Promesas inconclusas
El segundo funeral en menos de un mes.
La vida no daba tregua.
Todo se sentía irreal.
Elena no recordaba haber llegado al cementerio. No recordaba quién la vistió, ni en qué momento salió de casa. Solo sabía que estaba ahí... de pie... frente a otro ataúd.
Uno demasiado pequeño para contener todo lo que Samuel había sido.
El cielo estaba gris, como si el mundo también estuviera cansado.
Victoria estaba a su lado, sosteniéndola del brazo. Firme. Presente. Rota por dentro.
—Respira, hija... —le susurró.
Elena no respondió.
Sus ojos estaban clavados en la madera.
Ahí dentro estaba él.
Samuel.
Su esposo.
Su hogar.
—No... —susurró, negando levemente con la cabeza—. No eres tú...
—Estoy aquí, hija... —le dijo en voz baja.
Pero Elena no la escuchaba.
Sus ojos estaban fijos.
Perdidos.
—No puede ser él... —repitió—. Él iba a volver conmigo... él me dijo que me iba a esperar...
Daniel se encontraba unos pasos atrás, completamente en silencio. Sus ojos rojos, su mandíbula tensa. Laura sostenía su brazo, apoyando su cabeza en su hombro, llorando en silencio.
El mundo seguía... pero para ellos no.
—Elena... —dijo Victoria con suavidad—. ¿Quieres acercarte?
Elena no respondió de inmediato.
Sus manos temblaban.
Pero caminó.
Paso a paso.
Como si cada movimiento doliera.
Llegó frente al ataúd.
Se quedó quieta.
Mirándolo.
Y entonces levantó la mano.
La apoyó sobre la madera.
Fría.
Vacía.
—Samuel... —susurró.
El primer sollozo salió de su pecho sin permiso.
—Te dije que no te fueras...
Sus labios comenzaron a temblar.
—Te dije que no me dejaras...
Las lágrimas empezaron a caer una tras otra.
—¡Samuel...! —su voz se rompió—. ¡No cumpliste!
Victoria cerró los ojos con fuerza.
—¡No cumpliste! —repitió Elena, elevando la voz—. Dijiste que este año... dijiste que íbamos a intentarlo... ¡dijiste que íbamos a tener una familia!
Se inclinó sobre el ataúd.
Golpeó suavemente la madera con la mano.
—¡Me mentiste! —lloró—. ¡Me dejaste!
Su cuerpo se dobló completamente.
—¡Te amo! —gritó—. ¡Te amo! ¡No puedes irte así!
Victoria ya no pudo contenerse y comenzó a llorar abiertamente, sosteniéndola.
—Mi niña... mi niña...
Pero Elena no se calmaba.
—¿Qué hago ahora? —sollozaba—. ¿Qué hago sin el?
Nadie respondió.
Porque no había respuesta.
Después del entierro
La gente empezó a irse poco a poco.
Primero los conocidos.
Luego los vecinos.
Después... el silencio.
Siempre era así.
El dolor al inicio era compartido...
pero al final... se volvía íntimo.
Solo quedaron ellos.
Victoria, Daniel, Laura... y Elena.
El viento movía ligeramente las flores recién colocadas. La tierra aún estaba húmeda. Oscura.
Demasiado reciente.
Elena no se movía.
Seguía de pie frente a la tumba.
Mirando.
Como si en cualquier momento la tierra fuera a abrirse... y él fuera a salir.
—Elena... —dijo Daniel con suavidad—. Deberíamos irnos.
No respondió.
Victoria dio un paso al frente.
—Hija...
Nada.
Elena tragó saliva.
—Aquí está... —murmuró—. Aquí lo dejaron...
Victoria cerró los ojos.
—Sí...
—Ayer estaba conmigo... —continuó Elena, con la voz completamente rota—. Ayer me hablaba... me decía que me amaba...
Su respiración empezó a temblar.
—Y ahora... está ahí...
Se arrodilló lentamente frente a la tumba.
Sus manos tocaron la tierra.
Fría.
Húmeda.
Real.
—Samuel... —susurró—. Tengo frío...
Las lágrimas comenzaron a caer otra vez.
—No me gusta este lugar... —dijo en voz baja—. No me gusta que estés aquí... solo...
Victoria ya estaba llorando otra vez.
—No está solo —intentó decir—. Dios está con él...
Elena negó.
—Yo debería estar con él...
Daniel miró hacia otro lado, apretando la mandíbula.
Laura se llevó la mano a la boca.
—Yo debería estar ahí... —repitió Elena—. No aquí...
Victoria se acercó y se arrodilló junto a ella.
—No digas eso.
—¿Entonces qué digo? —respondió Elena, girándose hacia ella—. ¿Qué hago con esto? —se golpeó el pecho—. ¿Qué hago con todo esto?
Victoria no tuvo respuesta inmediata.
Porque ella también lo sentía.
—Se suponía que íbamos a crecer juntos... —continuó Elena—. A tener hijos... a construir algo...
Su voz se quebró más.
—Y ahora tengo esto...
Silencio.
—Una tumba.
El viento sopló más fuerte.
Elena bajó la mirada.
Sus dedos se hundieron un poco en la tierra.
—¿Te acuerdas cuando dijiste que querías una casa con jardín? —murmuró, como si él pudiera escucharla—. Dijiste que querías plantar árboles...
Una pequeña risa triste escapó de sus labios.
—Mira... ahora tienes tierra de sobra...
Victoria no pudo contener el llanto.
—Elena...
—No es justo... —susurró ella—. No es justo...
Se inclinó hacia adelante, apoyando la frente sobre la tierra.
—No es justo que te hayas ido... y yo me haya quedado...
Su cuerpo empezó a temblar.
—No sé vivir sin ti...
Daniel se acercó un poco.
—Elena... vamos...
—No quiero irme —respondió ella sin levantar la cabeza—. Si me voy... es como dejarlo aquí de verdad...
Victoria la abrazó por los hombros.
—Él no está ahí, hija...
Elena levantó la mirada lentamente.
Sus ojos estaban vacíos.
—Entonces ¿dónde está?
Victoria se quedó en silencio unos segundos.
—Con Dios...
Elena sostuvo su mirada.
Confundida.
Dolida.
—¿Y eso... qué significa para mí?