Agrio y Dulce Amor

Capítulo 43. Verdades que duelen

Si algo te gusta demasiado, aprendes a vivir con ello como si fuera parte de ti.
Y cuando desaparece, algo dentro se rompe de una forma que nadie sabe reparar

Gabriela

Las luces bailaron frente a mis ojos y los escalones confabularon con Ethan. En mi estómago el vacío helado que anuncia una caída se hizo presente.

Pero no ocurrió.

Con sus innatos reflejos reaccionó a tiempo y me sujetó de la cintura, mi espalda chocó contra su pecho y perdí el aire con un suspiro. Su otra mano se aferró a la baranda de madera con un golpe seco.

—¿Ves cómo eres de terca? Casi nos haces caer —soltó con la respiración agitada.

El agarre en mi cintura era robusto, como un árbol grande de ramas fuertes que se rehusaba a soltarme. Me examinó de arriba abajo, asegurándose de que no me hubiera lastimado.

Sin embargo… yo sí me sentía muy lastimada. No solo el ardor en mi brazo, ni el dolor en el pecho de que en mi casa ella se reía con mi hermano, sino todo el cuerpo, como si llevara meses andando de puntitas y no supiera dónde dejarme caer. No había lugar para eso.

Dolía todo.

Decir y callar.

Despertar y soñar.

Afirmar y negar.

Ser cobarde y ser valiente.

No tenía nombre para describir lo que sentía. Mi cuerpo pesaba, mis hombros me atraían al suelo y no tenía fuerza para nada.

—¿Estás bien? —la preocupación en su voz me molestó mucho.

¿Qué si estaba bien? ¿Cómo me preguntaba eso cuando me ha ignorado todo el hijueputa día? ¿O acaso me estaba preguntando si no me doble un tobillo? ¿Le cuesta ver más allá de mí? ¿Será que no se esfuerza por entenderme como yo trato con él?

De un empujón con una fuerza que nadie creería que tengo traté de poner distancia, aunque no lo moví ni un milímetro y eso avivó la llama en mí. Fue él mismo quien dio un paso hacia atrás, confundido.

—¿Ahora por qué estás molesta?

Su tono ofuscado fue el detonante en medio de la rabia y el dolor.

—¡¿Por qué?! ¡¿Es en serio, Ethan?!

—¡Sí, es en serio!

—¡Eres un idiota!

Soltó un resoplido cargado de tedio.

—¿Yo? ¿Eres tú la que me miente y te enojas conmigo? ¿Qué mierda te pasa?

Me sujeté el brazo que punzaba como si mi hermano aun tuviera sus dedos ahí y corrí lo más rápido que pude al baño. Cerré la puerta en su cara antes de que llegara a mí. El click de la cerradura me recordó que en este espacio podía dejarme caer y las lágrimas rápidas, desordenadas y cansadas brotaron de mí.

—Gabriela, abre la puerta. —Forzó la cerradura—. Hablemos un momento, ¿sí?

Me apoyé del borde del lavabo con las manos temblorosas. El pecho se apretaba cada vez más y no me permitía respirar.

—¡Déjame! —Tiré los pantalones al suelo—. Eres otro idiota igual que él…

Los sollozos parecían dagas cortar cada palabra y modificarlas para lanzarlas con ácido.

—¿De qué estás hablando? —se escuchaba frustrado—. Gab, abre.

Mi reflejo en el espejo me quitaron las ganas de responder.

No era solo hoy. No era la discusión con Ethan. Ni si quiera era él. Era cansancio de callar, de fingir con mi papá, de mentirle a él, no solo sobre mi novio, sino de la carrera que esperaba que estudiara.

Sentía que estaba a punto de caer por un abismo.

—¿Gab? ¿Qué pasa?

—¡No entiendo por qué siempre tienes que tratarme así!

—Mierda… —Lo oí susurrar—. Abre la puerta.

—Déjame…

En todo el rato que estuve sentada en la tapa del inodoro no volví a escuchar más toques en la puerta. No quería salir y afrontarlo. Pero cuando escuché mi nombre en un susurro decidí que era mejor hacerlo.

Lo vi recostado en la pared, apretando sus sienes con el dedo medio. Giró su rostro hacía mí y no dijo nada por los estragos de tristeza, en su lugar se acercó y quiso tomar mis pantalones sucios.

—Puedo sola —le ladré rabiosa.

—Voy a ponerlos en la lavadora —contestó de mala forma arrancándolos de mis manos antes de que pudiera protestar.

Lo seguí con la mirada. No lo esperé y bajé las escaleras con prisa. Me hice en el suelo laminado junto a la chimenea. No tenía ánimo para estar con los chicos afuera.

Los pensamientos en mi mente comenzaban a hartarme. Quería no pensar mucho en el hecho de que mi casa estaba invadida por una cucaracha gigante.

No sé cuánto tiempo duré ahí, pero a mi lado sentí su presencia y el mismo olor fresco de siempre cosquilleó en mi nariz. Estando cerca a él, podía sentir una brecha enorme entre nosotros, como un puente que ninguno quería cruzar. Y aun junto al fuego, todo era frío.

—¿No se supone que las chicas marcan las fechas de cuando les viene?




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