El suelo sigue temblando con una fuerza que resuena en los huesos de todos los presentes. La energía que surge desde las profundidades no es oscura ni luminosa, es primigenia, como si el propio planeta respirara después de milenios de sueño.
Darian se mantiene en el aire, su cuerpo rodeado de chispas eléctricas que parpadean con inquietud. Nunca había sentido nada igual: su propio poder, esa energía sin nombre que corre por sus venas, reacciona, se agita, como si reconociera algo antiguo y poderoso.
—¿Qué es esto? —murmura, mirando hacia el horizonte donde el mar empieza a hundirse en espirales lentas y profundas.
Sombra ríe, un sonido seco y hueco que se mezcla con el viento que se levanta.
—Es el origen —responde, dando un paso al frente mientras la oscuridad a su alrededor se extiende como una mancha—. Antes de que existieran los clanes, antes de que se dividieran los elementos, había una sola fuerza. Algo que creó todo y que, cuando se descontroló, tuvo que ser sellado para no destruir la creación.
Se gira hacia Darian, y sus ojos vacíos brillan con una curiosidad hambrienta.
—Y tú, joven... eres el reflejo de esa fuerza. No eres fuego, ni tierra, ni agua, ni viento. Eres energía pura, igual que lo que duerme ahí abajo. Eres la llave que abre la puerta.
Darian frunce el ceño, sintiendo cómo la vibración del planeta se intensifica. Intenta concentrarse, ordenar su propio poder, pero siente una atracción sutil, casi imperceptible, que tira de él hacia el centro de la isla, hacia abajo.
—¡Mientes! —exclama, lanzando un rayo eléctrico hacia Sombra.
El rayo avanza rápido, pero a medio camino se desvía, atraído por la energía que sube desde las profundidades y se disipa en el aire sin causar daño.
—No miento —insiste Sombra—. Lo que ves es la verdad. Los clanes crearon sus reglas por miedo, pero no entendieron nada. Lo que hay abajo no es bueno ni malo... es simplemente existencia. Y ha esperado mucho tiempo para volver a estar completo.
Elara aparece de repente al lado de Darian, con el ceño fruncido.
—Darian, debemos alejarnos. Puedo llevarnos a todos lejos de aquí —dice, preparada para usar su poder sin límites.
Pero Darian levanta una mano para detenerla. Siente que si se va ahora, no entenderá nada, y la amenaza no desaparecerá por correr. Al contrario, la energía de abajo parece responder a su presencia; cuanto más se concentra, más fuerte se hace el temblor.
—No —dice él, con voz firme—. Si esto me afecta a mí, soy el único que puede ver qué es realmente.
Baja lentamente al suelo. A su alrededor, las piedras de la arena se levantan flotando, atraídas por la energía que emana de su cuerpo y por la que asciende desde el subsuelo. Siente un calor extraño, no quemante, sino familiar, como si despertara una memoria que no le pertenece.
—¿Qué quieres de mí? —pregunta en voz alta, no solo a Sombra, sino a la fuerza que despierta.
Sombra sonríe ampliamente.
—Quiero que dejes de resistirte. Que dejes que tu energía se conecte con la de él. Cuando se unan, el sello se romperá, y Aetheria volverá a ser lo que estaba destinada a ser: un solo poder, sin divisiones, sin debilidades. Y tú, Darian... serás parte de algo infinito.
La tierra se agrieta justo en el centro de la Isla Sagrada. De la grieta no sale lava ni agua, sino una luz de color blanco pálido, cegadora, que envuelve todo lo que toca. Los jóvenes manipulados por Sombra se quedan inmóviles, sus poderes se desvanecen momentáneamente ante la magnitud de lo que surge.
Darian siente cómo su propia energía se agita con fuerza, como si quisiera salir de su cuerpo para fundirse con esa luz. Por un instante, siente una sensación de plenitud, de pertenencia, como si todo lo que le parecía extraño o peligroso en él finalmente tuviera sentido.
Pero entonces escucha la voz de Elara:
—¡Darian, no es lo que parece! ¡Esa fuerza te está llamando porque es igual a ti, pero no significa que quiera lo mejor para ti!
El joven cierra los ojos con fuerza, luchando contra la atracción. Ve visiones fugaces: un tiempo donde todo era caos, donde los elementos no existían separados, donde la vida era frágil ante el poder desmedido. Entiende entonces que Sombra no busca la unión, sino el retorno a un estado sin control, sin forma, sin vida tal como la conocen.
Abre los ojos de golpe. Sus pupilas reflejan la luz blanca que sube desde la grieta, pero también muestran una determinación inquebrantable. Levanta las manos, y a su alrededor se forma una esfera de energía azul brillante, su propia esencia, que choca contra la fuerza que intenta atraerlo.
—No soy una llave —dice con voz que retumba con el poder que contiene—. Y no voy a dejar que nada ni nadie use lo que soy para destruir lo que hemos construido.
La esfera crece, pero la luz de la grieta también se intensifica. El aire se vuelve irrespirable, el cielo se divide en dos mitades: una oscura y otra blanca, y en el centro, Darian se encuentra en medio de la conexión, el punto donde la nueva generación y el origen antiguo se encuentran frente a frente.
Sombra avanza hacia él, extendiendo una mano.
—Ya es demasiado tarde —susurra—. La conexión ya está hecha. Ahora, el verdadero ser de Aetheria despertará... y tú serás el primero en ver su verdadero rostro.