Hace cuatro años, Instituto Kandvo.
El collar de Hera combinaba bien con el uniforme.
Las primeras semanas en Kandvo pasaron lento, tan lento que se sentía como vivir tres días en uno solo; la mayoría de las clases eran monótonas, presentaciones, evaluaciones diagnosticas e introducciones a las materias que duraban más clases de las necesarias. Yvaine no paraba de quejarse con lo mismo y terminó por contagiarme sus ánimos. Cada clase nos sentamos al fondo, en una de las mesas al centro desde donde los profesores no podían vernos con facilidad. Yo me encargaba de escuchar y anotar todo, ella de contarme cualquier cosa que nos mantuviera en la cordura.
Adoptamos la costumbre de comer cerca de la fuente en el jardín sobre una vieja cobija que Yvaine denominó como multifuncional, asegurándome que no habría problema en ensuciarla. Después de unos días, Dillon se nos unió con nada más que un enorme apetito e increíble habilidad de convencimiento. Cada mañana, después de clases, llegaba corriendo en espera de su mitad de todo con un detallado resumen de su día; nunca le dijimos que no, a partir del cuarto día comenzamos a llenar de más nuestras charolas.
—Siento que le falta sabor.
—Eso dices siempre, Dillon —ellos se llevaban pesado, yo todavía no tomaba suficiente confianza—. A la próxima deberías acompañarnos por la comida, así puedes elegir.
Él respondió con una mueca, yo solo me reí como de costumbre. La brisa de la fuente y el olor al césped me daban calma y energía al mismo tiempo, eso aunado a las ocurrencias de mis amigos, eran suficiente para terminar bien lo que restaba del día. La fuente nos salpicaba de vez en cuando, el aire cantaba con los arboles del bosque que nos rodeaba y la mayoría de los estudiantes desayunaban en el comedor, regalándonos un cómodo y medianamente silencioso almuerzo. Disfrutaba el simple hecho de estar ahí.
Con el paso de los días me había quedado sin anécdotas de mis padres que contarles a mis amigos, y cumpliendo mi promesa con los Orson, no hablaba de ellos; Melian insistió desde el año anterior —cuando Jaques ingresó— en crear nuestras propias experiencias y buscarnos solo en casos ocasionales y necesarios.
Comía en silencio, riendo y comentando ocasionalmente. Yvaine y Dillon hablaban de cualquier cosa sin dudar, escupían lo primero que le llegara a la mente y de alguna manera, el otro siempre tenía algo que agregar.
—Por cierto, invité a unos amigos hoy, espero que no sea un problema.
—¿Tienes amigos? —eso le ganó un empujón que la tiró al piso— ¿Quiénes son?
—Uno de ellos va con ustedes en Principios, ya no deben tardar.
Percibí a Sylvan a lo lejos, ya caminaba hacia nosotros con una sonrisa, acompañado del rizado que en ocasiones veía en la biblioteca; en ese momento, viéndolos juntos, pude reconocerlos como la dupla que había llamado mi atención en el Aeternus. Se sentaron junto a Dillon con las bandejas en el centro y una ligera sonrisa que los hacía ver familiares. Sylvan lo presentó como su mejor amigo de pañales, Sorin Karalis. Para estudiar en el mismo año y llevarse tan bien con el castaño, me sorprendía que no hubiéramos interactuado antes.
—Nos volvemos a encontrar —Sylvan tenía un tono de voz peculiar que llamaba siempre la atención en clases, suave pero firme—. No pude descifrar de qué hablaban hoy.
—Le hablaba a Dahra de mis planes para ir a Vicwan en el verano.
—Vicwan, yo soy de Vicwan.
El resto vimos a nuestros amigos iniciar una conversación a la que no se molestaron en incluirnos. La mirada de Sorin bailaba entre Yvaine y Sylvan cuando cada uno hablaba; parecía estar imaginando todo, haciendo muecas que confirmaban o negaban lo que su amigo decía con discreción. Yvaine no se daría cuenta, aunque lo hiciera frente a sus ojos.
Después de un rato logramos escapar de tan incómoda situación con la excusa de ir por más comida, aun cuando las bandejas que ellos habían llevado seguían intactas. Estaban tan metidos en los ojos del otro que nunca estuvimos seguros de que nos hubieran escuchado.
—No sabía que era tan en serio, pero ya me había cansado de que todo lo que dijera fuera sobre ella.
Sorin abrió de más los ojos pidiéndole que parara, pero si había algo en lo que Dillon era pésimo, eran las indirectas.
—Dahra ¿Yvaine había dicho algo sobre Sylvan?
—A veces, cuando interactúan en clase.
Era una enorme mentira. Había estado escuchando hablar a Yvaine sobre Sylvan desde la primera clase de Principios sin parar, había escuchado desde su cabello, su voz y sus lunares hasta como había escuchado cientos de cosas sobre su familia. Nunca hablamos de algún viaje a Vicwan, ella sabía que Sylvan era de aquella isla y se había tratado todo sobre una estrategia para tener algo en común de lo que hablar.
Tomamos asiento en una de las mesas junto a los ventanales, desde ahí podíamos verlos completamente hipnotizados en la mirada del otro. Comencé a emocionarme por ella. Dillon no dejaba de quejarse de lo mucho que Sylvan hablaba sobre Yvaine y yo no podía dejar de pensar en lo mucho que quería correr a contarle.
—Si voy me obligará a confirmar sus anécdotas, —se escusó Sorin— tuve suerte de que lo hiciera antes.
—¿Dahra? Por favor...
—Va a querer que me quede para darle confianza, no puedo. Eres tú única esperanza.
El exagerado gesto de súplica que mantuvo los anteriores diez minutos se transformó en un segundo a un rostro serio que lo acompañó todo el camino hasta la fuente. Sylvan lo tomó del abrazo y lo obligó a sentarse de un jalón; justo lo que nosotros nos temíamos y de lo que creímos él estaría libre.
—Al menos podrá comer lo que quería...
—¿Ustedes ya se conocían? Me refiero a Yvaine.
—La conocí aquí, en Kandvo, pero se siente como si nos conociéramos hace años —podía sentir su mirada encima—. Sylvan mencionó que son amigos desde pequeños ¿No?
—Junto con otros amigos, sí. Pero él siempre ha sido mi mejor amigo, somos como familia.