Aeternum

PRÓLOGO?

Hay lugares a los que uno no vuelve por nostalgia,
sino porque ya no tiene a dónde más ir.

Green Valley apareció frente a mí como una fotografía vieja:
borrosa, silenciosa, intacta.
No era el lugar de mis recuerdos —porque nunca había estado ahí—,
pero aun así sentí que me observaba, como si supiera exactamente todo lo que había perdido.

El auto se detuvo frente a una casa pequeña, de madera gastada, con el jardín cubierto de maleza y una pintura que alguna vez fue blanca. Victoria no dijo nada. Solo bajó primero, con la lentitud de quien carga más peso del que sus manos muestran. Yo la seguí, sosteniendo una maleta demasiado ligera para todo lo que llevaba dentro.

El aire olía distinto.
Más limpio.

—Aquí es —murmuró ella, sin mirarme.

Entramos. El polvo cubría los muebles como una capa de tiempo detenido. Sentí un nudo en la garganta al imaginar risas que ya no existían, voces que nunca conocería, una vida que no fue la mía, pero que ahora me pertenecía de alguna forma inexplicable.

Yo no había elegido este sitio.
No había elegido esta historia.
Tampoco había elegido quedarme viuda antes de los veinticinco.

Pero ahí estaba.

Victoria dejó las llaves sobre la mesa y se sentó sin fuerzas. Sus ojos recorrían la casa sin verla realmente. Entendí entonces que no estaba regresando a casa; estaba regresando al principio de todo… para enfrentarse a lo que quedó.

—Puedes irte si quieres —dijo de pronto, con voz seca—. No te debo nada.

La miré. Vi su dolor. Vi el mío reflejado en el suyo.
Y por primera vez desde que todo se rompió, entendí que irme sería más fácil.

Pero no siempre lo correcto es lo fácil.

—Me quedo —respondí.

No sabía cuánto tiempo.
No sabía cómo.
No sabía si sobreviviría a otro comienzo.

Solo sabía que, a veces, quedarse es el acto más valiente que una persona puede hacer.

Y aunque en ese momento no lo entendía, ese pequeño “me quedo” estaba a punto de cambiarlo todo.




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