A.E.G.I.S.

Capitulo Dos

Alessia Marković

Entré al complejo mientras observaba el edificio con la misma atención con la que siempre recorría cualquier lugar nuevo, aunque aquel sitio estaba lejos de ser nuevo para mí. Desde el exterior parecía una construcción de diez pisos destinada a oficinas privadas de seguridad, con una recepción discreta, ventanales amplios y varias áreas destinadas a servicios básicos relacionados con protección y vigilancia. No había nada en su fachada que pudiera despertar sospechas, ni un nombre llamativo, ni un símbolo que permitiera relacionarlo con algo diferente a una empresa común. Para cualquiera que pasara frente a él, era exactamente eso: un edificio de oficinas que ofrecía servicios de seguridad.

La verdadera estructura comenzaba mucho más abajo.

El edificio principal funcionaba como una fachada cuidadosamente construida para mantener oculta la existencia de A.E.G.I.S. Los diez pisos superiores estaban ocupados por las oficinas que justificaban la presencia constante de empleados, vehículos y personal de seguridad, mientras que los accesos restringidos conducían hacia las instalaciones subterráneas donde realmente operaba la organización. La distribución había sido diseñada para que ninguna persona ajena pudiera llegar accidentalmente a las áreas internas y, al mismo tiempo, para que quienes trabajaban ahí pudieran desplazarse sin llamar la atención.

Apenas avancé unos metros, Gabriel Nakamura se acercó a mí de inmediato. No necesitó preguntarme qué hacía allí ni mostró sorpresa alguna por encontrarme; simplemente hizo una pequeña inclinación de cabeza y comenzó a caminar a mi lado en dirección al ascensor. Yo tampoco dije nada. Entre nosotros nunca habían sido necesarias demasiadas palabras, especialmente cuando ambos sabíamos que estábamos dentro de un lugar donde cada conversación podía contener información que no debía salir de aquellas paredes.

Llegamos frente al ascensor privado y Nakamura sacó su credencial inteligente. La tarjeta no tenía ningún rastro visible del nombre de A.E.G.I.S.; únicamente mostraba su fotografía, un código institucional, su nivel de acceso y los sistemas de identificación necesarios para comprobar su autorización. La acercó al lector digital y después de una breve luz verde en la pantalla, las puertas se abrieron.

Entré primero y él detrás de mí. Las puertas se cerraron con suavidad, aislándonos del sonido exterior. El interior del ascensor estaba cubierto por superficies metálicas oscuras y una pantalla digital que permanecía completamente apagada hasta que el sistema reconocía a sus usuarios. Levanté la mirada hacia el reflejo que se formaba frente a mí y pude observar a Nakamura detrás de mi hombro.

Su cabello negro estaba corto, aunque varias canas comenzaban a hacerse visibles entre los mechones oscuros. Sus ojos café oscuro permanecían atentos y su expresión conservaba aquella seriedad tranquila que rara vez abandonaba. A pesar de que apenas unos minutos atrás vestía como cualquier oficinista, su postura siempre lo hacía parecer alguien que estaba acostumbrado a analizar una habitación antes incluso de entrar en ella.

—Bienvenida, señorita. No dijo que iba a venir.

—¿Es que tengo que avisar?

Lo miré a través del reflejo del espejo del ascensor mientras este comenzaba a descender. Nakamura negó inmediatamente con la cabeza.

—Para nada debe avisar usted.

Una pequeña sonrisa de satisfacción apareció en mis labios.

Mi brazalete inteligente vibró, bajé la mirada hacia mi muñeca y toqué delicadamente la pantalla. El dispositivo reconoció mi movimiento y desplegó una interfaz que apenas unos segundos antes parecía la de un reloj deportivo convencional. Acerqué el brazalete a la pantalla táctil del ascensor y ambos sistemas se sincronizaron de inmediato.

El cambio comenzó casi sin hacer ruido.

Una serie de luces rojas y violetas apareció alrededor de nosotras, proyectándose desde distintos puntos del interior del ascensor hasta cubrir completamente mi cuerpo. Permanecí quieta mientras el sistema reconocía mi identidad, mi nivel de acceso y las características del equipo asignado a mi rango. Entreabrí ligeramente las piernas y elevé los brazos para facilitar el proceso, mientras la ropa casual que llevaba comenzó a deshacerse sobre mi piel en pequeñas partículas que desaparecían antes de llegar al suelo.

La nanotecnología del sistema no sustituía simplemente una prenda por otra. El material se reorganizaba directamente sobre mi cuerpo, adaptándose a mis medidas y formando cada pieza en cuestión de segundos. El pantalón negro apareció primero, ajustándose a mis piernas con las franjas rojas recorriendo los costados; después se formaron las botas tácticas, firmes y ligeras, seguidas por la chaqueta corta de acabado negro vibrante y los detalles rojos que recorrían las mangas, el cuello y las correas de seguridad. El sistema completó el conjunto con los elementos de protección integrados, mientras el antiguo reloj inteligente se transformaba en el brazalete táctico que todos utilizábamos dentro del edificio.

El traje no tenía ningún logotipo.

No lo necesitaba.

Nuestro rango, nuestra función y nuestro acceso estaban determinados por el código institucional de la credencial y por el color del uniforme. El mío era negro con detalles rojos, yo no pertenecía realmente a ningún sector, era la única con el traje de esos colores, mientras que Nakamura, como director de inteligencia utilizaba el verde correspondiente a los directores. Dentro de A.E.G.I.S. existían otros colores destinados a las diferentes áreas de trabajo y niveles operativos, pero todos compartían el mismo principio: identificar rápidamente la función de una persona sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Las luces desaparecieron.

Mi ropa había desaparecido por completo y el traje táctico se encontraba perfectamente ajustado a mi cuerpo. Moví los hombros, flexioné ligeramente los dedos y comprobé que todo respondiera como debía.




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