El peso de las noches
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Los siguientes tres días pasaron de una forma extraña.
Silenciosos.
Como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio desde que llegamos a Green Valley.
La mayor parte de ese tiempo la pasé encerrada en mi habitación.
No porque estuviera cansada físicamente.
Sino porque estaba agotada de todo lo demás.
De pensar. De recordar. De intentar seguir adelante.
La habitación era sencilla.
Una cama de madera.
Una ventana que daba hacia el jardín trasero.
Un armario antiguo que seguramente había estado allí más años de los que yo llevaba viva.
Y aun así...
se sentía más acogedora que muchos lugares en los que había vivido.
Apoyé la frente contra el cristal de la ventana.
Afuera el viento movía suavemente las ramas de los árboles.
Algunas hojas caían. Otras simplemente se balanceaban.
Todo parecía tranquilo y sin poder evitarlo eso me hacía sentir aún más sola.
Suspiré escuchando los pasos que venían del pasillo.
Victoria.
Ella tampoco había salido mucho desde que llegamos.
A veces la escuchaba moverse por la cocina, preparar café o quedarse sentada en el porche observando el paisaje durante largos minutos.
Pero la mayor parte del tiempo permanecía dentro de casa.
Supuse que aquel lugar también removía demasiados recuerdos para ella.
Después de todo...aquí es donde ella había conocido al hombre que amó toda su vida.
Escuché unos golpes suaves en mi puerta.
—¿Elena?
—Pase.
Victoria apareció asomando la cabeza.
—Margaret vino hace un rato a dejar una canasta pero se tuvo que ir.
No pude evitar sonreír un poco.
—¿Otra más?
Victoria soltó una pequeña risa.
—Trajo dos canastas.
—¿Dos?
—Dos.
—¿Qué hay dentro esta vez?
—No lo sé...de todo. Dejé de revisar después de encontrar tres tipos distintos de pan.
Eso me arrancó una sonrisa más sincera.
—Esa mujer tiene un problema.
—No cabe duda..-Victoria sonrió.—Le gusta cuidar a las personas.
Bajé la mirada.
Y pensé que eso era precisamente lo que más me sorprendía.
Porque en la ciudad la gente no funcionaba así, todos parecían demasiado ocupados.
Demasiados interesados en sí mismos.
Pero Margaret...
Margaret aparecía cada mañana con algo distinto.
Una canasta.
Una tarta.
Frutas.
Verduras.
Mermeladas.
Sopas.
Incluso flores.
Como si hubiese decidido que no iba a permitirnos atravesar aquel proceso solas.
—No entiendo cómo puede ser tan amable —murmuré.
Victoria me observó.
—Porque la bondad todavía existe, Elena.
—No es eso.
—¿Entonces?
—Simplemente... no estoy acostumbrada.
Victoria guardó silencio.
Como si entendiera perfectamente lo que quería decir.
—Margaret siempre fue así.
—¿Desde joven?
Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.
—Desde niña.
Eso despertó mi curiosidad.
—Nunca me contaste cómo se conocieron.
Victoria soltó una pequeña risa.
—Porque llevamos siendo amigas muchos más años de los que recuerdo...
—¿Tanto así?
—Prácticamente.
Entró en la habitación y tomó asiento junto a la ventana.
Como si ella también quisiera distraerse un poco de sus propios pensamientos.
—Estudiamos juntas aquí en Green Valley.
—¿En serio?
—Éramos inseparables.
—¿Y también era tan buena entonces?
—Más bien era una pequeña mandona.
No pude evitar reír.
—No te creo.
—Lo era.
Victoria apoyó las manos sobre su regazo.
—Teníamos unos dieciséis años cuando pasó.
—¿Qué pasó?
—Conocimos a nuestros futuros esposos.
La miré interesada.
—Eso sí quiero escucharlo.
Una sonrisa suave apareció en sus labios.
—Margaret y yo estábamos caminando cerca del río. Habíamos escapado de clases.
—¿Escapado?
—No pongas esa cara. Todos los jóvenes hacen tonterías.
—Victoria...
—Bien. Continúo.
Volví a reír.
Y ella también.
—Estábamos jugando cerca del bosque cuando nos topamos con dos muchachos. Uno de ellos era Daniel. Tu suegro.- mi corazón se suavizó al escuchar ese nombre.
Victoria aún hablaba de él con una ternura imposible de ocultar.
—¿Y el otro?
—Thomas, el hombre con quien Margaret se casó años después que yo lo hiciera
—¿Fue amor a primera vista?
Victoria soltó una carcajada.
—Para nosotros sí. Para Margaret no tanto.
—¿Tan difícil era?
—Era imposible.
—¿Imposible?
—La muchacha más orgullosa que he conocido.
Volví a reír.
—Y como hizo para conquistarla?
—Fueron años en los que thomas estuvo detras de ella
—¿Años?
—Años.
La observé sorprendida.
—Debía quererla mucho.
—La adoraba.- Victoria sonrió.—Jamás vi a un hombre tan enamorado. Ni siquiera Daniel fue tan persistente conmigo, lo nuestro fue como una conexión directa...lo de ellos fueron años de insistencia, pero sobretodo valentía por luchar el uno por el otro
—Eso es algo muy fuerte
—Lo es.
Permanecimos un momento en silencio.
Luego pregunté:
—Entonces terminaron casándose a pesar de todo
—Cinco años después. Ella tenía veintitrés..
—¿Y luego?
Victoria bajó la mirada.
—Thomas enfermó.
Guardé silencio sin poder evitar que el estómago se me removiera ante aquellas palabras
—Murió cuando Margaret tenía treinta y cinco.
El nudo apareció en mi garganta.
—No tuvieron hijos?
—No. Esa fue una de las tantas crisis que tuvieron que hacerle frente.
Miré nuevamente por la ventana.
Y de repente comprendí muchas cosas.