Dos trazos. Una línea vertical y la otra, de izquierda a derecha, formando un pico cuyo trazo final sube mas allá de la primera línea en una curva. Me tomó toda la primera semana dominarlo. Tardes de asesorías con el profesor Pierson y cientos de trazos fallidos que no pudo activar.
Quizás era el calor de la chimenea que me rodeaba en un abrazo tan cálido que el sueño se apoderaba de mí, o quizás el extraño olor a viejo de los libros que hacía que me picara la nariz. Cualquiera que fuera el motivo, había algo que no me dejaba concentrar. Cambiamos de escritorio todos los días; pero aquellos lejos de la ventana no tenían suficiente iluminación, y los pupitres al centro estaban siempre tan ocupados que me resultó aún más difícil mantener la mente sobre las runas frente a mis ojos.
—Hay algo más, señorita Sloane. ¿No es cierto?
Su voz hizo me pareció un eco difícil de descifrar. El profesor cerró todos los libros y los apiló a la perfección a un lado. Recargó los codos sobre la mesa y su barbilla sobre sus manos entrelazadas, me observó con los ojos entrecerrados, como buscando algo que le dijera la verdad. La incomodidad creció en mí, sintiendo el ambiente más pesado y todo lo que
antes ya me atormentaba me hizo escupir las palabras.
—La biblioteca no es mi lugar favorito en este momento —no pude verlo directo a los ojos, lo que me delató de inmediato—. Y hace poco supe de algo raro con mis sueños y recuerdos y, creo que eso me está volviendo loca.
—Creo que la entiendo. Por más que lo intenta, no puede olvidarlo ¿no es cierto? —asentí, moviendo mi pierna con desesperación bajo la mesa—. Sé que no me ha pedido un consejo, pero podría ayudarla.
—Adelante. Cualquier cosa es de ayuda.
—Bien. ¿Sabe que lo está ocasionando?
Negué.
—¿ Y hay algo que usted pueda hacer para cambiarlo o evitarlo? —negué, confundida por la sonrisa que creció en su rostro— Ahí tiene su respuesta.
Me quedé en silencio unos minutos, tratando de descifrar lo que estaba tratando de decirme. Su sonrisa escaló a una carcajada que se apagó en un suspiro al recoger todo.
—Si no hay nada que hacer al respecto, eso significa que está fuera de sus manos y por más que lo intente, seguirá igual.
—Pero me afecta directamente.
—Lo sé. Pero si todos sus intentos por arreglarlo la llevarán al mismo final, o a ningún final en absoluto, quizás sea mejor dejar que pase y concentrarse en resolver lo que si tiene solución. Como las runas, por ejemplo. Sé que no es fácil, pero tampoco es imposible.
Cerró su maletín y deslizó por la mesa una hoja con las runas que se supone tenía que estar aprendiendo y la fecha del próximo viernes al borde. Se despidió dejando un caramelo sobre la mesa y una sonrisa que probablemente mantuvo durante todo su recorrido.
—¡Descanse hasta entonces!
La bibliotecaria lo regañó a la entrada, haciéndome reír a mí.
Su reflexión pasó a primer plano en mi mente. Tenía otras cosas de las que preocuparme, y aunque no era sencillo, con el paso de algunos días fui capaz de fijar mi mente en una cosa a la vez. Las preguntas seguían interrumpiéndome durante el día, pero aprendí a hacerlas a un lado en segundos; las noches se volvieron mi único problema, ese momento del día en que lo único que puedes hacer es estar contigo. A esas horas de la noche, esas en las que no había vida en los pasillos, el silencio recibía ese tormento con los brazos abiertos.
—Los hermanos subieron hasta la cima, con flores y un sombrero refinado. Donde su madre los esperaba, recostada sobre su padre en eterno descanso.
Encontré refugio en la lectura. Me arrullaba a mi misma con la historia del mismo viejo libro de poemas de siempre. Nunca llegaba al final, mi cabeza pesaba demasiado cerca del ultimo fragmento y los parpados se me cerraban enseguida.
El sábado en la madrugada me despertó la mano de Azura, picándome el brazo con miedo de despertarme, aunque esa fuera la intención.
—Te buscan en la puerta.
Su voz sonaba aún más ronca de lo normal, y cuando encendí la lampara de noche, me encontré con esos enormes ojos hinchados y el cabello alborotado. Salimos de mi habitación camino a la puerta. Azura arrastró los pies hasta su habitación y se dejó caer sin cuidado a la cama. Cerré la puerta antes de salir.
Sorin estaba más que despierto. Listo para salir con esas botas altas y gabardinas que me parecieron exageradas para el ligero viento que a penas llegaba a Kandvo.
—¿Una última aventura? —me extendió un pequeño sobre. Esa sonrisa disimulada en sus labios y el brillo en sus ojos en el que no me atreví a indagar—. Te prometo que esta si es la última.
—Las ultimas siete fueron "las últimas".
Dentro del sobre encontré la vieja postal de una casa de manera con el sello de los Karalis en la esquina superior. Había un pequeño mensaje escrito en cursiva con tinta azul, un texto que me costó descifrar. Algo sobre las montañas el sábado y el Pontiac de su abuelo.
—Es de Deimos, me pidió que lleve a un acompañante.
Esta vez, me atreví a ver más allá. La flama en sus ojos brillaba en un blanco casi transparente, un claro indicador de que sus palabras no eran tan honestas como quería aparentar. Del centro, un tenue azul empezó a crecer e intensificarse; se había dado cuenta.
Cuando regresé mi atención a su rostro, pude reconocer esa mezcla de preocupación y enojo en su entre ceja al que ya me había acostumbrado.
—¿Qué parte es la mentira?
—No te lo diré. Acompáñame, por favor.
—No deberíamos salir y menos sin autorización de Amelie.
—Yo me encargo de eso —tomó mi muñeca con ambas manos, acariciándome la piel con el pulgar—. Te ayudaré con las runas todo el camino de ida y regreso.
No pude decirle que no. Y aunque me esforzaba por apegarme a las reglas, algo en mi se empeñaba siempre en seguir a Sorin en sus locuras.
Me cambié el pijama por un conjunto más adecuado, algo similar a lo que Sorin llevaba. Empaqué mi mochila con los libros de runas y apuntes que había estado utilizando las tardes en la biblioteca, al igual que un par de calcetines extra. Tardé en encontrarla, pero al final mi gabardina estaba al fondo del armario, mal doblada entre el resto de abrigos que era muy temprano para colgar.