CAPÍTULO 9
La primera noche en Green Valley había pasado como un suspiro pesado.
Elena apenas recordaba haber recorrido la casa después de entrar. Todo había ocurrido entre cajas, el cansancio del viaje y el peso emocional de abandonar una vida entera atrás. Recordaba vagamente a los hombres de la mudanza dejando muebles, escuchaba la voz cansada de Victoria dando indicaciones, y luego… nada.
Solo agotamiento.
La casa olía a madera antigua, lavanda seca y lluvia vieja. Esa noche Elena apenas dejó su bolso sobre la cama antes de dejarse caer en la cama
No lloró.
Ni siquiera tuvo fuerzas para eso.
Solo cerró los ojos mientras el recuerdo de la vieja casa aparecía un instante en su mente… y luego desaparecía bajo el cansancio.
Cuando despertó al día siguiente, el sol entraba por la ventana de madera iluminando partículas de polvo suspendidas en el aire.
Por unos segundos… olvidó dónde estaba.
Hasta que escuchó el sonido de pájaros.
Y entonces recordó donde estaba.
Green Valley.
La mudanza.
La despedida.
Una nueva vida.
O al menos… el intento de una.
Elena se incorporó lentamente sobre la cama. El cuarto era sencillo, pero cálido. Las paredes de madera clara, las cortinas color crema moviéndose con el viento suave, y el aroma fresco que entraba desde afuera hacían que el lugar se sintiera distinto a cualquier sitio donde hubiera vivido antes.
Se levantó despacio y abrió completamente la ventana.
Y ahí estaba.
El paisaje.
Montañas cubiertas de verde.
Caminos de tierra.
Casas dispersas entre árboles.
El sonido lejano de gallinas y herramientas golpeando madera.
Elena quedó en silencio observando.
Era hermoso.
Extrañamente hermoso.
Y eso le hizo sentir culpa.
Porque una parte de ella estaba maravillada… mientras otra seguía enterrada en el dolor.
Escuchó pasos suaves fuera de la habitación.
Victoria.
Elena salió al pasillo y la encontró en la pequeña cocina acomodando unas tazas.
La mujer se veía cansada.
Pero desde que habían llegado… Elena había notado algo distinto en ella.
No felicidad.
Pero sí… menos oscuridad.
Como si el simple hecho de haber abandonado aquella casa hubiese aflojado un poco la cuerda que la estaba asfixiando.
—Buenos días —murmuró Elena.
Victoria levantó la vista y le sonrió apenas.
—Dormiste bastante.
—Creo que mi cuerpo decidió morir unas horas.
Eso hizo sonreír un poco más a Victoria.
—Te entiendo.
Elena tomó una taza vacía y miró alrededor.
La cocina era pequeña pero acogedora. Todo tenía ese estilo antiguo y rústico que Victoria le había descrito durante el viaje.
—La casa se siente distinta ahora que hay luz —comentó Elena.
Victoria observó alrededor.
Y algo en sus ojos cambió.
Nostalgia.
—Tu suegro amaba esta cocina… —dijo bajito—. Siempre decía que quería envejecer aquí.
Elena sintió un pequeño nudo en la garganta.
Todavía le dolía escucharla hablar de él.
De Samuel.
De todos.
Porque esa familia había perdido demasiado.
Victoria tomó aire lentamente.
—Cuando los chicos eran pequeños corrían por toda la casa… Daniel siempre rompía algo.
Eso hizo sonreír un poco a Elena.
—Samuel seguro lo acusaba.
—Todo el tiempo —Victoria soltó una risa suave—. Era insoportable.
Entonces fueron interrumpidas por el sonido de la puerta y Victoria levantó la mirada.
—Debe ser Margaret.
Fue ella quien abrió.
Y apenas lo hizo, una mujer de cabello grisáceo y mejillas rosadas prácticamente soltó un jadeo emocionado.
—Victoria…
La voz se le quebró.
Victoria también se quedó quieta unos segundos antes de abrazarla
—Margaret… —susurró Victoria.
La mujer le sostuvo el rostro entre las manos apenas se separaron.
—Mírate… ay, mírate…
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Pensé tantas veces en este momento…
Victoria sonrió apenas, visiblemente afectada.
—Sigues igual de sentimental.
—Y tú sigues creyendo que esconder el dolor funciona.
Eso hizo que Victoria desviara la mirada un instante.
Margaret entonces notó a Elena.
Sus ojos se suavizaron inmediatamente.
—Tú debes ser Elena.
Ella asintió educadamente.
—Mucho gusto.
Margaret se acercó despacio.
Y aunque Elena esperaba formalidad…La mujer simplemente tomó sus manos con cariño.
—Victoria me habló mucho de ti durante años.
Elena sintió un pequeño golpe en el pecho.
Porque escuchar eso…
después de todo lo vivido…
era extraño.
Margaret observó su rostro unos segundos más.
Y su expresión se llenó de tristeza sincera.
—Lamento muchísimo todo lo que pasó, querida.
Elena apenas pudo sonreír.
—Gracias…
Margaret dejó entonces la canasta sobre la mesa.
—Ayer no pude venir. La iglesia estuvo ayudando a varias familias y terminé ocupada todo el día.
Victoria miró la canasta.
—No debiste traer nada.
—Claro que sí debía —respondió Margaret con naturalidad—. Llegaron agotadas ayer. Era obvio que hoy no tendrían ganas ni de cocinar.
Victoria negó suavemente con la cabeza mientras observaba el pan y los dulces.
Y Elena sintió algo cálido dentro del pecho.
Porque aquella mujer no las trataba con pena.
Las trataba como si realmente estuviera feliz de tenerlas ahí.
Después del desayuno, Margaret insistió casi obligándolas a salir.
—No pienso permitir que se encierren el primer día.
—Margaret… —murmuró Victoria cansada.
—Nada de “Margaret”. Vas a caminar aunque sea un poco.
Elena observó a Victoria.
Sabía que no tenía ganas.
Lo veía en sus ojos.