Aetheria

Las Cinco Islas de Aetheria: El Secreto Oculto

Pasaron más de trescientos años desde aquella tragedia que marcó para siempre la historia de Aetheria. La ley que prohibía la unión entre clanes se volvió aún más estricta, enseñada desde que los niños apenas podían hablar, grabada en piedra y en la memoria de todos. Nadie volvió a cometer el mismo error, y durante siglos, el miedo a los Desviados pareció quedar solo en las leyendas antiguas. Los clanes seguían reuniéndose cada año en la Isla Sagrada para el Torneo de la Unión, luchando, conviviendo y comerciando, siempre respetando la barrera que jamás debían cruzar. Nadie imaginaba que, en las sombras, el peligro había vuelto a nacer.
Hacía ya veinte años, en los límites más lejanos y salvajes de la Isla de los Vientos, en una zona donde nadie solía ir, una mujer del Clan Zéfiro y un hombre del Clan Ignis, ignorando toda advertencia y cegados por un amor prohibido, rompieron la ley sagrada. Tuvieron un hijo, pero a diferencia de lo que decían las antiguas historias, este niño no irradiaba energía oscura ni marchitaba la tierra a su paso. Nació tranquilo, silencioso, y su poder era extraño, sutil y casi indetectable: podía entrar en la mente de las personas, manipular sus pensamientos y controlar su voluntad, pero solo en aquellos que tenían poco poder de combate o poca fuerza interior.
Por eso, nadie lo descubrió nunca. No despertaba alarmas, no causaba caos visible. Era un Desviado, sí, pero de una clase distinta: su poder no era destructivo de forma inmediata, sino venenoso y lento. Creció en secreto, escuchando las historias de sus padres, aprendiendo sobre la tragedia de hace siglos, y alimentando en su corazón un odio profundo hacia todos los clanes, hacia sus reglas, hacia su equilibrio y hacia todo lo que representaban.
Cuando cumplió quince años, su naturaleza oscura se reveló por completo. Sin dudarlo, y usando su poder mental para nublar la razón de sus propios padres, los mató con sus propias manos. No sentió dolor ni remordimiento; al contrario, sintió que por fin era libre. Desde ese día, vivió completamente solo, escondido entre los acantilados y los bosques inaccesibles de la frontera de la isla. Nunca se dejó ver por nadie, nunca habló con nadie, y aprendió a moverse como una sombra, aprovechando su herencia del viento para pasar desapercibido. Se hizo llamar Sombra.
Durante años, observó, estudió y esperó. Conoció las costumbres de cada clan, su forma de pensar, sus debilidades. Y entonces, trazó su plan, un plan maligno y perfecto, diseñado para destruir Aetheria para siempre.
Sabía que él solo, aunque poderoso, no podía acabar con todos los guerreros de los cuatro clanes. Necesitaba algo más fuerte, un Desviado mucho más poderoso que él, capaz de causar la destrucción absoluta que las leyendas describían. Y sabía exactamente qué mezcla de poderes sería la más letal: la unión entre el Clan del Viento y el Clan del Agua. El aire y el mar, dos elementos que juntos forman las tormentas más terribles, los huracanes que lo arrasan todo. Un hijo nacido de esa unión tendría un poder descomunal, capaz de destruir islas enteras, y sería el arma perfecta para su venganza.
Comenzó a actuar con paciencia y precisión. Usando su poder mental, salía solo de noche, buscando siempre a jóvenes con poco poder, personas fáciles de controlar. Primero, encontró a Rian, un joven del Clan Zéfiro, ágil pero débil de mente, que vivía cerca de los límites de la isla. Sombra se metió en su cabeza, nubló su juicio y le plantó una obsesión profunda: el deseo de conocer el mar, de viajar a la Isla de las Aguas, de encontrar a alguien que le entendiera, alguien que no fuera de su propio clan.
Luego, cruzó en secreto hasta las costas de la Isla de las Aguas, aprovechando una noche de tormenta donde nadie vigilaba, y encontró a Maira, una joven del Clan Hidros, dulce y talentosa, pero con una fuerza interior muy baja, que soñaba con ver más allá de su isla. Sombra tocó su mente también, y le hizo creer que su destino estaba fuera de sus tierras, que un amor extraordinario la esperaba.
Manipulados sin saberlo, como marionetas, Rian y Maira se encontraron en secreto, en una pequeña isla desierta entre las tierras del viento y del agua. Se enamoraron profundamente, convencidos de que su amor era un regalo del destino, sin saber que todo había sido orquestado por la sombra que los vigilaba desde lejos.
Pasó el tiempo, y Maira quedó embarazada. Sombra lo supo todo, pues seguía controlándolos desde la distancia, haciéndoles creer que debían mantenerse ocultos, que debían huir a los límites de la Isla de los Vientos, al mismo lugar donde él había nacido y vivía. Allí, en una cueva profunda y escondida, lejos de cualquier ojo vigilante, nació el niño.
Apenas dio su primer llanto, Sombra supo que lo había logrado. Ese bebé no era como él. Desde el primer momento, una energía inmensa, fría y violenta brotaba de su pequeño cuerpo: era la mezcla perfecta de la velocidad del viento y la furia del océano. Era un Desviado de poder absoluto, un ser destinado solo a la ruina.
Sombra no tardó en deshacerse de Rian y Maira; ya no le servían. Los mató en silencio, sin que nadie sospechara nada. Ahora, tenía al niño bajo su custodia, escondido en lo más profundo de los bosques prohibidos. Lo criaría en la oscuridad, le enseñaría a odiar a todos los clanes, le ocultaría su existencia hasta que su poder fuera totalmente incontrolable y su fuerza suficiente para enfrentarse a todos los guerreros de Aetheria juntos.
Su plan estaba casi listo. Esperaría años, hasta que el joven Desviado creciera y se volviera invencible. Y entonces, cuando menos se lo esperaran, Sombra daría la orden. Su creación desataría todo su poder, y el planeta que durante siglos se había regido por el equilibrio y las reglas, finalmente caería en la destrucción total, tal como él siempre había deseado.
Mientras tanto, en la Isla Sagrada y en las cuatro tierras, todo seguía igual. Los clanes se preparaban para un nuevo Torneo, confiados en que la ley se cumplía y que el peligro de los Desviados era cosa del pasado. Ninguno sabía que, a pocos kilómetros de distancia, en la frontera del viento, crecía en silencio la tormenta más grande que Aetheria jamás había visto.




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