Clim
Respiré profundo, olfateando la fragancia floral proveniente de su cuerpo. Fui consciente entonces de la situación. En mis brazos se hallaba Macy, ambos dormíamos sobre su cama luego de besarnos, llorar, besarnos un poco más y jurar que hallaría la forma de que funcionara.
Observé su rostro durmiente, recordando el día en que la encontré en Quajk, escondida en el pequeño almacén subterráneo de la cabaña del señor Gullner y la señora Camelh. Su apariencia, tan desgastada y delgada…
Ugh.
El peso de la culpa me estremecía por completo.
La abracé con más fuerza, enterrando mi rostro en su cabello. Ella se removió, quejándose en murmullos por el calor.
—¡Cliiim! —gruñó, empujándome.
Sus somnolientos ojos me miraron con molestia, y un adorable sonrojo acumulado en sus mejillas. Gimoteo, insistiendo en apartarse, aunque sus piernas estaban entre las mías y no cedi ni un poco. La alegría que sentía me impulsó a regar besos por su rostro, consiguiendo así que se calmara poco a poco.
Su aliento y mi aliento se mezclaron antes de besarnos nuevamente. Nuestros labios hinchados, cuerpos entrelazados y la temperatura subiendo. Me acomode entre sus piernas disfrutando, quizá demasiado, ser el único receptor de su amor.
Y entonces escuché voces.
Las puertas se abrieron segundos después, sobresaltándome. Me senté lentamente dejando sus labios a regañadientes, y apenas había observado las sorprendidas expresiones de Lyssa y Cyna, cuando la primera se movió y, tras quitarle la espada a Alton, la apuntó contra mi cuello.
Carajo.
—¡Lyssa! —gritó Macy.
Coloque una mano sobre su estómago manteniéndola en su lugar, mientras sostenía la mirada de su furiosa doncella. Podía sentir sus ganas de cortarme la cabeza.
Tras un tenso minuto, y queriendo calmar a Macy sin riesgo a perder el cuello, me dirigí a Alton.
—¿Qué esperas? Arrestala.
Lyssa ni siquiera se inmuto. Macy, por su parte, sujetó mi mano y dijo;
—¿Qué? No bromees, Clim.
Oh, no bromeo, mi amor.
Siguiendo mi orden, Alton le quitó la espada y procedió a escoltarla fuera de la habitación. No quite la mirada de ambos hasta que se marcharon.
—¡Clim! —chilló Macy, sacudiéndome—. ¡Eso fue demasiado!
Sostuve sus manos y le explique, como mejor pude;
—Lo siento, no puedo ignorar el reglamento militar…
—¿Reglamento militar? —repitió, quitándome sus manos con el ceño fruncido—. ¿Eso qué tiene que ver con Lyssa? Ella sólo…
—Una vez en la armada siempre se pertenece a la armada —dije mecánicamente.
—¿Qué dices? —preguntó con la confusión dibujada en su rostro.
Di un vistazo a Cyna, quien sacudió la cabeza confirmando que Lyssa no le había contado a Macy de sus días en la armada, y resignado le explique;
—Lyssa también fue entrenada por el maestro Frun, y perteneció a la armada hasta que recuperamos el Oscuro libro del Caos. Es, sin duda, la mejor espadachín femenina del reino.
Aunque para mi era información “trivial”, Macy se lo tomó con mucha incredulidad. Balbuceo negativas durante un momento, hasta que Cyna nos arrastró de vuelta al ahora.
—General, Lady Amace tiene mucho trabajo pendiente, ¿puede marcharse para que se pueda preparar adecuadamente?
No quería darle la razón, pero tampoco tenía una buena excusa para negarme. Agh.
—Hablamos después —dije a Macy, dejando un beso en su frente antes de salir de sus habitaciones e ir a las mías.
Ahí me esperaba Gale, un baño caliente y ropas limpias. Mi intención de acabar rápido para ir de vuelta a su lado, murió a manos de Gale y su insistencia en “ser meticuloso”. Me afeitó, perfumó, vistió y peinó hasta estar satisfecho… y yo con un dolor de cabeza comenzando a arruinar mi dia.
Su brillante excusa no fue otra que;
—La pareja de la Virreina no puede lucir como un vagabundo.
No podía decir nada frente a ello.
Deje mis habitaciones esperando encontrarme con ella en la oficina, pero no estaba. Me hubiese bastado un segundo extendiendo mi magia para encontrarla donde sea que estuviese, sin embargo, opte por esperarla ahí.
Ella vendrá por Lyssa.
Ni siquiera cinco minutos después, una enfadada Macy abrió las puertas de golpe.
—¡Libera a Lyssa! —exigió, dando pesados pasos hacia el escritorio.
—Macy…
—¡Ahora! —golpeó el escritorio con sus manos.
—No puedo hacerlo —dije, poniéndome de pie—. No es una infracción que pueda dejar pasar sin más…
—Clim —dijo, alcanzando con sus pequeñas manos el cuello de mi camisa y jalándome hacia ella—, libera a mi doncella.
Su cercanía fue un golpe que dispersó mis pensamientos.