Alessia Marković
El sonido de la cafetera fue lo primero que escuché aquella mañana. Eran las cinco y cuarenta y tres, aunque no necesitaba mirar el reloj para saberlo. Después de tantos años despertándome a la misma hora mi cuerpo había aprendido a hacerlo por sí solo. Permanecí unos segundos observando el techo blanco de mi habitación antes de incorporarme lentamente. El único motivo por el que abandonaba el calor de las mantas era Mila; dentro de diecisiete minutos tendría que despertarla para ir al instituto.
Me fui directamente al baño para darme una ducha de quince minutos, en menos de treinta estaba lista, recogí mi cabello castaño oscuro en una coleta baja y salí de la habitación. El suelo de madera crujió suavemente bajo mis zapatillas mientras descendía las escaleras. Como cada mañana, mi mirada se detuvo casi de forma involuntaria en las fotografías que decoraban la pared del pasillo. Había imágenes de nuestros padres durante unas vacaciones en Croacia, otra donde Mila apenas tenía cinco años y sonreía con toda la cara manchada de helado de chocolate y, finalmente, una fotografía de los cuatro juntos, tomada mucho antes del accidente. Nunca apartaba la vista de ellas. Había aprendido que ignorar el dolor no hacía que desapareciera; simplemente esperaba en silencio hasta que decidías volver a mirarlo.
La cocina aún permanecía envuelta en el silencio de la madrugada. Nuestra casa no era lujosa, pero sí lo bastante cómoda para que las dos viviéramos tranquilas. Todo estaba siempre limpio, ordenado y en el mismo lugar. Mientras encendía la cafetera y ponía agua a hervir para el té de Mila, abrí el refrigerador para comprobar que no faltara nada. Huevos, fruta, pan integral, yogures... exactamente igual que la noche anterior. Me gustaban las rutinas. Las rutinas eran predecibles y en cierto modo, también eran seguras.
Un leve zumbido interrumpió el silencio. Bajé la vista hacia el brazalete inteligente negro que llevaba sujeto a mi muñeca desde hacía años. La pantalla mostró la hora junto a varios indicadores de salud: frecuencia cardíaca, calidad del sueño y nivel de actividad previsto para el día y un icono de un gatito de una aplicación aparte que revisaba de vez en cuando cuando las luces del icono de la app cambiaban de colores entre veces. Sin prestarle demasiada atención deslicé el dedo sobre la pantalla y silencié la notificación. A esas alturas conocía mi cuerpo mejor que cualquier algoritmo, aunque necesitaba tener este reloj todo el tiempo para poder estar al tanto de las cosas importantes.
El aroma del café comenzó a extenderse por la casa justo cuando escuché unos pasos apresurados en el segundo piso.
—¿Ali?
Sonreí apenas.
—Estoy en la cocina.
Cinco segundos después apareció Mila bajando las escaleras casi a la carrera mientras intentaba terminar de hacerse la coleta alta.
—¡No corras!
Ella frenó de golpe antes de entrar y levantó ambas manos con expresión inocente.
—No me caí.
—Todavía.
Puso los ojos en blanco y dejó escapar una pequeña risa.
—Eres exagerada.
—Precavida.
—Es exactamente lo mismo.
Negué con la cabeza mientras servía su té caliente y terminaba de preparar el desayuno. Mila se sentó frente a mí y comenzó a hablar casi sin tomar aire. Me contó que aquel día tendrían práctica en el laboratorio del instituto, que uno de sus compañeros seguía sin aprender a utilizar el soldador y que una profesora nueva había llegado al área técnica. Yo apenas intervenía en la conversación. Prefería escuchar. La mayoría de las personas prestaba atención únicamente a lo importante; yo había aprendido que los detalles aparentemente insignificantes solían explicar aquello que todos los demás pasaban por alto.
Cuando terminó de desayunar revisé su uniforme por simple costumbre. La camisa estaba perfectamente planchada, la corbata bien colocada, los zapatos impecables y la mochila completamente cerrada.
—Te falta esto.
Aparté un mechón de cabello que había escapado de su coleta y lo coloqué detrás de su oreja.
—Gracias.
—¿Llevas el almuerzo?
—Sí.
—¿La botella de agua?
—También.
—¿La tarjeta del instituto?
Mila soltó una carcajada.
—Sí, mamá.
Las dos permanecimos en silencio durante un instante. La sonrisa desapareció lentamente de su rostro al darse cuenta de lo que acababa de decir. No hacía falta explicar nada; ambas pensamos exactamente en lo mismo.
Con cuidado, tomó mi mano entre las suyas.
—Lo siento.
Negué despacio.
—No hiciste nada malo.
Ella apretó ligeramente mis dedos antes de sonreír de nuevo.
—Hoy vas a acompañarme, ¿verdad?
La observé unos segundos antes de responder.
—Como siempre.
Desde el accidente nunca había permitido que fuera sola al instituto. No porque creyera que el mundo estuviera lleno de peligros constantes (aunque si lo estaba), sino porque había aprendido de la peor manera posible que bastaban unos pocos segundos para perder a las personas que más amabas. Y yo ya había perdido demasiado una vez como para volver a correr ese riesgo.
Tomé las llaves de la casa y mi brazalete inteligente vibró nuevamente. La pantalla proyectó la ruta habitual hacia el Instituto Técnico Vardar, pero apenas le dediqué una mirada antes de desactivarla. Conocía ese trayecto de memoria.
Antes de salir recorrí la casa con una mirada rápida. Era una costumbre que había adquirido años atrás y que ya realizaba sin pensar. Comprobé que las ventanas estuvieran cerradas, que la cocina quedara apagada y que ninguna luz permaneciera encendida innecesariamente. Mila me observaba desde la puerta con una sonrisa divertida, como si aquel pequeño ritual le pareciera exagerado.
—¿Alguna vez vas a dejar de revisar todo dos veces? —preguntó mientras se colgaba la mochila sobre ambos hombros.
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Editado: 31.07.2026