Aeternum

CAPITULO 3?

Samuel.....

Samuel seguía levantándose temprano. Se iba a trabajar con Daniel. Regresaba cansado, sí, pero siempre lo había estado desde que comenzó todo aquello del virus. El cansancio ya no era una señal, era una costumbre.

—Estoy bien —me repetía—. Solo agotado.

Yo quería creerle.

Pero la tos no se fue.

No empeoró de golpe. No. Fue más cruel que eso. Se quedó. Persistente. Aparecía en los momentos más simples: al hablar demasiado, al reír, al subir las escaleras, al respirar hondo.

—¿Otra vez? —le preguntaba, intentando no sonar alarmada.

—Es el polvo, Elena —respondía—. Te lo juro.

Una mañana lo vi quedarse sentado al borde de la cama más tiempo del habitual.

—¿No vas a levantarte? —pregunté.

—Sí... dame un segundo.

Ese "segundo" se volvió eterno.

—¿Te mareas? —insistí.

—No... solo... —se pasó la mano por el rostro—. Dormí mal.

Victoria empezó a notarlo también.

—Estás más pálido —le dijo un día mientras desayunábamos—. ¿Seguro que no tienes fiebre?

—No, mamá —respondió—. Ya me tomé la temperatura.

—Déjame tocarte la frente —insistió.

Samuel accedió. Victoria frunció el ceño.

—No estás caliente... pero algo no está bien.

—Mamá, por favor —dijo él, con una sonrisa cansada—. No empecemos.

Daniel intervino:

—Si se siente mal, lo llevamos al médico.

—¿Para qué? —respondió Samuel—. Los hospitales están colapsados.

Silencio.

Todos sabíamos que era verdad.

Los días siguientes fueron peores.

Samuel empezó a quedarse sin aire al hablar. A veces se detenía a mitad de una frase.

—Perdón... —decía—. Dame un momento.

Yo fingía normalidad. Le llevaba agua. Le acariciaba la espalda. Sonreía.

Pero por dentro... me estaba deshaciendo.

Una noche, mientras cenábamos, empezó a toser sin parar.

—Samuel —dije—. Basta.

—Ya pasa —intentó decir, entrecortado.

Victoria se levantó de inmediato.

—Esto no es normal —dijo con firmeza—. No voy a mirar para otro lado.

—Mamá... —protestó.

—No —lo interrumpió—. Ya perdí a mi esposo. No voy a perder a mi hijo por necedad.

El silencio cayó como un golpe.

Samuel bajó la mirada.

—No quiero que Elena pase por lo mismo —murmuró.

Sentí que el corazón se me apretaba.

—No hables así —le dije, tomándole la mano—. Por favor.

Esa noche no dormimos.

Samuel se despertaba agitado. Se sentaba en la cama tratando de respirar mejor.

—¿Quieres que vayamos al hospital? —le pregunté por tercera vez.

—Todavía no —respondió—. Esperemos un poco más.

—¿A qué? —pregunté, al borde del llanto.

—A que pase —dijo—. Tiene que pasar.

Lo abracé fuerte.

—Tengo miedo —confesé—. Mucho.

Samuel me rodeó con los brazos.

—Yo también —admitió en voz baja—. Pero no quiero que esto nos consuma antes de tiempo.

Al día siguiente, una vez que Daniel regresó del trabajo preguntó por la salud de su hermano.

—Samuel sigue igual? —pregunto—.

Victoria lo miró fijamente.

—Si —suspiro con cansancio—. Mañana veremos que tal amanece

Samuel pasó el día en el sofá. Apenas comió. Apenas habló.

—¿Te duele el pecho? —pregunté.

—Un poco —respondió—. Como una presión.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Esa noche, mientras él dormía inquieto, me senté a su lado y lloré en silencio.

Me quedé mirándolo un largo rato Samuel dormía inquieto, pero aun así tenía ese gesto suyo, tan familiar, tan mío. Ese gesto que había aprendido a reconocer incluso en la oscuridad. Levanté la mano y recorrí con cuidado su brazo, despacio, como si así pudiera asegurarme de que seguía ahí.

Pensé en todo lo que éramos.

En las mañanas compartidas, en las risas pequeñas, en los silencios cómodos. En la manera en que me miraba cuando creía que yo no lo notaba. En cómo siempre encontraba la forma de hacerme sentir a salvo, incluso cuando él mismo estaba cansado.

Nunca supe en qué momento se volvió mi hogar.
Solo pasó.

Bajé la voz, casi como un secreto.

—Dios... —susurré—.

Sonreí entre lágrimas.

—Él me enseñó lo que era quedarse —continué—. Lo que era volver a casa y que alguien te espere. Yo... yo no sabía cómo era eso.

Mi pecho se apretó.

—Estaba sola.....y él fue luz en mi vida —dije—. Cuando yo no tenía nada, él me dio todo.

Me acerqué un poco más a su cuerpo.

—Yo lo amo en lo simple —seguí—. En cómo se despierta desordenado. En cómo se preocupa por todos antes que por él. En cómo me llama cuando cree que me perdí en mis pensamientos.

Las lágrimas caían, pero ya no dolían tanto.

—Por favor... —pedí—. Déjame seguir cuidándolo. Déjame seguir amándolo como sé hacerlo.

Apoyé la frente en su hombro.

—Prometo ser fuerte —susurré—. Prometo no soltarlo, pase lo que pase.

Tomé su mano entre las mías.

—No porque tenga fe... —admití—. Sino porque lo amo.

Respiré hondo.

—Si tienes que escuchar algo de mi esta noche... quiero decirte que: Por favor....no te lo lleves.

Guardé silencio.

No esperaba respuestas.
Solo necesitaba decirlo.

Me acosté junto a él, envolviéndolo con cuidado, como si pudiera protegerlo del mundo entero.

—Aquí estoy —murmuré—.

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—Samuel... —susurré—. Amor, ¿cómo te sientes?

Abrió los ojos con esfuerzo y trató de sonreír, pero no le salió del todo.

—Cansado —dijo—. Como si no hubiera dormido nada.

Me incorporé enseguida.

—No vas a ir a trabajar —afirmé, no pregunté.

—Elena...

—No —repetí, más firme—. Hoy no.

Tosió. Una tos seca, profunda, que parecía arrancarle algo del pecho. Me acerqué, lo ayudé a incorporarse, le pasé agua.




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