Aetheria

EL TORNEO DE LA UNION

Cada año, llegaba el gran día: el Torneo de la Unión. Todos los guerreros más hábiles de los cuatro clanes viajaban a la Isla Sagrada. Allí, en una gran arena de piedra blanca, se enfrentaban en combates justos y regulados. No se trataba de destruirse, sino de demostrar el valor, el honor y el poder de su pueblo. El ganador obtenía el título de Campeón de Aetheria y su clan tenía el honor de custodiar el Gran Cristal —la fuente antigua que mantenía el equilibrio de todo el planeta— durante un año entero. Era la única época en que convivían, siempre bajo estricta vigilancia, recordando siempre la barrera que jamás debían cruzar.
Este año, la expectativa era mayor que nunca. Del Clan Zéfiro venía Lira, una joven que podía moverse tan rápido que apenas se veía, como un fantasma. Del Clan Ignis llegaba Kael, un guerrero cuyo fuego era azul, más caliente y poderoso que el de cualquiera de su generación. Del Clan Hidros participaba Naiad, maestra en convertir el agua en hielo o en cortantes agujas. Y del Clan Terra, venía Goran, capaz de levantar muros de roca con un solo movimiento de su mano.
Durante los días del torneo, Lira y Kael se cruzaron muchas veces. Entre miradas y palabras breves, nació algo prohibido: una conexión que no entendían, pero que no podían evitar. Sabían la ley, conocían el precio, pero sus corazones empezaron a romper las reglas sin que pudieran detenerlo.
Las eliminatorias fueron espectaculares. Los combates mezclaban velocidad, fuego, agua y tierra en un espectáculo deslumbrante que dejaba a todos los espectadores con la boca abierta. Tras muchas batallas, la final quedó entre Lira, la veloz del viento, y Kael, el guerrero de fuego azul.
El enfrentamiento fue increíble. Lira se movía por todo el campo, esquivando cada llamarada y lanzando ráfagas que hacían perder el equilibrio a su rival. Kael, con paciencia, cubría el suelo de fuego para reducir los espacios donde ella podía moverse, lanzando columnas de llamas que iluminaban todo el cielo.
En el momento decisivo, Lira aprovechó una abertura y se lanzó a toda velocidad hacia él, con el puño listo. Kael, en lugar de atacar, levantó una barrera de fuego suave, que no quemaba, sino que envolvió el aire. El viento de Lira chocó contra esa barrera y, en lugar de detenerse, giró y se combinó con el fuego, creando un remolino de luz y calor que iluminó la isla entera.
Ambos cayeron al suelo, agotados, sonriendo. No hubo un solo ganador. Los ancianos, sorprendidos, declararon que ambos eran campeones, pues habían demostrado que sus fuerzas podían complementarse en armonía.
Pero la alegría duró poco. Meses después, se descubrió la verdad: Lira esperaba un hijo de Kael.
El pánico estalló en todo Aetheria. Se cumplía la profecía: el niño que venía no tenía poder de viento ni de fuego. Desde el vientre de su madre, ya se sentía una energía oscura que marchitaba las plantas y agrietaba la tierra a su paso. Era un Desviado, destinado a destruirlo todo.
Y llegó el momento de cumplir la sentencia. Como marcaba la ley, se anunció que la mitad del Clan Zéfiro y la mitad del Clan Ignis serían ejecutados al amanecer, para pagar el pecado de sus miembros y tratar de evitar que el niño naciera y causara la ruina total.
Lira y Kael, arrepentidos y desesperados, comprendieron entonces la verdadera razón de la ley que antes les parecía tan cruel. Habían podido luchar juntos, habían podido admirarse y respetarse, pero la naturaleza de sus poderes y de su mundo hacía imposible que unieran sus vidas más allá de la amistad. Su amor, tan hermoso como prohibido, se había convertido en la mayor tragedia que sus islas habían visto jamás.
Ese día, entendieron que en Aetheria, la unión de los poderes era maravillosa en la batalla, pero fatal en la sangre. Y la vieja regla, que durante siglos pareció injusta, fue recordada para siempre como el único muro que separaba a su mundo de la destrucción total.




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