La casa había dejado de sentirse como un hogar.
Como si la tristeza se hubiese filtrado por las paredes, como si cada rincón hubiese absorbido el dolor hasta volverse pesado, sofocante, imposible de ignorar. Elena lo sentía en cada paso que daba, en cada puerta que abría, en cada silencio que se extendía más de lo normal.
El tiempo avanzaba, pero dentro de esa casa… parecía detenido.
Elena se había convertido en una sombra silenciosa que sostenía todo sin que nadie se lo pidiera. Preparaba café que se enfriaba sin ser tocado, organizaba cosas que nadie notaba, recogía lágrimas que no eran suyas… mientras escondía las propias en los momentos en los que nadie la veía.
Laura no era la misma.
Su mirada, antes llena de vida, ahora parecía perdida en algún lugar al que nadie más podía llegar. Pasaba horas sentada en el mismo sitio, abrazándose a sí misma como si intentara sostener lo poco que le quedaba.
Y Victoria…
Victoria se había vuelto piedra.
Dura. Callada. Lejana.
Pero Elena sabía que no era real.
Porque en las noches, cuando todo parecía en calma, cuando la casa fingía dormir… Elena pasaba frente a la puerta de su habitación… y escuchaba.
El llanto.
Un llanto bajo. Ahogado. Desgarrador.
Y eso le rompía el alma más que cualquier grito.
Una mañana, el silencio fue interrumpido por el sonido de una taza rompiéndose contra el suelo.
Elena se giró de inmediato.
Laura estaba de pie en la cocina, temblando.
—No puedo… —susurró Laura, mirando sus manos—. No puedo hacer nada bien…
Elena se acercó despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla más.
—No pasa nada… solo es una taza…
Laura soltó una risa vacía, rota.
—¿Solo una taza? —negó con la cabeza—. Todo se me está cayendo de las manos… todo…
Elena no respondió de inmediato. Solo recogió los pedazos con cuidado.
—No estás sola…
Laura la miró, y por un momento… algo se quebró más profundo.
—Sí lo estoy.
Silencio.
—Él ya no está… —continuó, con la voz temblando—. Y lo peor… es que no queda nada de él… nada…
Elena tragó fuerte.
Porque entendía ese sentimiento.
Demasiado bien.
—No digas eso… —susurró.
Laura la miró directamente, con los ojos llenos de desesperación.
—Perdimos a nuestro bebé, Elena…
El aire se volvió pesado.
—Y ahora… también lo perdí a él… —su voz se rompió—. ¿Qué se supone que me queda?
Elena no tuvo respuesta.
Solo la abrazó.
Y esta vez… no intentó ser fuerte.
Porque había dolores que no se podían sostener en silencio.
Esa noche, Elena no pudo dormir.
El recuerdo del balcón volvió a ella.
Ese momento en el que todo se había detenido… en el que el dolor había sido tan grande que por un segundo… desaparecer parecía más fácil que seguir.
Cerró los ojos con fuerza.
No.
No podía pensar así.
No ahora.
No cuando ellas la necesitaban.
Pero… ¿y ella?
¿Quién sostenía a Elena?
Se levantó de la cama y caminó descalza por el pasillo. La casa estaba en silencio otra vez.
Pasó frente a la habitación de Victoria.
Se detuvo.
Y como cada noche…
Escuchó.
El llanto.
Más fuerte esta vez.
Más desesperado.
Elena dudó.
Pero esta vez… no siguió de largo.
Tocó la puerta suavemente.
—Victoria…
Silencio.
—Sé que estás despierta…
Nada.
Elena apoyó la frente contra la puerta.
—No tienes que pasar esto sola…
La puerta se abrió de golpe.
Victoria estaba ahí.
Con los ojos rojos.
Con el orgullo hecho pedazos.
—¿Y tú sí? —respondió con dureza—. ¿Tú sí puedes con todo sola?
Elena se quedó en silencio.
—Porque eso es lo que haces, ¿no? —continuó Victoria—. Actúas como si nada te afectara… como si fueras más fuerte que todos…
—No es eso…
—¡Entonces qué es! —su voz se quebró—. ¡Porque yo ya no puedo, Elena!
El silencio cayó como un golpe.
—Ya no puedo… —repitió, esta vez en un susurro.
Elena la miró.
Y por primera vez… vio el verdadero peso que cargaba.
No era enojo.
Era dolor.
—Perdí a mi hijo… —dijo Victoria—. Y ahora… también a mi otro hijo…
Elena sintió que el pecho se le apretaba.
—¿Cómo se supone que sigo después de eso?
Elena no tenía una respuesta correcta.
Así que hizo lo único que podía.
Se acercó.
Y la abrazó.
Victoria no se resistió esta vez.
Se aferró a ella… como si se estuviera ahogando.
Y lloró.
Como no lo había hecho delante de nadie.
Laura estaba sentada en el sofá, con la taza entre las manos, pero el té ya estaba frío. No lo había probado. Sus dedos temblaban apenas, como si sostener algo fuera lo único que la mantenía presente. Elena estaba frente a ella, en silencio, mirándola… sintiendo ese mismo vacío crecer dentro de su pecho.
—¿Alguna vez deja de doler? —preguntó Laura, con la voz apagada.
Elena bajó la mirada.
—No lo sé…
Laura dejó escapar una risa suave… quebrada.
—Entonces… ¿qué se supone que hagamos?
Elena respiró hondo, buscando algo firme dentro de sí.
—Seguir… —susurró—. Aunque no queramos…
Laura negó lentamente.
—No puedo… —dijo, y esta vez su voz se rompió por completo—. No quiero seguir así…
El silencio cayó sobre ellas.
Entonces…
Se escucharon pasos. Elena levantó la mirada. Victoria estaba ahí.
Pero no era la misma de los últimos días. Su rostro seguía marcado por el dolor… pero había algo más.
Las miró a ambas.Sus ojos se detuvieron primero en Laura… y luego en Elena.
Y algo en su expresión hizo que el pecho de Elena se apretara sin aviso.
—Tenemos que hablar —dijo Victoria, con la voz baja, pero firme.
Elena se puso de pie.
—Victoria…
Pero ella negó suavemente.