No sé cuánto duró.
Tal vez un segundo. Quizá menos.
Lo suficiente para reconocer en su mirada al hombre que había visto el día anterior, aquel que, sin conocerme, había decidido intervenir cuando el encargado prácticamente había cerrado cualquier posibilidad de que pudiera conseguir trabajo.
No había nada extraordinario en aquel instante. Al menos, no para mí.
No sentí que el mundo se detuviera, ni que mi corazón hiciera algo absurdo, ni ninguna de esas cosas que las novelas suelen inventar cuando dos personas se miran por primera vez.
Solo me sorprendió encontrarlo allí.
Y, por alguna razón, me pregunté si él también me habría reconocido.
Su expresión no cambió demasiado. Era difícil saber qué estaba pensando. Después de todo, apenas nos habíamos cruzado unas palabras.
Yo tampoco tenía nada que decirle.
Bajé la mirada hacia mi plato.
Fue entonces cuando sentí un pequeño golpe en el hombro.
—¿Puedo sentarme aquí?
Levanté la cabeza.
Una muchacha estaba de pie a mi lado, sosteniendo su bandeja con ambas manos.
Era joven. No mucho mayor que yo. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y una expresión tan abierta que resultaba imposible imaginarla preguntando algo por simple compromiso.
Miré el asiento vacío frente a mí.
—Claro.
—Gracias.
Se sentó inmediatamente.
Colocó la bandeja sobre la mesa y, antes siquiera de comenzar a comer, me tendió la mano.
—Soy Flor.
La miré durante un instante.
—¿Flor?
Ella soltó una carcajada.
—Sí. Flor. Como las flores.
Sonrió como si hubiera tenido que explicar aquello cientos de veces.
No pude evitar sonreír también.
—Es bonito.
—A mí me gusta. Aunque cuando era niña odiaba que me preguntaran si mis padres tenían un jardín.
Solté una pequeña risa.
—¿Y lo tenían?
—No.
Hizo una pausa.
—Pero mi madre sí tenía demasiadas flores en la cabeza. Decía que un nombre debía servir para recordar algo bonito.
Miré su rostro.
Había algo peculiar en ella.
No parecía esforzarse por caer bien.
Simplemente era así.
Abierta.
Espontánea.
De esas personas capaces de hablar con alguien que acababan de conocer como si llevaran años sentándose a la misma mesa.
—¿Y tú eres Elena, verdad?
Asentí.
—Sí.
—La de Nueva York.
No pude evitar suspirar.
—Ya veo que las noticias viajan rápido.
Flor sonrió.
—Aquí llegan antes que las personas.
Eso me hizo reír.
—Eso parece.
—No te preocupes. En unos días dejarás de sorprenderte.
Tomó un bocado de comida y comenzó a comer con absoluta tranquilidad.
Yo intenté hacer lo mismo.
Pero mi atención regresó, casi sin querer, hacia el lugar donde había estado aquel hombre.
El espacio estaba vacío.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Se fue a los otros campos
Volví inmediatamente la mirada hacia ella.
—Disculpa?.
Flor levantó ambas cejas.
—Lucas…fue a revisar algunos cultivos de otros campos vecinos…lo suele hacer a esta hora
—Yo....
—Tranquila, me di cuenta que mirabas en su dirección con curiosidad…por eso hice el comentario
—Ah.
Dio otro bocado.Ninguna dijo nada más en los siguientes minutos hasta que la curiosidad me ganó sin poder evitarlo
—Así que…Lucas?
—¿Qué pasa con él?
—Dijiste que se llamaba Lucas.
—Así es…Lucas Beltrán.
Flor señaló distraídamente hacia la puerta por donde él había desaparecido.
—Es el dueño de todo esto.
Me quedé mirándola.
—¿Él?
—Sí.
—No lo sabía.
Flor pareció divertida por mi reacción.
—¿Pensabas que era uno de los trabajadores?
—No exactamente.
Me detuve.
—Solo... no sabía que él era el dueño.
Y entonces recordé el día anterior.
La calle.
El encargado.
La discusión.
La voz de aquel hombre diciendo que podía intentar darme una oportunidad.
—Es el mismo...-murmuré.
Flor dejó el tenedor sobre el plato.
—¿El mismo qué?
—El hombre que me ayudó ayer.
Ella abrió los ojos.
—¿Lucas te ayudó?
Asentí.
—No sabía quién era.
—Eso sí que es nuevo.
—¿Por qué?
Flor se encogió de hombros.
—Porque normalmente él no se encarga de interceder por las personas que quieren trabajar en este lugar…eso lo hace alguien más.
Sonrió.
—Aunque tú llegaste hace poco. Supongo que tienes permiso para no enterarte de nada.
Me reí suavemente.
—Me parece justo.
Durante unos segundos continuamos comiendo.
Pero había algo que seguía rondándome la cabeza.
Una pregunta que no tenía demasiada importancia.
O al menos eso me decía.
—Flor...
—¿Sí?
—El hombre de ayer...
Ella levantó la mirada.
—¿Cuál?
—El señor que estaba hablando con el encargado.
Flor pareció entender inmediatamente.
—Ah.
Hizo una pequeña mueca.
—Ricardo.
—¿Ricardo?
—Sí. El señor Ricardo.
Su expresión cambió ligeramente.
—Es... especial.
No pude evitar sonreír.
—Eso parece.
—¿Ya hablaste con él?
Asentí.
—Ayer.
Flor dejó escapar un pequeño suspiro.
—Entonces ya lo conociste.