Un deseo es solo una chispa, pero una promesa es el fuego que arde por cumplirlo
Gabriela
—¿Qué tienes, papi?
Cual sea que fuera la respuesta no me inquietaba. Sabía que la razón de la hendidura en la mitad de sus cejas no tenía nada que ver conmigo.
Steven había mantenido silencio y esperaba que se conservara así.
—¿Pa? —volví a intentar, porque más allá de todo me preocupaba.
No respondió. La pantalla negra en frente de él parecía ser más interesante, aunque la reunión con Christofer y su equipo haya terminado hace varios minutos.
—¿Amor? —mi mamá también insistió—. ¿Pasó algo?
Siguió sin mover un músculo facial, y sin haber una expresión bastaba para que algo temblara en la mesa. Reaccionó con una sacudida suave y enfocó su atención en la comida.
—Esteban, no seas así, ahorita te concentras en el trabajo, estamos desayunando.
El regaño de Jennifer pronto lo trajo de vuelta. Tomó una cucharada de huevos, pero la dejó en el aire y la devolvió al plato.
—Hay algo en él que no me cuadra.
—¿Quién? —preguntó mi mamá con el rostro contraído, como si esperara que pronunciara el nombre de mi novio.
—Ese Christofer. En como habla, como se expresa. No me gusta. Es arrogante, pero al mismo tiempo es tan… amable.
Tamborileó los dedos en la mesa intensificando la mueca en sus labios.
Al igual que todos me dediqué exclusivamente a comer sin prisas. Ninguno pronunció una palabra.
—Hoy los noto como callados —analizó con una mirada curiosa bien maquillada.
—Normal —fue Santiago el que nos salvó de la bochornosa situación.
Me aclaré la garganta y bebí un poco de jugo, ignorando la mirada de Steven quemar mi rostro hasta sonrojarme.
—Gracias por el desayuno especial, mami.
Sus ojos más claros que el resto resplandecieron.
—¿Te gustó?
—Mucho —le respondí.
El timbre sonó diferente por alguna razón extraña. Vi las nulas intenciones en los demás de abrir. Tuve que hacerlo yo. Al desplegar la puerta casi me escurre saliva de la boca.
Chaqueta de cuero, camisa básica vinotinto, —una de las que le di hace mucho—, pantalón negro y zapatillas blancas.
Como quisiera tomar una foto de él justo ahora y hacer un poster gigante para pegarlo en mi pared y besarlo antes de dormir.
—¿Qué haces aquí?
—Se dice buenos días —me reprendió escudriñando mi cuerpo y fue gracioso cuando ambos nos lamimos los labios al tiempo.
La falda negra que me llegaba a la mitad de los muslos robó toda su atención, el sutil escote de mi blusa también lo hizo, pero unos segundos más la trasladó a mi rostro con ese gesto que hacía cada vez que veía chocolate.
Adoración profunda.
Quizá es porque hoy me maquillé.
Sin pedir permiso entró y saludó a todos como si fuera amigable. Mamá y Santi respondieron sonrientes, mi papá con la cara contraída y Steven ni se molestó en hacerlo. Entre ambos hubo un duelo de miradas, que pensé que les saldría rayos mortales por los ojos.
—Vine a llevarte a la escuela.
Miré a todos en la mesa, culpables con su atención hostigadora de que mis manos temblaran como maracas.
—Eh… yo… creo que… puedo irme solita…
Entrecerró los ojos un poco y respiró hondo. Mala idea haber dicho eso. ¿Pero qué otra cosa podría hacer?
—¿Me rechazas? —susurró con la expresión cargada de ironía y esa pizca de diversión que tiene cada vez que me molesta.
¡¿Por qué me hace esto?!
—No seas grosera, hijita —habló con una sonrisa juguetona, cómplice con él de hacerme sufrir.
—Sí, no seas grosera, enana. —Encerró mis hombros en su brazo—. Ponte un abrigo y vamos.
Con la súplica saliendo de mis ojos, le imploré que se fuera. Mi papá no dejaba de verme a él y a mí con el ceño tan apretado que si lo desplegara de nuevo le quedarían arrugas.
—Rápido, mi gorda, se les hace tarde —indicó mi mamá.
La mueca salió demasiado torcida. Tomé mi abrigo en el sofá y al voltearme, Ethan me ofreció algo que escondía detrás de su espalda. No dio tiempo ni de que hubiera algo de suspenso. Ese obsequio que para muchos podría no significar nada, para mí significaba todo.
—Feliz cumpleaños, Gab.
Un ramo de esponjosos dientes de león me quitaron el aire. Todos juntos, envueltos en un papel lila y abrazados por un listón negro que se veía resistente. Tan sencillo. Tan él.
—Ethan… Esto es…
Cerré la boca de sopetón.
Pum. Pum. Pum.
Mi corazón me golpeaba tan fuerte que tuve que callarlo mentalmente para que el pecho no se me fuera a reventar de ternura.