Hace cuatro años, Instituto Kandvo.
Al fin había llegado el momento con el que anhelaba desde pequeña.
Mis padres habían sido estudiantes de Kandvo, una de las primeras generaciones, y había crecido rodeada de historias sobre esos años en los que se conocieron.
En aquel entonces, parecía que faltaba toda una vida para pisar los mismos pasillos que guardaban tantos recuerdos; me resultó increíble pensar que en un abrir y cerrar de ojos, yo estaba teniendo mi propio dormitorio en Kandvo.
Las historias de mis padres en este lugar siempre tenían algo que provocaba un vuelco en mi corazón. Una extraña sensación de pertenencia que me provocaba cierta nostalgia.
Recorrí los pasillos con una enorme sonrisa, reconociendo cada rincón del que alguna vez escuché, como la fuente donde mi madre empujó a la señora Orson; o el tercer escalón camino a la biblioteca donde papá se hizo esa cicatriz de la frente. Fue como si esos recuerdos se materializaran frente a mis ojos en ese instante.
El piso del recibidor, antes con un extravagante diseño había sido reemplazado por una enorme pieza azulada y liza que se extendía hasta la siguiente habitación. Por alguna razón, ese pequeño detalle le quitó vida al Kandvo que yo había imaginado por tanto tiempo.
El salón principal era tal y como mis padres lo habían descrito: de techos altos y ventanales de doble altura que lo iluminaban día y noche; mesas viejas apiladas al fondo y cientos de sillas de distintas formas y tamaños que pronto se ocuparían con mis compañeros.
Poco a poco todos entraron tan nerviosos como yo. Con las manos sudadas y sonrisas que utilizaban para disfrazar los nervios. No éramos muchos. Decir que treinta alumnos habían llegado sería casi una exageración.
No me di cuenta del momento en que la directora entró al salón. Se postró en el escenario frente a nosotros con la espalda erguida y el cabello bien arreglado permitiendo que sus ojos se llevaran toda la atención.
No escuché la primera parte del discurso. Estaba demasiado concentrada en observar a todos y hacerme una idea de su forma de ser a base del comportamiento que demostraban en ese momento. Pensar que alguien estuviera haciendo lo mismo conmigo me regresó a la directora, ahora concentrándome en sus palabras.
—El instituto ha sido hogar de generaciones y espero que se convierta también en el suyo. Nos veremos pronto en el Aeternus. ¡Bienvenidos a Kandvo!
Todos se levantaron de sus asientos y se acercaron a uno de los tres profesores presentes. Confundida, pero siguiendo al resto, caminé detrás de una compañera de cabello negro, confiando en que ella supiera qué hacer. Se unió a un grupo ya formado que emprendió su camino de inmediato, obligándome a integrarme al único que quedaba.
El profesor era un hombre alto de barba tupida que nos esperaba con la mirada más delicada que había visto en alguien.
Espero a que estuviéramos todos y, sin decir nada, dio media vuelta y comenzó lo que sería el recorrido. Llamó mi atención una larga cabellera naranja al frente del grupo que destacaba entre el resto. Quizás sintió mi mirada encima. Volteó a verme en el preciso instante en que intenté acercarme con un semblante serio que, en un parpadeo, se convirtió en una cálida bienvenida.
—¿Nerviosa?
—Confundida en realidad.
Sin saberlo en ese momento, esa voz tan vigorosa se convertiría en el motivo de todas mis risas durante los próximos años.
Mi aburrimiento y su desinterés terminaron por convertir el recorrido en un juego. Nos las ingeniamos para ocultarnos de la mirada del profesor Pierson y nos escabullimos por las escaleras hasta el recibidor del edificio principal.
Corrimos hasta los dormitorios tan rápido como pudimos sin perder la cautela para no ser descubiertas por algún otro grupo. Los pasillos del edificio de dormitorios generaban un eco abrumador con cada pisotón, pero no nos detuvimos hasta que llegamos al final del primer piso.
—Esa es mi puerta, la última a la derecha. —soltó una risita antes de rodearme el cuello con el brazo—. ¿Qué pasa?
—Tu eres la que dejó las maletas tiradas.
Había encontrado a mi compañera. Regresamos al grupo después de una larga plática sobre nuestras vidas antes de Kandvo y lo que esperábamos de los siguientes.
Yvaine Ghrei era, hasta ahora, la persona más dinámica con la que había pasado mi tiempo.
En cuestión de días, la pelirroja y yo íbamos juntas a todos lados. Celebramos cuando nos asignaron las mismas clases y reímos cada tarde cuando Yvaine se apresuraba a terminar las tareas que se le acumulaban durante la primera semana.
El sábado por la mañana, Melian tocó la puerta del dormitorio con un par de pergaminos en las manos. Las invitaciones al Aeternus.Yvaine corrió a su armario, buscando algo que usar mientras Melian entraba al dormitorio. Se recargó sobre mi armario, observando toda la habitación como si buscara algo en ella.
Traté de imaginarlo ahí; años atrás cuando su dormitorio sería uno como este, pero restarle altura y suavizarle los pómulos me resultó un reto imposible.
Atrapó una camiseta que Yvaine aventó para pedirnos su opinión, entregándomela junto con el par de pergaminos.
—Tienen veinte minutos para alistarse y vendré por ustedes con el resto de su grupo.
—¿Grupo? —Melian asintió.
—Cinco alumnos por grupo. Les tocará con los gemelos y otro chico.
Yvaine se detuvo en seco al encontrar el vestido que parecía haber estado buscando desde el inicio y desapareció el tiempo suficiente para permitir que me cambiara. Melian me revolvió el cabello y salió con una sonrisa tras entregarme el par de pergaminos en la mano.
Saqué de mi propio armario la bermuda que mi madre usó en su primer Aeternus. Una vieja prenda de mezclilla que permanecía unida por todos los bordados que mi madre le habría otorgado a lo largo de los años. Incluso una bermuda tenía su historia.