Las historias que el pueblo guarda
Narra Elena
Abrí lentamente los ojos mientras la luz de la mañana se filtraba entre las cortinas color marfil de mi habitación.
Por un instante permanecí inmóvil.
Observando el techo de madera.
Todavía me costaba recordar que ya no estaba en aquella casa donde cada rincón guardaba un recuerdo distinto.
Ahora estaba en Green Valley.
La idea seguía sintiéndose extraña.
La noche anterior había llorado hasta quedarme sin fuerzas. Quizá por eso mi pecho dolía un poco menos aquella mañana. No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque, a veces, las lágrimas conseguían hacer un poco más liviana la carga.
Me incorporé despacio sobre la cama.
Desde la ventana entraba una suave corriente de aire que hacía bailar las cortinas con delicadeza.
A lo lejos podía distinguir las montañas teñidas por la luz del amanecer.
Jamás me acostumbraría a aquella vista.
Era demasiado hermosa.
Casi parecía una contradicción con todo lo que llevaba dentro.
Me cambié de ropa, recogí mi cabello en una coleta sencilla y bajé las escaleras siguiendo un aroma que ya comenzaba a resultarme familiar.
Café.
Y pan recién horneado.
Sonreí sin darme cuenta.
Al llegar a la cocina confirmé mis sospechas.
Margaret estaba allí.
Otra vez.
Llevaba un delantal floreado sobre un vestido azul claro y se movía con absoluta naturalidad entre los muebles de la cocina mientras acomodaba una bandeja llena de pequeños panecillos todavía calientes.
Victoria terminaba de servir café en tres tazas.
Al verme entrar, ambas levantaron la mirada al mismo tiempo.
—Buenos días, dormilona —saludó Margaret con una sonrisa amplia.
Miré el reloj que colgaba sobre la pared.
—¿Dormilona? Apenas son las ocho.
—Exactamente —respondió ella—. Llevo despierta desde las cinco.
No pude evitar reír.
—Eso no es un argumento válido.
Victoria acercó una taza hacia mí.
—No le discutas. Nunca ganarás.
—¿Siempre es así?
—Desde que tenía quince años.
Margaret levantó una ceja.
—Eso se llama ser responsable.
—Eso se llama no saber disfrutar una cama cómoda —replicó Victoria.
Las dos comenzaron a discutir con una naturalidad tan entrañable que terminé observándolas en silencio.
Era curioso.
Parecían dos adolescentes atrapadas en cuerpos de mujeres adultas.
Se interrumpían.
Se corregían.
Se burlaban una de la otra.
Y aun así era imposible no notar el enorme cariño que existía entre ellas.
Tomé asiento junto a la mesa mientras Margaret colocaba frente a mí un plato con pan caliente y un pequeño recipiente de mermelada casera.
—No hacía falta todo esto...
—Claro que hacía falta.
—Margaret...
—Si vienes a mi pueblo, comes.
—Creo que esa no es una regla oficial.
—Ahora lo es.
Victoria soltó una pequeña risa.
—No intentes convencerla de lo contrario.
Suspiré fingiendo resignación.
—Está bien...
Tomé un pequeño trozo de pan.
La mantequilla comenzó a derretirse apenas tocó la superficie caliente.
Le di el primer bocado.
Mis ojos se abrieron casi al instante.
Margaret sonrió orgullosa.
—¿Y bien?
Tragué despacio.
—Creo que empiezo a entender por qué Victoria habla tanto de tu cocina.
—Eso significa que aprobaron mi desayuno.
—Con honores.
—Perfecto.
Entonces puedo seguir trayendo comida sin sentirme culpable.
Negué con la cabeza entre risas.
—Sigues creyendo que nos vamos a morir de hambre.
—No.
—¿Entonces?
Margaret me miró durante un segundo antes de responder.
Su sonrisa se volvió mucho más suave.
—Simplemente me gusta saber que cuando alguien llega cansado a casa... encuentra una mesa donde sentarse.
Aquellas palabras fueron dichas con tanta sencillez...
que nadie respondió durante unos segundos.
Porque no hablaba de comida.
Hablaba de compañía.
De hogar.
De sentirse esperado.
Victoria fue la primera en romper el silencio.
—Siempre tuviste esa costumbre.
Margaret sonrió.
—Alguien tiene que cuidar de ustedes dos.
—Como si no fueras apenas dos años menor que yo.
—Los años nunca fueron un impedimento para mandarte.
Victoria soltó una carcajada.
—Eso sí es cierto.
Las tres reímos.
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—Bueno... ahora sí.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Ahora sí qué?
—Cuéntanos.
Victoria también levantó la vista.
—Yo también tengo curiosidad.
Las miré alternadamente.
—¿Sobre qué?
Margaret abrió mucho los ojos.
—¿Cómo que sobre qué? Sobre tu paseo de ayer.
Victoria asintió enseguida.
—Es cierto. Apenas alcanzaste a decir que había estado bien.
—Y luego llegó la cena.
—Y después terminaste huyendo a tu habitación —añadió Margaret con una sonrisa traviesa.
Sonreí con cierta vergüenza.
—No estaba huyendo.
—Claro...
—Solo estaba cansada.
—Eso dicen todos los que huyen.
Negué con la cabeza, divertida.
—Está bien... ¿qué quieren saber?
Margaret juntó las manos sobre la mesa.
—Todo.
—Eso es demasiado.
—Entonces empieza por el principio.
Tomé aire lentamente.
No sabía exactamente por dónde comenzar.
—La verdad... fue agradable.
Victoria sonrió apenas.
—Me alegra escucharlo.
—Aunque también fue extraño.
Las dos guardaron silencio.
Esperando que continuara.
—El pueblo es muy diferente a la ciudad.
—¿Para bien o para mal? —preguntó Margaret.
—Ambas cosas.
Miré distraídamente por la ventana antes de continuar.