Una ciudad silenciosa
La ciudad siempre está despierta.
Incluso de madrugada, cuando las luces de los edificios siguen encendidas y el ruido baja apenas un poco, hay algo que se mueve, que respira, que nunca descansa del todo. Durante mucho tiempo pensé que ese movimiento constante era necesario para no sentir el vacío.
Tal vez por eso me quedé aquí.
Me llamo Elena Scott, y durante años creí que mi vida estaría hecha solo de pasos provisionales: trabajos temporales, departamentos pequeños, despedidas rápidas. Nunca pensé en echar raíces porque, cuando eres huérfana desde niña, aprendes pronto que nada es realmente permanente.
Tenía siete años cuando mis padres murieron.
No fue una enfermedad ni un accidente inevitable. Fue una noche cualquiera. Una de esas noches en las que prometieron volver temprano. Habían salido a pasar tiempo juntos, me dejaron con una niñera improvisada y me dijeron que al día siguiente desayunaríamos juntos.
Nunca regresaron.
Un asalto en plena ciudad. Un error de segundos. Un tiro a cada uno fue lo que quito la vida de mis progenitores.
No había familiares cercanos. Nadie que quisiera —o pudiera— hacerse cargo de una niña que acababa de perder a sus padres, que iba a crecer con traumas era una carga que nadie quería llevar a cabo. Así terminé en una casa hogar, aprendiendo demasiado pronto a no apegarme, a no esperar demasiado, a guardar mis cosas en una sola maleta.
Viví ahí casi toda mi infancia y adolescencia. Cumplí dieciocho años y salí con más miedo que certezas, pero con una determinación clara: sobrevivir.
Fui mesera, limpié casas, trabajé en lo que apareciera. Con esfuerzo logré alquilar un pequeño departamento. No era bonito, pero era mío. Era un lugar donde nadie me iba a decir cuándo debía irme.
Y fue ahí, en medio de esa vida sencilla y cansada, donde conocí a Samuel Herrera.
Trabajaba en una cafetería pequeña, de esas que siempre huelen a pan recién hecho. Samuel era un migrante de un pequeño pueblo rural a las afueras Portland. Iba casi todos los días, siempre a la misma hora, siempre pedía lo mismo. Al principio solo cruzábamos saludos. Después conversaciones cortas. Luego risas.
—Creo que vienes más por mí que por el café —le dije una vez, en broma.
Él sonrió, sin negarlo.
Salimos. Nos conocimos. Descubrí que Samuel era paciente, atento, profundamente bueno. No tenía prisa por cambiarme ni por salvarme. Solo caminaba a mi lado.
Dos años después nos casamos.
Nunca olvidaré el día en que conocí a su familia. Victoria, su madre, me miró como si me conociera de toda la vida. Me abrazó como si fuera de su propia sangre.
—Ahora tienes una familia —me dijo—. Aquí estás en casa.
Y por primera vez… sentí que tenía un hogar completo.
Victoria era una mujer de fe profunda. Siempre tenía una sonrisa, una palabra amable, una confianza que no entendía del todo, pero que daba paz cada que alguien estaba junto a ella. Su esposo, Andrés, era igual de cálido. David, el hermano menor de Samuel, y Laura, su esposa, nos recibieron con cariño desde el primer día.
Yo, que había crecido sin nadie, ni nada, y de pronto ahora tenía todo.
Un año después de casarnos, mi vida se volvió sencilla y feliz. Era ama de casa, cuidaba el departamento, cocinaba para Samuel, esperaba su regreso cada tarde. Habíamos empezado a hablar sobre tener hijos. Estábamos emocionados por la idea, yo más que nada quería eso. Un futuro que parecía seguro.
—Creo que cuando llegue el momento en que sepamos que estas embarazada seremos los padres más contentos de toda la ciudad—me decía Samuel, abrazándome—. Lo quiero todo contigo preciosa.
Yo sonreía, apoyando la cabeza en su pecho, creyendo que la vida por fin me estaba devolviendo todo lo que me había quitado de pequeña.
Sentía paz.
Pero lo que no sabía es que esa paz, ese mundo perfecto estaba a punto de derrumbarse, y no solo mi vida, sino el mundo entero.
5 de diciembre de 2019, todo empezó a cambiar.
Al principio eran solo titulares repetidos en los noticieros, palabras difíciles de pronunciar, imágenes borrosas de un lugar lejano llamado China. Un virus nuevo. Extraño. Silencioso. Mortal.
—Dicen que empezó en un mercado —comentó David una noche, con el control remoto en la mano—. Que nadie sabe bien cómo se contagia.
—Siempre dicen eso —respondió Samuel desde el sillón—. Luego resulta ser como cualquier gripe.
Yo estaba sentada en el suelo, apoyada contra el sofá, doblando ropa sin prestar demasiada atención. La palabra virus no me provocaba nada. Me parecía lejana.
Pero en cuestión de días todo empezó a empeorar.
Las noticias comenzaron a retumbar en todos los canales. El mismo tema. Las mismas imágenes. Hospitales llenos. Calles vacía. Personas con mascarillas. Cifras que crecían sin parar.
COVID-19.
Así lo llamaron.
Un virus que parecía viajar más rápido que cualquier avión. Un virus que no pedía permiso. Un virus que, según decían, estaba matando a millones de personas a cada lugar que llegaba.
—Esto ya no se ve bien —murmuró Laura, sentada junto a David. Tenía los ojos fijos en la pantalla, vidriosos.
David la rodeó con el brazo.
—Tranquila —le dijo—. Vamos a estar bien.
Yo levanté la vista hacia Samuel. Él estaba serio. No hablaba. Solo miraba la televisión, perdido en sus pensamientos.
El temor empezó a filtrarse en las conversaciones, en los silencios, en los mensajes de texto que llegaban a cualquier hora. La gente comenzó a refugiarse en sus casas, a comprar provisiones, a hablar de aislamiento, de cuarentenas, de encierro.
Y nosotros no fuimos la excepción.
La decisión se tomó una noche, sentados todos alrededor de la mesa en casa de mis suegros. La casa era grande, moderna, ubicada en una zona un poco alejada de la ciudad, pero no del todo. Tenía espacio, luz, tranquilidad. Y, sobre todo, tenía algo que yo nunca había tenido antes: sensación de refugio.