Agrio y Dulce Amor

Capítulo final. Un corazón agrietado

Y al final, lo único que queda de un amor complicado: son las grietas que faltaron por masillar,

un trabajo incompleto que llegará otro a reparar y aun así seguirá siendo amor

Ethan

La oscuridad del estacionamiento fue compensada por las luces led de los autos alineados a lo largo del arcén con motores encendidos como si quisieran hacer temblar el suelo.

Alguien sentado en el capo reluciente se quejó de la falta de música, prohibida si queríamos que esto durara sin llamar demasiado la atención.

—Espero que no llueva —murmuró Gab metida entre mis piernas, detallando el cielo estrellado.

El olor a gasolina y su perfume se mezclaban con precisión, como una caricia para la nariz.

—No creo —aseguró Venus recostada en la moto de su amiga—. Ya sabes que el clima es medio raro.

Hace tan solo unas horas había llegado y ella no podía estar más feliz de tenerla aquí.

El sonido de llantas derrapar fue incentivo para la gritos eufóricos. No éramos más de cuarenta personas y, a pesar de eso, las risas rebotaban contra la montaña, combinándose con el rugido de motores impacientes esperando para adentrarse en las curvas de Mulholland, aquellas que se perdían en la penumbra, como si fueran dibujadas con tinta negra sobre papel del mismo color.

—Qué nervios. —Gael se frotó las palmas con emoción—. Ya quiero correr.

A mí no me causaba lo mismo. Mucho menos aquí. Más adelante, la carretera se retorcía como una serpiente furiosa.

—Ya casi nos toca —respondió la rubia siguiendo a Gael hacia su moto.

—También quisiera correr —dijo enredando un rulo en su dedo.

Las luces detrás acariciar su piel la hicieron más excitante, llamándome a reclamar espacio con mi boca. Capturé su mandíbula en pequeños mordiscos que estancaron las palabras de lo que sea que estuviera diciendo.

—Ethan…

Debajo de su oreja recogí con mi lengua un rastro de su aroma dulce.

La hice girar hacia mí, sujetando su nuca y atrayéndola más, manteniendo las manos ocupadas para no ceder a la tentación de escabullirlas bajo su blusa.

Recostado en mi moto fue difícil no imaginar que la subía conmigo y nos largábamos a un lugar más tranquilo.

—¿Qué te pasa? —La risa temblorosa acabó con la intención de seguir bajando por su cuello—. Estamos en un lugar público.

Moví la cabeza a un lado, luego al otro.

—Nadie nos está viendo —mentí. Venus sí nos veía con las cejas levantadas, como si no se lo pudiera creer.

—Me alegra tenerla aquí —susurró al percatarse de su mirada.

—Es medio rara. —Me pegó una palmada en el hombro—. Pero me agrada.

Acomodé un mechón de cabello detrás de su oreja y me permití el acceso de su piel sedosa, retomando el trabajo que deseaba con necesidad desafiante.

Escenarios de mí mordiendo su cuello mientras hacemos otras cosas no dejaban de invadirme. Nunca imaginé lo torturante que podía ser desear a alguien con tanta intensidad.

Posó las manos sobre mi pecho, separándome e intercaló su mirada a cada uno de mis ojos.

—¿Ayer pudiste dormir bien?

¿Y eso qué mierda importaba? Lo que necesitaba era seguir besándola.

—Ethan —el reproché me sacó una sonrisa maliciosa.

Su respiración formó nubes en el aire frío. Me di cuenta de que no tenía nada que la abrigara y esa blusa de mangas largas no era suficiente para el viento helado. Me quité mi chaqueta de cuero y la puse sobre sus hombros.

—Por lo que todo empezó —susurré, cerrando la cremallera hasta arriba—. Ladrona.

El viso de dureza en los ojos fue remplazado por una sombra de diversión, como si dibujara recuerdos preciosos frente a ellos.

—Revisa el bolsillo. Hay algo ahí que nunca te devolví.

Con la confusión cubriéndole las facciones lo hizo y el pañuelo ahora limpio que utilizó para detener la sangre de mi mano ese día le arrebató una risa juguetona. Volvió a guardarlo y enredó sus brazos en mi cintura.

—No me cambies el tema. —Depositó un beso sobre la piel que protegía mi corazón—. Quiero saber si estás bien.

Metí las manos en los bolsillos de mi pantalón e incliné la barbilla hacia abajo para verla.

—Solo estoy algo estresado.

Algarabía y motores agresivos me hicieron esforzar las cuerdas vocales más de lo que me gustaría.

—Me siento hipócrita por nunca habértelo dicho.

—¿Qué cosa? —inquirió con el tono cargado de confusión.

No iba a contarle todo, pero sí algo.

—En el vecindario donde vive LJ —murmuré cerca de su oído—. Nací y crecí ahí, íbamos a la misma escuela.

Mantuvo sus gestos neutralizados, como si los hubiera anestesiado antes de preguntar.

—Christofer es mi papá, pero fue Leonardo quien me crio —continué, muy lento.




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