Agrio y Dulce Amor

Capítulo 42. Mentiras piadosas

Hay silencios que nacen, no para engañar, sino para proteger,

Pero por mil excusas que haya, siguen siendo una mentira

Gabriela

Lo enrollé con mis dos manos y la sorpresa de que no pudiera agarrarlo con ambas me separó los labios. El grosor era impresionante y la vena sobresaliente se dibujaba con arrogancia sabiendo el poder de su sensualidad.

—Es muy grande.

—No tanto.

—No me cabe en las manos, Ethan.

Volví a intentarlo, apretando un poco más, con timidez de tocar la piel tibia.

—No lo aprietes.

—¿Por qué? —Acaricié con suavidad—. ¿Aplican los consejos de Sam aquí?

Enarcó una ceja y trató de contener una risa sabiendo mi osadía, pero no le funcionó.

—Que débil, pero si está bien duro. No debe dolerte —contraataqué.

El sonido de la puerta abrirse me empujó hacia un lado como si me hubieran dado un golpe. Leonardo nos examinó con sus ojos azules inquietos.

—Si alguien escuchara su conversación no creería que están hablando de tu brazo.

Metí mis manos en los bolsillos de mi jersey. Ethan lo ignoró, concentrado en envolver sus dedos con un tipo de cinta negra.

—Me duele —me susurró mostrándome el color morado en el costado de su brazo que hasta ahora veía.

—Ya basta de jugar —su voz retomó seriedad revisando el papel de nuevo con la expresión más dura que le he visto.

Ethan sentado en la banca a mi lado lo miró desde abajo empezando a mover la rodilla.

—Cuerpo de gimnasio, buenos músculos, nada exagerado —empezó a decir con calma, pero con un matiz de sorna distinguido—. Nada de eso te sirve.

Compartieron una mirada que para mí solo podrían hacerlo un padre y un hijo. Era extraño que él tuviera esa afinidad hacia Leonardo, precisamente él que son contadas las personas que le agradan.

—¿A qué te refieres?

—Debes subir de peso.

Los ojos grises perdieron visibilidad por los párpados acobijarlos con una mueca confusa.

—¿Subir de peso? —repitió incrédulo, viéndose el torso desnudo—. Estoy bien así.

Y sí que lo estaba.

—Estás bien así para lucirte sin camisa —renegó—. Pero no para pelear superpesado.

Contraje el ceño tan curiosa que intervine en la conversación.

—¿Qué significa eso? ¿No pelean todos contra todos?

Leonardo soltó una risa, no divertida, sino burlona.

—Sería divertido. Pero no funciona así.

Esperé por una respuesta que no llegó, así que tuve que insistir.

—¿Y entonces cómo?

—Se dividen por categorías según el peso.

Era igual que hablarle a Ethan, debía sacarle la información por secciones.

—¿Y Ethan en cuál está?

—Superpesado —me respondió con los ojos puestos en el papel.

Pensé un momento en la palabra.

—¿Cuándo pesas? —le susurré.

—Ciento dos.

¡¿CIENTO DOS KILOS?!

Detallé las venas de sus brazos, los pectorales grandes, suaves a la vista y había comprobado que al tacto también. Sus bíceps definidos, sus piernas grandes, su espalda ancha.

¡¿CIENTO DOS KILOS?! ¡¿EN SERIO?!

—¿Estar en esa categoría es bueno? —pregunté sin entender nada.

—Es el nivel más alto —explicó Leonardo—. Compiten los más grandes y fuertes.

Volví a mirar a Ethan, y él confundido por mi expresión contrajo la frente.

—¿Y cuál es el problema? Él ya es gigante.

Leonardo soltó una risa, esta vez diferente.

—¿Te parece grande? —Subió una ceja—. Claro, mides como un metro.

«Auch».

La risa de los dos me irritó más de lo que me divirtió. Mucho más por ver como volvieron a la expresión dura en un segundo, como si hace un instante no contuvieran las carcajadas. Era algo que nunca dejaría de sorprenderme. Se parecían en bastantes gestos y actitudes.

—Groseros —bromeé sin recibir respuesta de ninguno.

No era solo la risa ni la forma en que se burlaban de mí. Era algo más profundo. Los pequeños detalles en sus sonrisas, en su cruce de brazos, en la arruga entre sus cejas, en sus miradas voraces y su actitud desafiante.

Christofer reflejado en mi mente me hizo pensar que Ethan no se parecía en nada a él, sino en alguien que tal vez había estado más para él que su propio papá.

—Gabriela, en esta categoría hay animales de ciento quince, ciento veinte kilos. ¿Crees que Ethan podría con ellos?

Eso sonó a reproche.

Mis pupilas guiadas por el brillo hipnotizante de los suyos recorrieron su rostro y cuerpo como algo preciado, merecedor de cada mirada. No dudé ni un segundo en responder:




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