Agua en sus venas (radwulf 3)

CAPÍTULO III

La puerta fue entreabierta por Noemia, quien se asomó y preguntó al rey tras su escritorio;

—¿Puedo pasar?

El tono tímido puso en alerta a Ambon, quien se puso de pie de golpe y asintió.

—¿Qué sucede? —preguntó, viéndola entrar con algunos papeles en las manos.

Ella se sentó en una de las sillas dispuestas frente al escritorio, ignorando su preocupación mientras dejaba sus papeles frente a él y se acomodaba las faldas.

—Bueno, a primera vista el proyecto de “modernización” propuesto por Corporación Lemys parece conveniente …

—¿Pero? —inquirió él, instándola a continuar sin rodeos—. Noemia, ¿qué te molesta? —insistió él con impaciencia.

Tras tomar una bocanada de aire y enderezarse, ella dejó salir sus pensamientos;

—Me preocupa que sean cambios demasiado bruscos. Sé que es parte de las políticas que él eventualmente quería aplicar, pero aún no acabamos de superar una crisis, y la inversión inicial que pide Corporación Lemys es muy alta…

—Entiendo tus preocupaciones —le interrumpió Ambon—. Pero esto es sólo una parte de mi plan para reactivar la economía…

—Si bien no es un tema del sepa mucho, Ambon, es obvio que volcar el tesoro de la familia real en inversiones inciertas es contraproducente —insistió.

—Ugh. Lo sé, es probable que no se vean resultados positivos en muchos años, décadas incluso —asintió—. No obstante, los ingresos de las minas en Kuejt no serán suficientes para recuperar todo lo robado por los piratas y ese monstruo —puntualizó, refiriéndose con desprecio al desconocido sujeto que había liderado todo lo sucedido—, ni podrán cubrir de ninguna manera los ingresos perdidos por la inactividad de las minas en Quajk.

»Ahora solo nos queda estabilizar la situación y asegurar el futuro y bienestar de los sobrevivientes. Aún si eso significa vaciar el Tesoro.

—Perdimos muchas vidas —asintió Noemia, estremeciéndose por los recuerdos.

—Y muchas más se perderán si no restablecemos el orden…

Un par de golpes interrumpieron la plática, a lo que el rey respondió con un “adelante”. Entró entonces Mirayn, su doncella, quien cargaba una pila de documentos. Y detrás de ella venía Seamus, su asistente, con otro tanto más de documentos.

—Dioses, más trabajo —gimoteo el rey.

Riendo, Mirayn acomodo los documentos en la mesa auxiliar junto al escritorio, mientras Seamus sacudía la cabeza, sin encontrar gracia alguna en las quejas de su señor.

—Su majestad, sé que está cansado, pero usted fue quien insistió en tomar la mitad del papeleo correspondiente a su alteza —le recordó él, colocando los papeles que traía sobre el escritorio, bajo la nariz del rey—. Estos son los recibos emitidos por cada mobiliario, reparación y reacondicionamiento que ordenó para la oficina de la Virreina. Y como pude comprobar, ya está en condiciones de ser utilizada desde hoy…

—¡Excelente noticia! —Saltó el rey, y antes de que Noemia o Seamus pudieran quejarse, abandonó la habitación sin mirar atrás.

La risa de Mirayn ahogó los quejidos de Seamus, y trajo una sonrisa a los labios de Noemia. Su plática con Ambon no había terminado, pero no podía evitar contagiarse de la alegría que la joven expresaba tan sólo por estar cerca del rey.

—Madrina, ¿le gustaría una taza de té? —le pregunto Mirayn, mientras Seamus recuperaba los recibos y los dejaba en la mesa auxiliar.

—Sí. Por favor, Rina —asintió Noemia, y fue a sentarse en uno de los sofás para estar más cómoda.

—¿Sean? —llamó la joven a Seamus.

—Por favor —asintió él, e imitado a Noemia, fue a sentarse en el sofá contiguo con algunos documentos que comenzó a leer mientras Mirayn salía en busca del prometido té.

Entretanto, el rey se dirigió al palacete con prisa, agradecido de la excusa para evadir las montañas de papeleo que llenaban su oficina y la oficina adyacente, que pertenecía a Seamus. No debía quejarse, pues fue suya la idea de asumir la mitad de los deberes de su amada esposa, para evitar estresarla en medio de su embarazo. Sin embargo, nunca había imaginado que se sentiría tan abrumado y cansado… y aburrido. Muy aburrido.

Llegó a las puertas de la oficina de Clim, las cuales permanecían abiertas. Devolvió el saludo de los soldados apostados ahí, Wills y Guim, escoltas de Amace, y entró. Ella se puso de pie tras el escritorio al verle entrar, mientras que Clim, concentrado en el documento que leía sentado en un sofá, sólo reaccionó cuando ella y Cyna le saludaron con un “buenos días, majestad”.

—Oh, su majestad, ¿qué le trae aquí? —preguntó Clim, poniéndose de pie e inclinándose respetuosamente.

—Podrías alegrarte un poco más de ver a tu rey —le respondió jocoso.

Clim no pudo evitar poner los ojos en blanco. Amace por su parte, rodeó el escritorio acercándose a Ambon con algo de ansiedad.

—¿Necesita algo? —inquirió.

—No, no es del todo así —respondió él—. Más bien, tengo algo que mostrarle. ¿Me acompaña?

—Por supuesto…

—No —gruñó Clim—. ¿Está intentando evadir sus deberes? —preguntó al rey cruzando sus brazos.




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