, y eso, te aseguro, es infinitamente peor. La maldad no llega con el tiempo, la maldad… Viene por defecto.
Bienvenido a la realidad de ADN SINIESTRO."
El amanecer nunca entraba a nuestra casa de una forma normal, al salir el sol, en los primeros rayos él regresaba, nunca entró a casa agitado por el ejercicio, mejor dicho en él se veía alivio y cada una de esas mañanas regresaba como si hubiera dejado una gran carga detrás de él en algún lugar, en la vieja carretera km 6 para ser exactos, ahí donde se ejercitaban, esa fue la última versión que se dió oficial y fue con la que se quedaron la fiscalía y la prensa.
La luz simplemente se disolvía en una penumbra gris y húmeda.
A las cinco de la mañana el aire cambiaba y antes de que el suelo de madera crujiera por el peso de sus silenciosos zapatos deportivos, yo ya sabía que él estaba de pie porque el ambiente se saturaba de algo y el aliento helado de la niebla se filtraba por las rendija, yo era apenas un niño.
Lo observaba y me preguntaba siempre ¿por qué razón no rehizo su vida?. era muy bueno conmigo y yo soñaba con verlo felíz. Casi nunca hablaba de ella pero cuando lo hacía,su voz pasaba a ser sólo un sonido y, sus ojos destilaban esa rabia y ese odio del que genera el verdadero terror, miraba hacia los lados y bajaba la cabeza evitando detalles de un triste historia que escondía, según sus cálculos pero a leguas se notaba que solía en el alma.
Decía siempre que había cosas más importantes por hacer y por esa razón nunca se le vió con alguien. Ese fue siempre su argumento mientras yo ignoraba que él ya tenía su válvula de escape
En las heladas madrugadas me cubría la boca con la sábana para que el vapor de mi propia respiración no delatara que estaba despierto, la casa entera se sentía como una tumba abierta al escucharse el sonido seco del picaporte, un chasquido sordo que vibra en mis sienes aún, no se por qué, y luego el filo del viento del norte golpeando la entrada.
Mi padre salía a la oscuridad, tragado por la neblina, dejando tras de sí un rastro a tierra mojada y un vacío absoluto. Yo me quedaba ahí, con el sabor amargo del miedo y siendo testigo, mientras el resto del mundo dormía, la cacería de mi padre recién comenzaba.
A estas alturas, ni tiene sentido que diga mi nombre, hace mucho tiempo que está roto y desprovisto de significado. Si acaso sirve de algo, prefiero que me conozcas por el eco de lo que fui. Dicen que hay un momento exacto en la vida en el que todo encaja de golpe.
No hablo de una revelación mística. Es algo mucho más mundano, más físico.
Es algo como una náusea, un instante en el que las piezas del pasado se ordenan con sincronía matemática cuando sin importarles que tú ya las tenias archivadas.
El resultado es una imagen tan nítida, tan grotesca, que pasarías el resto de tus días rogando por la bendición de la ceguera.
A mí esa lucidez me maldijo a los diecisiete años.
Hasta entonces, mi mundo se reducía a las paredes de aquella casa y a la figura del hombre que me crió. Mi madre nos había abandonado cuando yo era apenas un suspiro; una nota rápida diciendo que no estaba lista para la maternidad bastó para que se la tragara la tierra.
Desde entonces, mi padre se hizo cargo de todo, intachable, y responsable como ninguno, pero las señales estuvieron siempre ahí y no las supe detectar, tampoco era que pudiera por mi corta edad.
Durante años, mi vida estuvo gobernada por un metrónomo invisible. Cada madrugada, sin importar el invierno o el bochorno del verano, se había convertido en una instrucción inconsciente, clic, clic, clic, mi padre salía de casa a la misma hora: las cinco en punto, ese era el ritual y el sonido de los fierros en su mochila.
—Voy a correr —solía decir en voz baja desde el umbral.
Siempre pronunciaba aquellas palabras con la misma cadencia plana, despojada de cualquier emoción o entusiasmo humano y sin voltear atrás, pensaba que no escuchaba, se suponía que dormía pero siempre estuve ahí.
Era la voz mecánica de quien ya tenía esa escena muy ensayada. Y yo, por supuesto, le creía. ¿Cómo dudar de él? Era mi padre.
Qué ironía, ahora sé que el término correcto para llamarlo era otro.
”Depredador” y a las cinco de la mañana eran sus horas de caza, las cinco en punto era su hora de salir a diario.
Volvía un par de horas después, siempre puntual de nueva cuenta, parecía ser solo un adulto más, esclavo del tiempo de clase trabajadora y de tiempos libres igualmente delimitados y el resto del día transcurría en una normalidad que, vista en retrospectiva, resulta obscena.
Mi padre regresaba de la fábrica poco antes de las siete, volvía con una pasividad imperturbable y se duchaba con agua casi congelada, otro cualidad de adulto promedio y de hombre recio que sin importar la estación del año solo sabía que existía un único lado para abrir la regadera, como olvidar a cada día el golpe violento de las gotas contra el azulejo desde mi habitación y sin importar el invierno violento salía poniéndose la camiseta y luego se sentaba en el viejo sillón de cuero de la sala.
Ahí comenzaba nuestro segundo ritual.
Él no encendía las luces, prefirió siempre que la penumbra de la tarde noche conforme oscurecía fuera devorada lentamente por el parpadeo azulado y catatónico del televisor.
Nos sentábamos juntos, recuerdo bien como el viejo aparato emitía un zumbido eléctrico de baja frecuencia que se me clavaba en las sienes lo cual me aburría a veces y me hacía huir mientras sus ojos oscuros devoraban la pantalla.
Esperaba con ansias el bloque de las noticias, una práctica más de adulto promedio inevitable pero, su único interés siempre fue la sección de crónica roja. Hoy puedo decirlo con certeza pero me tomó años ordenar los recuerdos uno a uno para llenar ese rompecabezas qué era mi vida siendo tan pequeño.