La primera semana de clases transcurrió con normalidad. Fui asignada al grupo intermedio en combate junto con Yvaine, Melian y Sorin. Solo los de último año y expertos como Sylvan fueron asignados al grupo avanzado.
Retomamos la rutina del año anterior, cuando Yvaine y Sylvan apenas comenzaban a interactuar. Ellos fueron por nosotras todos los días al dormitorio; nos acompañaban hasta la puerta de nuestra aula y se iban si tenían otra clase. Al final del día nos reuníamos en la biblioteca para terminar nuestros pendientes.
Para el fin de semana, Azura había terminado de adaptarse a la rutina y cada día se volvía un poco más apegada a nosotras.
Las invitaciones para el Aeternus aparecieron sobre las mesas de noche el miércoles al amanecer. Tres pequeños pergaminos enrollados que contenían toda la información necesaria.
Cada año, el primer sábado después del inicio a clases, todo el alumnado se reunía a la entrada del bosque. Amelie daría un breve discurso y, tras susurrar un corto rezo, frente a nosotros las puertas al Aeternus se harían presentes.
— Según la leyenda, si alguien logra fluir como uno mismo con la corriente, los dioses del Aeternus te bendecirán con esa habilidad que más necesites – contaba Yvaine con emoción. – Ahí dentro incluso el tiempo es diferente.
— ¿Qué tan diferente?
— Transcurre diferente – expliqué casi tan emocionada como mi amiga – Una hora ahí es apenas un minuto acá afuera.
El Aeternus siempre fue mi lugar favorito. Podría admirar la hermosa y exótica flora, sumergirme en el agua destellante de las cascadas hasta dormirme o explorar hasta encontrar a la diminuta criatura que aún se cree que habita ahí. La última nacida en el Aeternus.
. . .
— Et hortus Semper sit Aeternus.
Como cada año, las puertas de cristal aparecieron frente a nosotros tras entonar su llamado todos juntos. Amelie tocó el cristal con la punta del dedo tres veces y, como si no pesaran, empujó las puertas en par.
Me hice espacio entre todos hasta las cascadas. Mis cascadas. Un par de fuertes corrientes que caían al fondo del Aeternus. Había que hacerse camino entre las pequeñas montañas de piedra amontonada y aguantar la respiración un minuto para cruzar esa pequeña cueva bajo el agua para llegar.
Encontré "mi escondite" en el Aeternus de mi segundo año y desde entonces, sin falta, asistía cada año para recibir un mensaje de la corriente.
Había algo en aquel par de cascadas que me atrajo desde el inicio. Como si me estuvieran hablando; como si el agua que acariciaba mi espalda escuchara mis penas y, de alguna manera, me daba la solución a mis problemas.
Sentarse ahí era casi como presionar un botón que estaba oculto en mí; el que liberaba todo aquello que me atormentaba al instante. En alguna ocasión le conté todos los problemas con mi madre y esa misma noche, ella viajó hasta Kandvo para disculparse.
Solté todo lo que nunca le dije a nadie, incluyendo a los Kandvo.
Esa tarde lloré al pie de la cascada; no pronuncié una sola palabra, pero sabía que podían escucharme. Recordé aquel día y todos los posteriores; de alguna manera, les permití ver todos esos recuerdos borrosos. La corriente me abrazó.
Su mensaje llegó a mi como una veroia que flotó en el agua hasta chocar con mis pies y por primera vez después de meses, me sentí tranquila.
— ¡Dicen que si se enfadan se vuelven peligrosas!
— Son viejas amigas. – Mi respuesta le provocó una ligera risa – ¿Estuvieron buenas las fiestas, Karalis?
— Aceptables. Me hizo falta una rizada esconderme.
Le di un ligero golpe en el hombro cuando se sentó a mi lado. Tomó la veroia del agua y la atoró en mi cabello tras la oreja. Se veía cansado, con enormes bolsas bajo los ojos.
— Aun no entiendo por qué vienes hasta acá sola.
— Es un muy buen masaje.
— ¿Eso es todo? ¿El masaje? – la flama en sus ojos me advirtió que desconfiaba, pero sería difícil explicarle que las cascadas me hablaban – ¿No vendrás aquí por un deseo?
— No sabía que las cascadas pudieran conceder deseos. ¿Tú lo has intentado?
— En el primer año, sí.
— ¿Se te concedió?
Bajó del pequeño escalón sobre el que nos encontrábamos sentados sin darme una respuesta. Se alejó un poco y me extendió la mano; al tomarla, me acercó a él de un tirón hasta quedar al frente suyo. Cerró los ojos y me dio un ligero apretón, pidiéndome que hiciera lo mismo.
Cerraba los ojos al estar bajo la cascada, pero nunca me había detenido a observarla desde ahí, de perfil a la corriente. El agua que golpeaba la superficie nos salpicaba directo al rostro, obligándonos a mantener los ojos cerrados casi todo el tiempo. Por más que intenté abrirlos, era imposible sin colocar la mano para crear una barrera.
— Deseo que mi vida en Kandvo esté siempre en mi memoria – él también bloqueo el agua con la mano, abriendo los ojos para encontrar mi mirada. – Es tu turno.
— No hay nada que desear. Creo que ya tengo todo lo que quiero por ahora.
— Siempre hay algo que queremos. ¿No hay nada que desees con todo el corazón?
Sus palabras dieron vueltas en mi cabeza y en mi pecho creció un doloroso nudo cuando recuperé ese recuerdo.
— Eso es un secreto.
— Entonces vuelve a cerrar los ojos y pídelo en tu mente.
Me dedicó una sonrisa y se dio la vuelta, dándome la espalda para dejarme "a solas" con la cascada. Dejé que el agua volviera a golpearme el rostro con esa delicadeza tan suya y pedí aquel deseo en un susurro que el viento se llevó.
Volví a abrir los ojos cuando la mano de Sorin me apretó el brazo.
Me convenció de volver con él al centro del Aeternus, donde la fiesta comenzaba a desenvolverse. Ambos nos acercamos a Azura. Estaba sola entre la gente, buscando a alguien que pudiera acompañarla. Su cuerpo entero se relajó en tanto nos vio. Llegó directo a tomarnos la mano a ambos con un brillo impresionante en los ojos, comenzó a hablar y las palabras salían tan rápido que no logré entender ni la mitad de lo que decía.
A juzgar por la mueca de Sorin, él tampoco había entendido lo suficiente para completar una oración.