Aetherion

Capítulo 1: El Despertar del Velo de Hierro

París no era una ciudad, era un presagio. El cielo del 22 de abril de 2026 tenía el color de la plata oxidada, una cúpula de nubes densas que parecían oprimir los tejados de pizarra de los edificios antiguos. El Cronista caminaba por las calles del Barrio Latino con los dedos manchados de una tinta que se negaba a secar. En su bolsillo, el manuscrito de Aetherion pulsaba con una vibración que no era física, sino metafísica.

Entró en una librería de viejo, un lugar donde el tiempo parecía haberse estancado entre el olor a papel húmedo y madera centenaria. Detrás del mostrador, Vesper, un hombre de ojos como mercurio líquido y manos que se movían con la precisión de un relojero, lo esperaba.

—Has traído el final —dijo Vesper, su voz era un susurro que cortaba el aire como un escalpelo—. Pero el final es solo el combustible para el origen.

El Cronista dejó una moneda de hierro sobre el mostrador. No era una moneda legal; tenía grabada una runa que representaba un ojo tachado por una pluma.

—No es el final. Es la Transmutación.

En ese instante, la realidad sufrió una fractura. El suelo de la librería se convirtió en una superficie de cristal oscuro que reflejaba un cielo que no era el de París. Del centro de la estancia, una columna de fuego violeta emergió, y de ella surgió Caelum.

Era un joven de unos dieciocho años, pero sus ojos contenían la fatiga de milenios. Su brazo derecho estaba recubierto por un metal frío y azulado que se fundía con su piel, una armadura orgánica que vibraba con cada latido de su corazón. Caelum miró al Cronista, no como a un padre, sino como a un carcelero.

—¿Por qué me has traído de vuelta al Margen? —preguntó Caelum. Su voz era una frecuencia que hacía vibrar los cristales de la librería.

—Porque la guerra total ha comenzado, Caelum —respondió el Cronista—. El velo entre la Tierra y Aetherion se ha rasgado, y tú eres el único que puede decidir qué mundo merece sobrevivir.

De las sombras de las estanterías, una figura se materializó. Era Lyra, la General de la Entropía. Vestía una armadura de obsidiana que absorbía la poca luz del local y sostenía una espada hecha de sombras sólidas.

—El aprendizaje del dolor comienza hoy, "Elegido" —dijo ella con una sonrisa gélida—. Para salvar la realidad de tu creador, deberás sacrificar la esencia de tu propio mundo.

El conflicto bélico no se hizo esperar. El cristal de la librería estalló cuando una horda de Hollowed —seres sin rostro hechos de ceniza y arrepentimiento— invadió el Barrio Latino. La gente en la calle gritaba, pero sus gritos se convertían en líneas de texto que flotaban en el aire antes de desaparecer. La fantasía urbana se estaba canibalizando con la épica terminal.

Caelum desenvainó su espada de cristal oscuro. Al hacerlo, el tatuaje en su frente —una cadena de hierro que parecía perforar su cráneo— empezó a brillar con una luz solar pálida. Era la chispa de Elora, su madre perdida, la última guardiana de la Luz Primigenia.

—No lucharé por el Cronista —sentenció Caelum, mientras decapitaba al primer Hollowed en un estallido de chispas violetas—. Lucharé por el derecho a no ser una historia.

La escala de la batalla era inmensa. Mientras Caelum luchaba en el plano físico, el Cronista veía cómo las páginas de su manuscrito se escribían solas con la sangre de los caídos. La ambigüedad moral era el motor de cada movimiento: ¿Era Caelum un héroe salvando París, o era el monstruo que traía la destrucción de Aetherion a un mundo inocente?

Vesper observaba desde el rincón, sosteniendo un cronómetro de arena donde los granos eran gotas de sangre.

—El rito de aprendizaje ha comenzado, muchacho. Recuerda: en una guerra entre el autor y la obra, el primer muerto siempre es la verdad.

El capítulo terminó con un gancho inquietante: Caelum logró expulsar a la horda, pero al mirar su mano izquierda, vio que ya no era de carne. Se estaba convirtiendo en papel. La ficción lo estaba reclamando. En el cielo de París, la Torre Eiffel empezó a doblarse sobre sí misma, transformándose en una pluma gigante que empezó a escribir una sola palabra sobre las nubes de plata: "TRAICIÓN".

Caelum se giró hacia el Cronista, con los ojos inyectados en un odio divino.

—Si yo soy tu creación, entonces tú eres mi primer objetivo.

El rito de iniciación había terminado. La guerra por la autoría del destino acababa de empezar.




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