Tres meses.
Tres largos meses habían pasado desde que Laura regresó a su hogar... y aun así, Elena seguía esperando escuchar sus pasos algunas mañanas...las de todos. Seguía creyendo, por instantes absurdos, que la puerta volvería a abrirse y que Samuel entraría con esa sonrisa que ella tanto extrañaba.
Pero la realidad siempre terminaba golpeando igual.
La casa seguía vacía.
Vacía de voces.
Vacía de risas.
Vacía de vida.
Y, aun así, seguía llena de recuerdos.
Elena estaba sentada en una de las sillas del comedor observando cómo aquel hombre recorría la casa con mirada calculadora, sosteniendo una carpeta bajo el brazo mientras hablaba sobre precios, contratos y posibilidades de alquiler. Ya habían pasado varios consultores inmobiliarios por ese lugar durante las últimas semanas. Algunos demasiado optimistas. Otros brutalmente sinceros.
—La ubicación es buena.
—La estructura sigue conservada.
—Pero necesita ciertos arreglos.
—Y claro... hay que lograr que se vea más cálida.
Más cálida.
Elena casi soltaba una risa amarga cada vez que escuchaba esa palabra.
Porque no había pintura capaz de arreglar lo que esa casa cargaba dentro.
Victoria caminaba junto al hombre con una expresión agotada, intentando prestar atención mientras este seguía hablando sobre posibles clientes interesados. Elena podía notar el esfuerzo enorme que hacía para mantenerse firme. Lo veía en la manera en que apretaba las manos. En cómo respiraba lento antes de responder cualquier cosa.
Como si todo dentro de ella estuviera constantemente al borde del colapso.
—Si logramos mover algunos muebles y abrir más las cortinas, podríamos tomar mejores fotografías —comentó el hombre mientras observaba la sala—. La luz natural ayuda mucho.
Victoria asintió apenas.
—Entiendo...
Su voz sonó débil.
Elena bajó la mirada.
Antes, esa casa estaba llena de luz.
Ahora ni siquiera el sol parecía querer entrar ahí.
El consultor siguió caminando por el pasillo mientras hablaba de cifras y contratos. Elena apenas escuchaba. Su atención estaba puesta completamente en Victoria.
En cómo parecía empequeñecerse cada día un poco más.
Porque sí... seguía de pie.
Pero ya no era la misma mujer.
Y Elena lo sabía mejor que nadie.
La veía despertarse temprano intentando mantener rutinas que ya no tenían sentido. La veía fingir interés en conversaciones pequeñas para no pensar demasiado. La veía quedarse mirando fotografías por minutos enteros creyendo que nadie la observaba.
Y sobre todo...
La escuchaba llorar.
Cada noche.
Siempre en silencio.
Siempre creyendo que Elena dormía.
Al principio Elena intentó ignorarlo. No por indiferencia... sino porque sentía que entrar en ese dolor sería romper el poco control que ambas todavía conservaban.
Pero era imposible.
Porque el llanto de Victoria no era normal.
Era un llanto desesperado.
Profundo.
Como el de alguien que ya no sabía cómo seguir viviendo.
Y había algo más que inquietaba a Elena.
Algo que no entendía del todo.
Era como si la señora Victoria hablaba con alguien
Todas las noches.
Elena la escuchaba desde el pasillo cuando iba por agua o simplemente cuando el insomnio no la dejaba descansar.
—No me sueltes...
—Ya no puedo sola...
—Ayúdame a seguir...
Elena permanecía inmóvil al otro lado de la puerta cada que la escuchaba
Sin entrar.
El sonido de unos pasos la sacó de sus pensamientos.
—Señora Victoria —dijo el consultor regresando a la sala—. Honestamente creo que alquilarla será mucho más rápido que venderla ahora mismo. El mercado está complicado.
Victoria tardó unos segundos en responder.
—Sí... quizás sea lo mejor...
El hombre le mostró unos papeles mientras explicaba detalles del contrato temporal. Elena observó cómo la mano de Victoria temblaba ligeramente al sostener el bolígrafo.
Y eso le dolió más de lo que esperaba.
Porque Victoria siempre había sido fuerte.
Era de esas mujeres que parecían sostener el mundo aunque estuvieran destruidas por dentro.
Pero ya no.
El consultor terminó de hablar y comenzó a guardar sus cosas.
—Les avisaré apenas tenga noticias concretas.
—Gracias —respondió Victoria con educación.
El hombre se marchó poco después.
Victoria se quedó quieta unos segundos mirando la puerta cerrada.
—¿Está bien?
Victoria negó suavemente, dejando caer las manos y caminó lentamente hacia el sofá, sentándose como si las piernas ya no le sostuvieran el cuerpo.
Elena se acercó despacio.
—No tienes que hacer esto...
Victoria soltó una sonrisa triste.
—Debo hacerlo...
Elena sintió un nudo en la garganta. Se sentó junto a ella sin decir nada. Victoria respiró hondo intentando calmarse.
—A veces siento que esta casa me está consumiendo... —murmuró mirando al frente—. Camino por aquí y todavía espero escuchar sus voces...
Elena bajó la mirada.
Ella también.
Todo el tiempo.
—Y cuando recuerdo que ya no están... —la voz de Victoria se quebró otra vez— siento que vuelvo a perderlos...
Elena tragó fuerte.
El silencio se instaló entre ambas durante unos segundos.
Después Victoria habló nuevamente.
—Le pido a Dios que me ayude a salir de aquí...
Elena la miró en silencio.
Victoria sonrió apenas, con tristeza.
—Sé que quizás te parezca extraño...
Elena negó suavemente.
—No... extraño no...
Solo... difícil de entender.
Victoria observó sus manos.
—A veces tampoco lo entiendo yo...
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—Pero si no creyera que Él todavía puede escucharme... creo que ya me habría derrumbado por completo.