Más de veinte años atrás.
Era una tormenta poco común. La fuerte lluvia caía sobre aquella pequeña villa sin nombre del territorio Preqk, empapando los caminos de tierra, llevándose el polvo y los restos de hojas secas. Las viejas tejas de una cabaña en particular apenas resistían los golpes de cada gota, crujiendo inaudibles bajo el silbido del torrente. Dentro se encontraban los niños y niñas de la familia, resguardados mientras se ocupaban de algunas tareas o jugaban, hablando animadamente sobre temas variados e intentando no desanimarse por el clima que les impedía salir.
Pero la más pequeña de las niñas, que entonces tendría unos tres o cuatro años, se subió a unas cajas y asomó la cabeza por una ventana. El agua caía sobre sus pequeñas manos extendidas, deslizándose por sus brazos hasta su viejo vestido. En cosa de segundos quedó empapada y su hermana mayor, quien estaba a cargo de cuidar a todos, le gritó furiosa:
—¡Wet! ¡¿Qué haci´?! ¡Cerrá la jodia vetana!
Su voz detuvo las de sus hermanos y hermanas, sus pequeñas manos y pies congelados a medio movimiento. Centraron toda su atención en la pequeña. Dejando los remiendos, la mayor se levantó furiosa y fue hasta ella.
—¡¿´Tai sorda?!
Una gota resbaló desde la frente de la pequeña, surcando el lado izquierdo de su rostro hasta caer por su barbilla. La chica alzó una mano para alejarla de la ventana con un rudo empujón, pero la lluvia se desvió de su camino, ingresando por la ventana en un chorro que la empapó de pies a cabeza.
Los niños y niñas contuvieron el aliento con miedo. La chica abrió y cerró la boca cual pez, temblando furiosa y aterrada.
—¡Mostruo! ¡Wet e´un mostruo!
Comenzaron a gritar de repente, escondiéndose aterrados bajo la mesa, en los rincones, tras las sillas y sofás, alejándose tanto como esa pequeña cabaña les permitía.
—¡Tu! –gruñó.
La alcanzó y jalándola desde el cabello, le arrastró lejos de la ventana y hacia la habitación más pequeña de las únicas dos del hogar. Ahí la arrojó al piso y cerró la puerta, para luego amontonar contra ella todo los objetos que pudo sostener con sus manos temblorosas, en un desesperado intento de mantener a sus aterrorizados hermanos y hermanas lejos del monstruo.
—¡Te queai´ahí! —chilló por última vez, dejando sobre todo la gran calabaza a medio cortar.
La pequeña dio algunas vueltas por la habitación, escalando las literas, revolcándose sobre las mantas, saltando al piso en vagos juegos infantiles. Hasta que sus padres, completamente empapados, llegaron a casa siendo recibidos por asustados e histéricos niños y niñas.
Aquella noche, la pequeña Wet durmió en el frío piso de la sala, sin saber que al día siguiente sus padres la llevarían a un lugar sin retorno.
Su futuro ya estaba decidido.