Amace
Desde que me había sido conferido el título de “Virreina”, no pensé en ello como algo más que eso, un título. Los deberes que asumí como tal, eran lo mínimo que debía hacer por mi compromiso en restaurar el reino. Servir lealmente al rey y la reina, inclinar mi cabeza con el mayor respeto y un profundo agradecimiento era… lo natural.
Hasta que su majestad Ambon me llevó a esa oficina. Mi oficina.
Era tan amplia, tan acogedora, decorada con maderas claras y detalles con los colores representantes del reino; rojo y azul. Muy distinto a la oficina que me fue delegada en Duhjía. Era un lugar, que si bien podía considerarse “normal”, me dejó sin palabras.
—¿Lady Amace? —volvió a llamarme su majestad—. ¿Se siente bien?
Lentamente quité mis manos de mis húmedas mejillas, inhalándo a través del nudo alojado en mi garganta.
¡Recomponte, Amace!, me regañé. ¿Qué horrible rostro le estás mostrando al rey?
—Estoy bien —respondí, ocultando mis sentimientos como mejor pude. Y tras tomar aire, voltee y me incline sosteniendo mis faldas en una profunda reverencia—. Le agradezco profundamente, su majestad.
Mantuve la postura por un minuto, esperando con incomodidad que él rompiera el silencio. Algo me murmuró que yo había hecho algo mal.
—No ha sido nada excepcional, Lady Amace —aclaró su garganta—. Levante la cabeza, por favor.
Reticente, solté mis faldas y enderece mi postura, dirigiendo mi mirada a los ojos del rey. Durante unos segundos… se veía demasiado serio.
—Siéntase tranquila, este es su espacio desde hoy y puede utilizarlo como y cuando quiera —dijo, esbozando una sonrisa—. Me retiro por ahora.
—Hasta pronto, tenga un buen día —me despedí, realizando una pequeña reverencia.
Él se marchó dejándome sola en medio de mi oficina.
Deseaba sentirme feliz. Deseaba tanto, pero tanto abrazar la comodidad y gentileza que me brindaban. Refugiarme entre esas personas que me entregaban su apoyo e ignorar a quienes me odiaban… pero la vida no podía ser fácil para mi. Demasiadas vidas se perdieron por mi culpa. No podía permitirme distracciones, mi deber era resarcir el daño con todos los años de vida que me quedaban por delante.
O eso creí hasta entonces.
La sonrisa de Clim esa mañana, sus cálidos brazos sujetándome con fuerza, el latido de su corazón bajo mi mejilla en sincronía con mi corazón. Sus abrumadores besos… todo volvió sobre mí de golpe, debilitando mis piernas.
Con pasos temblorosos alcance el sofá, y suspiré relajando mi cuerpo sobre los cojines antes de alzar la voz:
—Wills.
Él y Guim se asomaron desde el pasillo.
—¿Qué necesita, su excelencia? —preguntó sonriente.
—No necesito dos escoltas aquí —su sonrisa se esfumó—, así que ve y trae a Lyssa.
—Pero Macy… —gimoteó.
—Ve. Y asegúrate que deriven mis deberes aquí.
Se marchó murmurando su disconformidad, y Guim dio unos pasos dentro con el ceño fruncido.
—¿No sería mejor consultarlo con el General primero? —preguntó.
Hubiese contestado con algo como “¡no me importa la opinion de ese tonto!”, sin embargo, ya no me sentía tan molesta con él. Nuestra relación había cambiado, sin duda, y la ansiedad por el futuro no dejaba de crecer.
—No te preocupes, lidiaré con él si se enfada —le respondí.
Él suspiró y asintió, retirándose de vuelta a su puesto en el pasillo.
Aprovechando los minutos de “soledad”, busqué mi tranquilidad interior… hasta que llegaron Cyna y Gale cargando documentos. Ambos se detuvieron bajo el umbral de las puertas, observando con sorpresa toda la estancia.
—¿Han sabido de Lyssa? —les pregunté, rompiendo sus burbujas.
—Uh, no. Para nada —respondió Cyna, mientras Gale sacudía la cabeza en una negativa demasiado reiterada.
—El General no está nada feliz con su traslado hasta aquí —dijo él, dirigiéndose a la mesita junto al escritorio, y dejando ahí los documentos que traía.
—Él puede quejarse todo lo que quiera, pero a Lady Amace le corresponde servir al reino desde aquí —dijo Cyna, siguiéndole hasta la mesita.
Absteniéndome de opinar al respecto, me dirigí al escritorio y tomé asiento. El impulso de prestar atención a los detalles en la decoración de la silla y mesa, fue fuerte e insistente mientras Cyna me alcanzaba informes, y yo intentaba prestar atención a las palabras allí escritas.
Gale se retiró en silencio unos minutos, regresando con una bandeja con té y bocadillos que entregó a Cyna, y finalmente se despidió, cerrando las puertas a su salida. Largos minutos transcurrieron hasta que las puertas volvieron a ser abiertas por Wills, quien entró empujando a una Lyssa con el cabello suelto y un abrigo que le quedaba holgado.
—¡Basta! —le gruñó sobre su hombro.
—No me gruñas, estoy cumpliendo órdenes —le dijo él, sonriente.